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La intertextualidad literaria

JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ FERNÁNDEZ

Cátedra. Madrid, 2001. 215 páginas, 1.600 pesetas

Ya lo dijo Borges: “La lengua es un sistema de citas”. Después, otros poetas, como Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Gil de Biedma o Blas de Otero (en la imagen) convirtieron la intertextualidad en uno de los fundamentos de su arte


DARÍO VILLANUEVA | 05/09/2001 |  Edición impresa


Vale para encuadrar el ámbito de este estudio aquella lapidaria frase de Borges en El libro de arena: “Ya no quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas”. Y si bien, de siempre, la literatura se ha nutrido de la imitación de los modelos, de fuentes, influencias o plagios, no cabe duda de que esto se ha ido incrementando hasta el paroxismo en la llamada posmodernidad, a la que pertenecemos tanto los escritores como los lectores. De ahí la vigencia del concepto de intertextualidad, definido por Julia Kristeva en 1967 en un famoso artículo suyo sobre el dialogismo de Mijail Bajtín -que luego fue incorporado a su libro Semiotiké- como la evidencia de que todo texto se construye como un mosaico de citas, en cuanto es absorción y transformación de otro texto. Años después Gérard Genette ampliaría esta noción en su obra Palimpsestos, cuyo título lo dice ya todo: la escritura literaria revela a cada línea otros textos preexistentes, como los viejos pergaminos eran capaces de soportar escrituras sucesivas que, leídas al sesgo, resurgían todas.

El autor de este estudio, catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de León, no se limita a proporcionarnos una bien ordenada y documentada base teórica y práctica textual del fenómeno en cuestión, sino que avala sus disquisiciones eruditas y académicas con una experiencia personal del estimable valor en lo que se refiere a la interxtualidad en una de sus dimensiones más controvertidas: el plagio. Se trata de una historia local referida a una comunidad lectora fundamentalmente castellana.

José Enrique Martínez Fernández leía una mañana el poemario de un joven escritor zamorano al que no conocía, y al tiempo que identificaba en él los ecos de un gran poeta paisano suyo, Claudio Rodríguez, se encontraba inopinadamente con seis versos de uno de los poemas de Atilano Sevillano -el autor de Presencia indebida, el libro en cuestión- que reproducían literalmente los de su propio poema “Meditación”, pertenecientes a Al aire de tu vuelo (1977). ¿Quién, sino yo, hubiera percibido el fenómeno intertextual del poema de Atilano Sevillano?”, se pregunta Martínez Fernández, poniendo el dedo en la llaga de un tema vidrioso: ¿qué distancia hay de la intertextualidad al plagio? Por ello sigo en mis trece de que, como otros tantos asuntos literarios, se trata ante todo de un problema de intencionalidad. La distancia intencional que va entre el poeta posmoderno palimpsestuoso y el plagiario inmisericorde es la que nos sirve para distinguir, por caso, entre un Pierre Ménard y cualquier descuidada manipuladora del disco duro de su ordenador. Y todo ello en el contexto de una determinada comunidad de autores y lectores, en donde los primeros pueden extraer tanto placer legítimo de la asunción como propias de las palabras de otro, como los segundos regodearse en la identificación de ese juego de toma y daca.
Martínez Fernández, más allá de esta anécdota , ordena con sabia disposición tanto la base teórica como la ejemplificación literaria de la intertextualidad, mostrándose como el gran conocedor de la poesía española que es. Son numerosas las referencias literarias que jalonan su estudio, en el que se hace justicia a poetas que convirtieron la intertextualidad en uno de los fundamentos de su arte, como Gil de Biedma, Blas de Otero o ángela Figuera.

También aprovecha el ejemplo de Claudio Rodríguez para justificar la intratextualidad, que se da cuando el proceso intertextual opera sobre textos del mismo autor. Y el talante enciclopédico de sus pesquisas le permite abordar, incluso, dos dimensiones del asunto que encierran actualidad máxima. Por una parte, lo que aquí se llama “intertextualidad exoliteraria”, es decir, “la frecuente interpolación en el poema de determinadas fórmulas lingöísticas inalterables, voces proverbiales cuya vida atañe a la memoria colectiva” (pág 168), aquellas “palabras de la tribu” de que hablaba otro poeta citado, José ángel Valente, vía por la que la intertextualidad poética se muestra capaz de asimilar también los ecos de los medios de comunicación. Finalmente, no falta tampoco aquí una última consideración hacia un fenómeno de imprevisibles desarrollos futuros: la hipertextualidad electrónica que ya fue barruntada en los años 40 por Vannevar Busch, y recientemente descrita por Ted Nelson.




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