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La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger

David González (ed.)

Bartleby. Madrid. 2010. 320 páginas, 20 euros.

AINHOA SÁENZ DE ZAITEGUI | 21/05/2010 |  Edición impresa


Ana P. Cañamares (Foto: V. Gómez) y Déborah Vukosic (Foto: Archivo)

Así que la libertad era esto. Trece poetas: todas mujeres. Trescientas veinte páginas: todas buenas. Un medio: el blog. Ideas, lectores potenciales, daños colaterales infligidos a los intereses creados: incalculables. Con David González en el papel de hacker, La manera de recogerse el pelo: Generación Blogger le roba a Internet algunos de los poemas más impactantes de la poesía española del siglo XXI.

Nacidas entre 1962 y 1984, ninguna de estas indomables Juanas de Arco se parece a otra. Es lo que distingue a las nuevas generaciones de las pretéritas, las homogéneas, las (justamente) casi olvidadas: hoy el individuo se impone al colectivo con la rabia del que no quiere integrarse, sino sólo ser él mismo. No necesitan someterse a las cirugías brutalmente intrusivas de la industria editorial, ni a las censuras propias o ajenas que coartan al ya obsoleto Autor Publicado. Ellas tienen algo que decir. Escriben. Pulsan enter. Y la luz se hace.

Es la intimidad sinérgica entre nosotros y nuestras máquinas lo que permite una nueva poesía directa, radical. Como Internet misma, somete nuestra cabeza a un flujo sobrecogedor de pensamientos y emociones. Es la muerte de la cultura (alta, baja o general), porque Cultura Soy Yo: se cita a fernando Pessoa, Fichte, Wislaba Szymborska, pero sobre todo a Tom Waits, Placebo, Extremoduro, The Clash. Y los divinos Kerouac y Bukowski reinan supremos. Un eclecticismo intertextual que lleva a Gloria Gil Romera a reescribir el Talión y a Beckett: “Devuélveme el golpe/ y déjame ir/ para volver/ con una enganza/ más atroz, más enamorada”.

Por su naturaleza inmediata, en cierto modo compulsiva, la blog-poesía no tiene paciencia para esperar inspiraciones o recrearse en clichés de autocomplacencia técnica. No es Penélope la que dice: “Soy lo suficientemente ingenua como para creer/ Que las camas sólo son para dormir,/ Pero también lo bastante zorra como para saber/ Que no tienes sueño” (Lucía Fraga). Como ocurre con la ortografía text-message, estos versos hablan un español conciso, con densidad de supernova: cada palabra cuenta porque cada palabra cuesta. Marca por excelencia de la mejor poesía, la alusión es una vieja virtud de la que hoy hacemos necesidad: “quedamos/ seré puntual/ el pecado y mis manos vendrán conmigo” (Déborah Vukusic).
No hay lugar ni ganas para preciosismos, ni siquiera en las costuras más desgastadas del género, como la metáfora: “Jugamos, follamos, morimos,/ todo en el mismo cuadrilátero” (Ana Pérez Cañamares). No se trata de simplificar, sino de decir lo mismo con menos palabras. ¿La paradoja? Que no se dice lo mismo, sino más: “Mis piernas se abren. / No yo” (Inma Luna). También nuestra imaginación se mide en megas, también nuestra capacidad de codificar y descodificar el lenguaje aumenta de velocidad, de conectividad.

Donde los poetas de antes contaban sílabas, las bloggers cuentan letras y silencios: “escribo con la misma mano/ que sujeta mi frente/ cuando no sé dónde apoyar/ la cabeza” (Ester García Camps). Ahora el poema no se empaqueta en sonetos, sino que adopta el formato de nuestra comunicación real, como el e-mail, del que Isabel Bono hace obra de arte con microficciones asunto “Dios es literatura” o escritura digital que suena a español de 2050: “welcome 2 psycho/ ve al espacio y circula/ vacio es un hecho comprobado/ sin acento ni protocolo/ repite/ repite/ protocolo/ uno: no mentir/ dos: no sex/ OK/ sin memoria/ out”.

Y para que la experiencia blog sea completa, las poetas ponen voz y rostro a sus textos en el DVD de cortos que Bartleby incluye como archivo adjunto. Somos los primeros de nuestra especie con los medios técnicos necesarios para gestionar las inmensas masas de información que el cerebro humano está capacitado para procesar. La manera de recogerse el pelo es libertad de pensamiento y de expresión, poesía sin límites de espacio ni tiempo, pura vida de la mente. Lástima que haya que ponerla en papel para que algunos se enteren. Bienvenidos a la literatura libre.





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