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La música como concepto

Robin Maconie

Traducción de José Luis Gil. Acantilado. Barcelona, 2007 298 páginas, 23 euros

EUGENIO TRIAS | 31/01/2008 |  Edición impresa


Stockhausen

He de decir, ante todo, que en el terreno de la musicología los mejores maestros actuales son, posiblemente, anglosajones. Lo cual es debido a la hegemonía abrumadora de la cultura anglosajona en todos los dominios de la cultura: también en el musical. El asunto es sorprendente: siempre ha existido buenas disposiciones musicales de público e intérpretes en ese mundo, pero la tradición que llega hasta comienzos del siglo veinte se nutrió, en creación, muchas veces de compositores prohijados (Händel, el propio Haydn). En el siglo veinte comienzan, de todos modos, a cambiar las cosas. Pero muchas de las mejores monografías que pueden hallarse de los mejores músicos europeos han surgido, tras la segunda guerra mundial, en lengua inglesa. Por no hablar de obras colectivas que proceden de Oxford, Cambridge, Yale o de otros centros universitarios estadounidenses, británicos, canadienses, australianos o neozelandeses.

Algunos críticos constatan mis inclinaciones germanófilas en filosofía y música. No hay tal cosa: mis prioridades musicales son vienesas. La capital indiscutible de la música, al menos hasta mediados del pasado siglo, fue Viena. Viena -excepto en el triste episodio nacionalsocialista- fue y sigue siendo algo bien distinto que Alemania. Lo cierto es que la bibliografía que manejo en mi libro de música y filosofía es, de forma bastante abrumadora, anglosajona (hoy por hoy la más estimulante).

La musicología anglosajona posee, sin embargo, un talón de Aquiles: la Gran Teoría. El exceso de la orientación empirista de las tradiciones autóctonas -que en su forma más coherente concluye, como David Hume, en el escepticismo- dificulta toda elaboración de un concepto de música (en términos filosóficos).

El libro de Robin Maconie se llama en título original The concepto of music. Quizás advertido el traductor de que el texto no responde a esta solemne proclama -El concepto de música- debió decidir cambiarlo en la traducción española por La música como concepto. Me he preguntado durante la lectura del libro qué podía querer decir esa expresión sin poder llegar a ninguna conclusión. Sea como sea, el libro no responde al título ingles (ni a este misterioso -para mí algo incomprensible- título en lengua española).

Con ello no quiero quitar valor al libro: tiene aquí y allá observaciones muy interesantes, sólo que excesivamente impresionistas. El empirismo siempre arrastra este peligro. Al final de su lectura no se sabe muy bien lo que se ha querido decir en el libro, ni si se quiso decir algo concreto, específico.

Eso no significa que no haya excelentes observaciones sobre nuestro aparato auditivo, sobre el sentido del oído (cuyo dispositivo corporal nunca se cierra, a diferencia del gusto y de la vista, o de la boca y los ojos), sobre los espacios acústicos, sobre los borrosos límites entre el sonido y el ruido, sobre los instrumentos, y en especial sobre la gran orquesta moderna: el mejor y más complejo conjunto capaz de generar dispositivos musicales. Particularmente interesante es la reflexión sobre el pasaje del órgano a la orquesta que se consolida a mediados del siglo de las Luces. El libro de Maconie es recomendable por la abundancia de buenas observaciones y reflexiones. No puede decirse lo mismo cuando el autor se remonta a mundos pasados (la reflexión sobre la música de las esferas es banal).

Es un libro característico de un estilo de reflexión anglosajona que es conveniente siempre conocer, si bien poduce en el lector una impresión algo decepcionante. Muchos datos observados y reflexionados aparecen aquí y allá, algunos de gran interés, pero junto a ellos domina como criterio implícito el Sentido Común (con frecuencia eufemismo del vacío mental, o de la trivialidad erigida en criterio de pensamiento). Y, al mismo tiempo, posee poco sentido de la organización, pese a su voluntad por dividirlo en apartados comprensibles (el espacio, el tiempo, escalas y modos, armonía, disonancia, etcétera). Es decir, resulta irregular, con muchos momentos notables, pero con demasiadas caídas en lo inocuo. Por querer huir del tópico se termina cayendo una y otra vez en él. El fallido título es sintomático. El título de un libro (o de una pieza musical, o de un cuadro) no es algo irrelevante. Con el título algo todavía salvaje -un ser humano, un territorio, un texto- pasa por la pila bautismal.


STOCKHAUSEN. Explica Maconie cómo “al ser humana, la armonía es también falible. Lo que oímos es la expresión de una concordancia de buenas intenciones. Esas intenciones no se ajustan siempre a las mismas reglas. Si lo hicieran, tendrían razón los fundamentalistas que recurren a la tonalidad clásica como garrote para vapulear la música de los maestros del siglo XX, de Webern a Stockhausen” (en la imagen).


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