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Miércoles, 22 de octubre de 2014
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La mujer de sombra

Luisgé Martín

Anagrama. Madrid, 2012. 228 pp., 18 e. Ebook: 13'99 e.

RICARDO SENABRE | 13/04/2012 |  Edición impresa


Luisgé Martín

La obra novelística de Luisgé Martín (Madrid, 1962) va afianzándose poco a poco, ganando en densidad y consolidando algunos temas esenciales que, con distintas modulaciones, configuran un mundo personal y un estilo. Ya en su novela anterior, Las manos cortadas (2009), casi toda la construcción narrativa giraba en torno a la incertidumbre que despiertan las conductas ajenas, a la incapacidad de sacar a flote la verdadera naturaleza de hechos y personas que conservan un fondo de difícil acceso. Averiguar y comprender la verdad es algo problemático e inseguro. Por eso en aquella novela las diversas perspectivas de los historiadores proporcionaban una fisonomía equívoca al gobierno de Salvador Allende, y personajes como Sandra Flechart ofrecían dos caras radicalmente distintas, según los testimonios contradictorios que acerca de ella emanaban de Alberto Silva o de Cecilia Igarte.

En La mujer de sombra, con mayor economía de medios y con más rotunda eficacia, se despliega una preocupación análoga, ya que el núcleo de la historia reside en los tortuosos y febriles intentos que Eusebio pone en práctica para averiguar si la dulce Julia de la que se enamora es la misma Marcia con la que un amigo ya fallecido mantuvo tormentosos y frecuentes encuentros sadomasoquistas acompañadas de una copiosa parafernalia de objetos ad hoc. Para ello, Eusebio, que es el punto de vista desde el que se contemplan las acciones narradas en tercera persona y tiempo presente, navega con el ordenador por diversas páginas web y establece chats utilizando varios apodos con sujetos que buscan, reclaman o confiesan relaciones sexuales fuera de lo común.

Las historias son tan insólitas que “en algunas ocasiones se le viene a la cabeza la idea de componer un libro” (p. 134) -lo que hace pensar en otra obra del autor, las cartas publicadas con el título Amante del sexo busca pareja morbosa (2002)-, pero el interés por estos casos no reside tanto en una pulsión sexual -motivo también presente en la narrativa del autor- como en la fascinación ante el misterio de estas personalidades bifrontes, capaces de vivir una vida que oculta otra dispar, como en una multiplicación interminable de la disociación entre el doctor Jekyll y Hyde: “Le impresiona la ferocidad de algunas depravaciones, el albur metafísico de la vida. Lo que más le fascina, sin embargo, es la oscuridad del secreto, el nudo negro que algunas personas tienen en el corazón” (p. 134).

Esa indagación en pos de la auténtica complejidad de unos seres partiendo de la exposición de sus casos en el chat, contrastada en alguna ocasión con el conocimiento directo de los sujetos, es lo que confiere profundidad psicológica al relato, aunque a menudo la veracidad de que presumen en sus autorretratos usuarios como PrincesaSucia, Martina, Markos y otros permanezca en penumbra, y ni siquiera el caso de Clara tenga un desenlace nítido.

Incluso si la veracidad se comprueba, subsiste el enigma, la incomprensión ante unas conductas cuya razón de ser se nos escapa, porque así discurre a menudo, con luces y sombras, el conocimiento humano. Que Eusebio penetre tímidamente con sus ensueños y deseos en este mundo delirante y oscuro sólo prueba que el embrutecimiento del espíritu, la depravación, las conductas envilecidas y malignas acechan a cualquier ser humano, y que tal vez sólo las circunstancias favorecen o dificultan su práctica.

El autor ha compuesto su novela mediante breves secuencias que permiten en varios momentos elipsis prolongadas de la historia, como todo lo referido a la relación entre Eusebio y Julia hasta su boda. Ha huido así de la excesiva prolijidad que lastraba un tanto la novela anterior y lo ha hecho sin perder un ápice de su ya acreditada escritura, siempre pulcra y precisa, aunque algún giro pueda resultar insólito, como la afirmación de que, en el entierro del marido, la viuda reciente “llora a bocajarro” (p. 49). Pero siempre que haya ocasión de proclamar la presencia de un buen escritor, como en este caso, conviene subrayarlo, aunque sólo sea porque no tenemos muchos. O no tantos como sería deseable.




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