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Juan March (1880-1962)

Mercedes Cabrera

Marcial Pons. Madrid, 2011. 446 pàginas, 17 euros

PEDRO TEDDE DE LORCA | 02/09/2011 |  Edición impresa


Juan march. Foto: Archivo

La figura del financiero mallorquín Juan March Ordinas (Santa Margarita, 1880-Madrid, 1962) ya había sido objeto de varios libros desde que, en los años treinta, Manuel Domínguez Benavides publicó El último pirata del Mediterráneo, apelativo que acuñara el ministro de Alfonso XIII, Francisco Cambó. Ahora Mercedes Cabrera, con este libro, culmina un proyecto extraordinariamente ambicioso, el de intentar abarcar en menos de quinientas páginas, no sólo la biografía personal, sino también empresarial y política, de aquel joven dedicado al negocio familiar del comercio de cerdos en su pueblo de Santa Margarita, y que, no mucho después, logró acumular una ingente fortuna: centenares de millones de pesetas -con el valor de esta moneda a fines del siglo XX- hacia 1910; quizá miles de millones hacia 1936. Iban sus empresas desde la electricidad al petróleo, la navegación, y la banca, esta última, por cierto, aún hoy bajo su apellido, con una envidiable salud financiera. Antes, en el primer cuarto del siglo, lo que fue el nudo de su riqueza, el monopolio de tabacos en el Marruecos español y francés, y aun antes y al tiempo de ello, la creación de una “ciudad misteriosa e invisible”, extendida desde el cabo Creus a Gibraltar, y habitada por un entramado de gentes dedicadas al contrabando. Así calificó Jaume Carner, ministro de Hacienda de la Segunda República, a quien su propia posición gubernamental no impidió reconocer como “hombre formidable”.

Mercedes Cabrera ha logrado su propósito gracias a un exigente trabajo de muchos años, con la consulta de archivos privados y públicos, españoles y extranjeros, y de la lectura de la prensa diaria de medio siglo y de una amplísima bibliografía. No he encontrado citas del archivo personal o familiar de March -aunque sí de allegados suyos-, lo que da una idea de las dificultades que ha deparado esta investigación. La autora contrasta el personaje de March con el de empresarios norteamericanos grandes y polémicos -por su genialidad y por sus procedimientos inescrupulosos-, o de aquellos otros europeos, como Flick y Krupp, condenados por su implicación con el nazismo. March fue otra cosa; su proceder no responde al empresario que compite en mercados libres ni tampoco al tecnológicamente innovador, ni parece que su actividad implicara crímenes de suma gravedad, en un país donde la ruptura del monopolio por el contrabando no estaba mal vista, según decía cáusticamente Josep Pla.

Juan March desenvolvió una extraordinaria inteligencia y habilidad en negocios que, o bien sorteaban la ley, o bien requerían del apoyo del gobierno. Durante la Monarquía tuvo poderosos enemigos políticos como Maura y Cambó, y grandes amigos como Alba y Sánchez Guerra; la proximidad a estos liberales no le impidió estrechar lazos económicos con Primo de Rivera, quien le permitió disfrutar de importantes concesiones tabaqueras.

La República -siendo Juan March diputado- le acusó, y encarceló preventivamente, bajo la acusación de tráfico ilegal y cohecho, cargos que no pudieron probarse antes de una legendaria fuga de prisión. Respondió a la aversión de las autoridades republicanas prestando una ayuda preciosa a quienes se sublevaron contra ellas; la financiación del Dragon Rapide, es quizá su actividad más conocida de aquellos años, a la que debe sumarse una larga lista de operaciones en el mercado internacional. El capítulo sobre “March y la Guerra Civil” es uno de los más importantes del libro de Cabrera. Otro es el del complejo proceso de la Barcelona Traction, de 1948 a 1952. Sobresale un tercer aspecto, el de las relaciones de March con los políticos de comienzos del siglo XX; ello coincide con la juventud del empresario mallorquín, muy bien analizada en el libro. Por último, debe destacarse la atención dedicada a la creación de la Fundación Juan March, en 1955, espléndidamente dotada y pionera en España de esta clase de instituciones. Al final, March acabó aproximándose a los grandes magnates americanos como Carnegie y Rockefeller.




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