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La monarquía necesaria. Pasado, presente y futuro de la Corona en España

por Tom Burns Marañón

Planeta

 | 31/01/2008 |  Edición impresa


Don Juan Carlos I con Isabel II durante la visita a España, 1988, de la soberana británica.

Introducción

Durante los cuatro años que duró la Gran Guerra del Catorce, los heridos del cuerpo expedicionario británico que luchaba en Francia y en Flandes volvían en trenes especiales a la estación londinense de Victoria. Llegaban a diario, enloquecidos por los bombardeos, cegados por el gas mostaza que empleaban los alemanes, sus cuerpos podridos por el barro de las trincheras donde vivían y rotos por la metralla que estallaba sin cesar cuando avanzaban, o se retiraban, por tierra de nadie. La reina María, consorte de Jorge V, nacida princesa de Teck y mujer de gran carácter, visitaba a menudo los andenes de la estación de Victoria para recibir los trenes especiales y todos los días se recorría hasta cuatro hospitales deteniéndose delante de cada cama y conversando con todo herido que aún tenía fuerzas para hablar. La reina solía llevar con ella a un reducido grupo escogido entre sus hijas, sus cuñadas y sus sobrinas. En una ocasión, al volver todas extenuadas al palacio de Buckingham, una del grupo exclamó: "Estoy muy cansada y odio los hospitales." La reina María la reprobó de inmediato: "Perteneces a la familia real británica. Nunca nos cansamos y nos gustan mucho los hospitales."

La Reina Sofía visitó uno por uno a los cientos de heridos en los atentados en la estación de Atocha del 11-M. Es posible que se encuentre a gusto en hospitales y que obtenga una gran paz interior compartiendo, con sus indudables dotes de empatía, el dolor de los enfermos. Es seguro que los heridos en aquellos atentados fueron reconfortados por la visita real. Es probable que acabara agotada en aquellas jornadas, aunque cualquiera que haya acompañado a la Reina en sus apretadas agendas oficiales sabe que doña Sofía dispone de una gran fortaleza física. Pero tales consideraciones no vienen a cuento.Que a doña Sofía le guste más a o menos pasearse por salas de enfermos o que se canse o no es superfluo. Pertenece a la familia real española e hizo lo que tenía que hacer.

Estas dos historias, reales en ambos sentidos de la palabra, sirven para ilustrar una de las razones por las cuales algunos, como es mi caso, consideran que la Monarquía sigue siendo necesaria. La Corona es una referente en un mundo contemporáneo que ha abandonado un canon de valores y de gustos para abrazar una sociedad horizontal, admiradora de lo más novedoso y satisfecha de vivir sin demasiado esfuerzo en el marco de un poco exigente denominador común. Ambas historias son ejemplos de la función y del comportamiento de la Corona que hacen inteligible a una Institución que escapa a todo análisis racional. De puertas palaciegas para dentro los Reyes y los suyos pueden ser tan disfuncionales como cualquier núcleo familiar, pero son profesionales a la hora de proyectar exteriormente con gran elegancia una conducta de servicio a la altura de la circunstancia requerida.

Los Reyes, como se decía antiguamente, saben "estar" y esto lo reconoce y hasta lo agradece la ciudadanía que se agolpa para presenciar cualquier acto público de la Corona, y acompaña a la Institución en sus bodas, bautizos, jubileos y funerales. La sociedad contemporánea no es descreída. Al contrario, cree cada vez más en más cosas disparatadas. Necesita creer y necesita "magia", como sabe de sobra todo antropólogo y como descubrieron muchos escépticos cuando, por ejemplo, murió lady Di, la ex princesa de Gales. Quien tuvo, retuvo, y la Monarquía, al igual que la Iglesia, retiene suficiente "magia" para satisfacer al común mortal. En esto es necesaria.

Este libro no es, sin embargo, un tratado antropológico. No se detiene en explicar cómo los primeros soberanos de cada tribu eran sus magos y cómo cada rey Arturo necesitaba a su Merlín. Más tarde junto al rey absoluto aparecería la figura del valido. El desarrollo constitucional de la época moderna limitó los poderes de la Corona, los redujo, a grandes rasgos, a obligaciones representativas, y puso el destino de cada Nación Estado en manos de políticos elegidos. La Monarquía necesaria se centra en la historia contemporánea de España y es una reflexión sobre el encuentro, el desencuentro y el posterior renovado encuentro de los españoles con la Corona. Soy consciente de que el libro plantea varias preguntas y da más bien pocas respuestas sobre el futuro de la institución.

La pregunta más obvia es si el juancarlismo ha conseguido, o conseguirá, consolidar la Monarquía en España. Dicho de otra forma, si don Juan Carlos ha podido, o podrá, transferir el reconocimiento a su persona a la institución que representa. Más allá del deseo de que así sea por el bien de todos, no tengo respuesta a esta pregunta. Mientras tanto, consolidada ya la democracia, el eterno problema territorial de España ha adquirido visos de enorme complejidad para la Nación y, por ende, para la Corona. Don Juan Carlos supo convertirse en el rey de todos los españoles cuando asumió la Jefatura del Estado y la pregunta es si tras más de treinta años de reinado podrá ser el Rey de todas las Españas. No tengo respuesta a ella. No sé si es viable tal estrategia y ni siquiera si es aconsejable intentarla.

