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La insensatez de los necios. La lógica del engaño y el autoengaño

Robert Trivers

Traducción de Santiago Foz. Katz/Clave Intelectual, 2013. 367 páginas, 21 euros

MARÍA TERESA GIMÉNEZ BARBAT | 15/11/2013 |  Edición impresa


Robert Trivers. Foto: Archivo

¿Es la mentira lo que ha incrementado la complejidad de los sistemas nerviosos y nuestra inteligencia? ¿Es la guerra de armamentos entre bribones e incautos el motor de la evolución cognitiva? No es una idea tranquilizadora para quienes sueñan con un mundo en armonía y sin conflictos, aunque es la conclusión preferida por muchos biólogos y el singular Robert Trivers (Washington D. C., 1943) entre ellos.

Aunque los detractores de la ciencia acostumbran a tildarla de encorsetada, en el mundo anglosajón abundan las rutas inusuales y los personajes excéntricos. Trivers, profesor en la Rutgers University, es un auténtico “maverick”. Sus comienzos fueron erráticos. Empezó siendo matemático, se pasó a la Historia y al Derecho, se interesó por la biología y, sin tener una educación sistemática, acabó siendo uno de los biólogos evolutivos más influyentes. El autor de La insensatez de los necios estuvo inmerso en la cultura contestataria de los 60 y 70. El ajetreo de la época, el consumo de sustancias paralegales, su carácter destemplado y algunas crisis de tipo bipolar hicieron peligrar su carrera. Sin embargo, escribió cinco trabajos imprescindibles que cambiaron totalmente las aproximaciones a la cooperación humana, las relaciones entre padres e hijos o los celos. Y todo desde una perspectiva darwinista radical, en función de los mismos vectores que regulan la perpetuación de los organismos. E. O. Wilson y otros sociobiólogos le consideran como uno de los teóricos más incisivos de la biología.

Trivers hizo contribuciones pioneras a las raíces evolutivas del comportamiento. Se le asocian conceptos como el “altruismo recíproco” (la inversión “sacrificada” debe ser entendida como autointerés cuando se espera que el beneficiario pueda sufragar esa deuda en el futuro) o la “inversión parental” (los machos y las hembras tienen intereses genéticos distintos, como lo son a su vez los de los hijos. Esto propicia estrategias parentales que son antagónicas a menudo). Esa visión es fundamental en la ecología del comportamiento (otra forma de referirse a la “sociobiología”), que debe a Trivers fecundas intuiciones y hallazgos que han aprovechado popularizadores como Dawkins o Pinker.

En La insensatez de los necios, Trivers desarrolla ideas tomadas de trabajos anteriores y las pone al servicio de algo que conoce bien: el significado del engaño y de las particularidades de su mecánica. La mentira es una práctica arraigada en los sistemas vivos y ha sido optimizada mediante la evolución natural. No solo los seres humanos mienten. Se han documentado un sinfín de alambicados ejemplos en que los seres vivos emplean la mentira con el único fin de medrar a costa ajena. Desde la emergencia del lenguaje, los humanos vivimos en entornos sofisticados formados por mentirosos y por víctimas de sinvergüenzas, de manera que la identificación y la evocación del engaño están coevolucionando en términos de complejidad y eficiencia. El mejor mentiroso no es aquél que simplemente engaña o confunde al prójimo, sino quien consigue mentirse primero a sí mismo para no desvelar así las señales típicas de quien es consciente de que no dice la verdad y que el otro podría leer. En un ensayo donde brilla el talento, la profundidad y también la idiosincrasia del autor, Trivers utiliza la ciencia de vanguardia a la vez que lo va trufando con un torrente de anécdotas personales. Se presenta a sí mismo como un ser humano lleno de contradicciones, que cae a menudo en engaños y autoengaños. Nos regala atisbos de sus apuros con el sexo opuesto, sobre todo en las relaciones con sus parejas, y sorprende su confesión de tener un sesgo favorable a los estudios sobre las ventajas de la marihuana, una afición que le ha reportado notoriedad.

Seguramente por la enojosa condición de ser un tipo de izquierdas que sostiene conceptos que, en la academia americana, son vinculados con la derecha, dedica un apreciable espacio a denunciar a Israel, al papel de los Estados Unidos en el mundo y a la conquista de América por los españoles. Cuando emprende esa autodefensa es cuando, quizá, se mueve en terrenos próximos al autoengaño que tan bien conoce. No tiene empacho, por ejemplo, en especular que el subcontinente americano pudo haber sido visitado por los fenicios. Según sus palabras, “la construcción de teorías sociales sesgadas es otra fuente de autoengaño; todos creamos teorías sociales que están al servicio de nuestras posiciones”. Si ustedes leen su libro comprenderán por qué le pasan estas cosas a uno de los mayores talentos actuales y a cualquiera de nosotros.




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