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La sombra de lo que fuimos / La lámpara de Aladino

Luis Sepúlveda

Premio Primavera. Espasa, 2009. 174 pp., 17’90 e. / Tusquets, 2008. 174 pp.

JOAQUÍN MARCO | 17/04/2009 |  Edición impresa


Luis Sepúlveda. Foto: Javi Martínez

Luis Sepúlveda (Ovalle, 1949), autor de la mítica Un viejo que leía novelas de amor, título que aprovechará en el cuento "La reconstrucción de La Catedral", de La lámpara de Aladino, cultiva el relato intenso o la novela corta, como La sombra de lo que fuimos, de marco urbano y de intencionalidad política. La trama de esta novela resulta casi una excusa para adentrarse en la situación de quienes retornaron del exilio chileno sin que se hubieran restañado las viejas heridas de un pasado cuajado de violencia. La acción se desarrolla en un lluvioso Santiago. Se evocan, al inicio, los anarquistas españoles Ascaso, Soler y Durruti que atracaron la sucursal Matadero del Banco de Chile en julio de 1925. El anarquismo mitificado estará presente en el ámbito de esta novela o de otros relatos; aquí cuando tres exiliados ya sexagenarios e izquierdistas se reúnen esperando al “especialista” que nunca ha de llegar, víctima de un hecho fortuito: en una disputa doméstica, Concepción García lanza un gramófono por la ventana de un quinto piso con tan mala suerte que acabará con la vida de “La Sombra”, el especialista que esperaban. Sepúlveda cruza los destinos, los define trágicamente y se detiene en los avatares de cada revolucionario fracasado. De algún modo, “Cena con poetas muertos”, en el libro de cuentos, anticipará la esencia de la novela.
Sepúlveda ha elegido la fórmula policíaca, con un inspector capaz de saltarse el reglamento y una ayudante que simboliza los ideales de la nueva generación. Pero el esquema detectivesco no les convierte en ejes. El anarquista Pedro Nolasco, “el especialista”, posee la misma pistola que, en su día, sirviera para el atraco anarquista español en la capital chilena y, años antes, para asesinar al arzobispo de Zaragoza en 1923. Un cierto sentido del humor negro tiñe el conjunto de seres que narran sus existencias, a caballo entre la evocación de un pasado de militancia política que se desarrolló en la confusión, el exilio y un regreso que les devolvió de nuevo a un país que ya no coincidía con el que abandonaron. El grupo, sin el anarquista fallecido, logrará su objetivo, pero la carta de despedida de Nolasco constituye la evocación de unos ideales que parecen tan grotescos como parte de las vidas marcadas por la Historia.
Sepúlveda se reconoce por la intensidad sentenciosa del estilo, poético y eficaz en la adjetivación, de una economía que evoca a los maestros de aquel mágico y denostado realismo. Ello resulta aún más evidente en los relatos de La lámpara de Aladino. Pero ni los paisajes selváticos, ni el solitario árbol superviviente de ecológicas catástrofes, ni los exiliados de Hamburgo evitan la denuncia de la tortura y asesinato de Víctor Jara (p. 35). En todo caso, la búsqueda de lo esencial chileno puede rastrearse entre los rasgos violentos de “Hotel Zeta”. Comerciantes libaneses, viejos anarquistas en exóticos paisajes o amores que el tiempo no ha destruido pueblan el mundo de un Luis Sepúlveda que nunca ignorará que sus personajes se han transformado ya en "sombras" evocadas.




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