Lo que sí sé, y lo desarrollo en este libro, es que la Monarquía ha de ser constitucional o no será. La forma política del Estado español, según el tercer apartado del artículo uno del título preliminar de la Constitución Española de 1978, es una Monarquía parlamentaria, y según el artículo 56 de la carta magna que da comienzo al título II de la misma dedicado a la Corona, el Rey, como Jefe del Estado, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. La Monarquía puede ser necesaria o no para ejercer la Jefatura del Estado. Mi argumento es que sí lo es.

La ciudadanía puede tener más o menos apego a la Institución pero debería, a mi juicio, entender que la Corona constitucional ha demostrado tener un incalculable uso a la hora de arbitrar y moderar la convivencia entre los españoles y el progreso y bienestar de España. He escrito este libro con el propósito de fomentar este entendimiento. Si la Monarquía retiene, además, un elemento mágico, bienvenido sea.

Capítulo 1
La Monarquía de ayer
y de hoy


Una de las pruebas que tuvo que superar lady Diana Spencer cuando comenzó a perfilarse como futura princesa de Gales consistió en ver disputar partidos de polo al heredero de la Corona británica. Las galopadas, los golpes secos cuando el mazo conecta con la bola y los espectaculares encontronazos entre caballos y jinetes, como espectador, pueden dispararte la adrenalina o dejarte completamente indiferente. Lady Di perteneció a esta segunda categoría. Sin embargo el aburrimiento que la invadía al contemplar el deporte favorito de quien iba a ser su marido no se supo hasta mucho tiempo después, cuando la pareja se despeñaba hacia el divorcio. En aquellos meses previos al anuncio de su noviazgo fingió tanto entusiasmo como el más fanático polista. éste fue un examen al que doña Letizia Ortiz Rocasolano no tuvo que enfrentarse. Su suegro, don Juan Carlos, en una ocasión, hace más de veinte años, cuando le preguntaba por las diferencias entre la Monarquía española y la británica, me dijo que el Príncipe de Asturias ni aprendía ni aprendería a jugar al polo.

Me puso otro ejemplo que diferenciaba a las dos coronas. él no tenía gentileshombres de cámara ni la Reina damas. Los Reyes de España no tenían corte como tal, no tenía cortesanos, y esto le había extrañado y preocupado a su abuela inglesa, la reina Victoria Eugenia de Battenberg. En el palacio de Buckingham, en el castillo de Windsor, en la finca de Sandringham al este de Londres, en la inmensa estancia escocesa que es Balmoral, la familia real británica mantenía unos estándares muy tradicionales y de toda la vida. En el palacio de La Zarzuela y en el veraniego de Marivent, la familia real española, se entiende que con un presupuesto mucho menor, tenía otro estilo.

Don Juan Carlos hablaba de la diferencia entre las dos monarquías que de largo tienen el mayor abolengo entre las pocas que existen en el mundo.También de lo que distinguía a la Corona española de hoy y la de ayer. Doña Victoria Eugenia asistió a numerosos partidos de polo y contempló a su marido Alfonso XIII participar en muchos de ellos. Puede incluso que le gustase.Y tuvieron muchos cortesanos. Algunos acompañaron a la Reina cuando salió en tren el 15 de abril de 1931 camino de la frontera Irún-Hendaya y el exilio. Otros habían acompañado a don Alfonso la noche anterior cuando viajó en coche a Cartagena y se embarcó en el crucero Príncipe de Asturias que al amanecer lo llevó a Marsella, donde comenzó su destierro. Los cortesanos no necesariamente garantizan el buen hacer y la estabilidad de la Monarquía.

Los retos de un buen Rey

De una manera sutil, don Juan Carlos marcó distancias con la Corona británica y también con la de su abuelo y pasó a hablar directamente del tema del cual trataba la audiencia. En España, vino a decir, no había monárquicos y esto no le preocupaba lo más mínimo si se entiende por ello una aristocracia palaciega y un segmento de la población que militaba en un partido adicto a la Corona. No quería eso. Estaba reñido con el proyecto de una "Monarquía de todos" que era su lema por encima de cualquier otro. Lo que sí había por doquier era un sentimiento juancarlista. Esto lo subrayó con naturalidad y sin falsas modestias.

