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La sociedad multiétnica

Giovanni Sartori

Traducción de Miguel ángel Ruiz de Azúa. Taurus. Madrid, 2001. 144 páginas, 1.950 pesetas

La situación actual se caracteriza por la llegada a Europa de un buen número de personas que no reconocen los valores básicos de las sociedades que las acogen. Es el caso de la cultura islámica. Sartori da en su libro una voz de alarma pero apenas ofrece soluciones


BERNABÉ SARABIA | 18/04/2001 |  Edición impresa


En 1997 Giovanni Sartori publicó Homo Videns, una brillante reflexión en la que advertía del peligro individual y social de una televisión todopoderosa. Dicho texto quería prevenir al ciudadano de la televisión como instrumento de persuasión pública y como entretenimiento capaz de desplazar la lectura como hábito reflexivo. Homo videns salió a la calle un año después de que Pierre Bourdieu publicase Sobre la televisión y si se comparan ambos textos se percibe con claridad que la obra de Sartori, más equilibrada, ilumina las aristas del fenómeno televisivo como no lo hace la de Bourdieu.

Ahora Sartori vuelve a un problema de primera magnitud. Deja su reconocida faceta académica de catedrático de la Universidad de Columbia, de director de la revista Italian Political Science Review, de autor de textos clásicos como Elementos de teoría política, Teoría de la democracia o Partidos y sistemas de partidos y aborda el gran problema de Europa: la inmigración.

Para analizar el fenómeno migratorio este florentino nacido en 1924 ha dividido La sociedad multiétnica en dos partes. En la primera traza los rasgos esenciales de lo que debería ser una sociedad plural y libre que él denomina “buena sociedad”. Dicha sociedad ha de aceptar el pluralismo como creencia y ha de apoyarse en un pluralismo social y político. Lo que le preocupa a Sartori en la primera parte es determinar hasta qué punto una sociedad abierta puede serlo con la actual presión migratoria. En su opinión, el pluralismo arranca en Occidente tras las guerras religiosas del siglo XVII. Desde entonces va cuajando en Europa la creencia de que la diversidad no es dañina y que la tolerancia y el pluralismo son beneficiosos.

El problema radica en que si se lleva hasta el final el concepto de sociedad abierta de Popper la sociedad se fragmenta y tiende a la autodestrucción. Para evitar la fragmentación han de darse tres condicionantes: negar el dogmatismo político y religioso, hacer llegar el ejercicio de la libertad hasta donde pueda empezar el daño a los demás y, por último, ha de darse reciprocidad entre lo que se da y lo que se recibe.

En la segunda parte de La sociedad multiétnica es donde Sartori deja los preámbulos académicos y escribe lo que mucha gente piensa -tertulianos de radio y columna, académicos de nadar y guardar la ropa- pero nadie se atreve a decir. Para Sartori la mezcla de pietismo católico de izquierda, de neomarxismo y de feminismo ha propiciado un multiculturalismo que de seguir tomando fuerza puede llevar a su final a la sociedad pluralista. El multiculturalismo concebido como proyecto ideológico en el que todas las culturas valen igual y merecen el mismo respeto nos lleva a que “si todo vale nada vale”. De este modo la ley retrocede al arbitrio.

El multiculturalismo es una propuesta de sociedad que crea más diferencias porque, como señala Sartori, la ciudadanía como tal no basta para evitar que los estados de la Unión Europea no tiendan a tribalizarse en su cultura y en su estructura social. “Conceder ciudadanía no equivale a integrar”. Más aún, la concesión de la ciudadanía puede tener un efecto inverso al esperado, el de producir agrupaciones de “contraciudadanos”.
Si durante dos siglos Europa ha exportado emigrantes, por qué ahora recibe inmigrantes. Sartori contesta a esta pregunta señalando que Europa nunca ha tenido, como Estados Unidos, espacios libres o desocupados aptos para recibir inmigrantes. El cambio obedece al enriquecimiento europeo. Los europeos pobres están dispuestos a aceptar ciertos trabajos, teniendo en cuenta que los subsidios de desempleo permiten vivir sin trabajar.
La situación actual se caracteriza por la llegada a Europa de un buen número de personas que no reconocen los valores básicos de las sociedades que los acogen. Para Sartori la cultura islámica no separa el Estado civil del Estado religioso e iguala, por tanto, al ciudadano con el creyente. La ciudadanía está subordinada a la ley coránica. De igual manera las culturas no cristianas de los negros subsaharianos que desembarcan en España, Italia o Francia hacen muy difícil su integración. Las sucesivas legalizaciones en masa acometidas por los distintos países europeos no hace sino empeorar el problema porque, en origen, sigue igual. Por desgracia, aunque Sartori abogue en las conclusiones por formas de interculturalismo, éste es un libro más de alarma que de soluciones.




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