Reconstruyendo aquella conversación, recuerdo bien que al hablar de juancarlismo, lo que hizo el Rey fue explicar y constatar un hecho objetivo que quería transformar en otro. Su reflexión fue la siguiente: la adhesión a su persona debería con el tiempo convertirse en adhesión a la Institución que él representaba. Su meta era doble: primero, consolidar la Monarquía parlamentaria; segundo, legar al Príncipe de Asturias una Corona constitucional plenamente aceptada por la sociedad española. Esto último, llamémoslo la Monarquía necesaria, no fue legado por su abuelo Alfonso XIII a su padre, don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, ni obviamente, puesto que don Juan nunca reinó, lo había heredado él. La Corona plenamente aceptada por la sociedad española había desaparecido en el primer tercio del xx. Don Juan Carlos había asumido el reto de recuperar la confianza social en la Institución en el último tercio del siglo.

En algún momento de la audiencia se dijo que para llegar a esa doble meta que se había marcado, don Juan Carlos debería ser un muy buen rey. Debería servir a diario a la nación y a la ciudadanía de una manera inteligible, porque sólo así nuevas generaciones de españoles entenderían, respetarían, reconocerían y valorarían la institución. ésta era su misión. éste era su deber.

Había acudido al palacio de La Zarzuela en mi condición de corresponsal de la revista norteamericana Newsweek en España y en compañía de Scott Sullivan, que era el director de la publicación en Europa. Nos habíamos planteado una portada sobre las casas reales europeas, tema que gusta mucho en Estados Unidos y siempre vende bien, centrando el reportaje en la popularidad de la cual gozaba el Rey de España. No dejaba de ser sorprendente el exitoso retorno de la Corona a un país que había expulsado a su último Rey hacía más de medio siglo. Era evidente que don Juan Carlos y doña Sofía eran populares y nos preguntábamos si lo seguirían siendo con el paso de los años, junto con las demás monarquías europeas en una Europa posmoderna y aparentemente descreída que había enterrado tantos valores y lealtades.

A mi compañero Scott Sullivan, un periodista muy culto e incisivo nacido en Filadelfia, licenciado en la Universidad Yale, afincado desde hacía muchos años en París y experto conocedor de los opacos organismos de la Comunidad Europea, le fascinó la descripción que hizo don Juan Carlos de su meta, de su misión y de su deber. Comenzaba la todavía vigente luna de miel de los grandes medios extranjeros con el Rey de España. "He wants to be a very good King [Quiere ser un muy buen rey]", me comentó cuando volvíamos a Madrid, "lo mismo que George Washington quiso ser un muy buen presidente". Se me pasó por la cabeza que el padre fundador de Estados Unidos de América contaba con una excepcional nómina de padres cofundadores, los Jefferson, Hamilton, Adams, Madison y compañía, que entonces provocó sana envidia entre los ciudadanos sometidos a las políticas del antiguo régimen y que la sigue provocando hoy entre quienes hacen de la libertad individual su artículo de fe política.

Le dije a Scott Sullivan que estaba confundiendo manzanas con peras, lo cual es la manera de decir en inglés que mezclaba churras con merinas. Juan Carlos I, le expliqué por aquello de llevarle la contraria, no fundaba nada. No partía de cero porque la Corona de España era tan antigua como la del Reino Unido. Lo que proponía Juan Carlos I era poner al día la Institución para que fuese útil para España, cosa, por otro lado, que la Corona británica había hecho constantemente antes y después de la rebelión de las trece colonias que George Washington encabezó. Sin embargo sabía que mi compañero de Newsweek tenía bastante razón.También se me pasó por la cabeza que don Juan Carlos estaba escribiendo un nuevo capítulo en la historia de la Monarquía española.

Isabel II, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte y titular de la Commonwealth que reúne el antiguo Imperio Británico, no tiene por qué desvelarse con tales anhelos y ambiciones.
La prima Lillibeth de don Juan Carlos reina en una nación donde la Monarquía está sólidamente enclavada en la sociedad como lo están los viejos muebles en una importante casa solariega. La Corona está tan fuertemente consolidada que sobrevivió la tempestad que supuso la sonada incorporación de lady Di al círculo íntimo de the firm, "la empresa", que es como gusta la familia real británica llamar a la Institución, y sobrevivió la posterior, extraordinariamente sonada, expulsión de la royal family de la díscola esposa del príncipe heredero.
Al final de su vida la ex princesa de Gales era la mujer más carismática, o al menos más mediática, en el recuerdo global. Puestos a sobrevivir, la Corona británica sobrevivió la muy tensa y emocional revuelta popular que provocó la fría reacción de Isabel II y de su familia a la muerte de lady Di, atrapada en un amasijo de hierros en el túnel parisino del Pont d'Alma minutos después de la medianoche del 31 de agosto de 1997. En la película The Queen de Stephen Frears, que se centra en esa tragedia, el actor que encarna el príncipe Carlos, sorprendido por el sentidísimo duelo nacional, dice: "nuestra Diana y su Diana no se parecieron en nada".

Para salir incólume de tales huracanadas tempestades se han de tener raíces muy profundas en el cuerpo de la sociedad. La Institución en España puede que sea un mero esqueje en comparación. Esto lo sabe don Juan Carlos mejor que nadie y de ahí su vmeta y su misión.




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