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La vida y la muerte me están desgastando

Mo Yan

Traducción de Carlos Ossés. Kailas. Madrid, 2009. 756 páginas, 22'90 euros


RAFAEL NARBONA | 12/06/2009 |  Edición impresa


Mo Yan. Foto: Ulf Andersen

Nietzsche describía el tiempo como un anillo y esta novela describe un círculo perfecto, rescatando la vieja doctrina de las reencarnaciones para urdir una fábula moral sobre el totalitarismo político y las flaquezas del ser humano. Arrojado al infierno tras ser ejecutado por los comunistas, Ximen Nao expiará su pasado como terrateniente, soportando castigos que evocan el paseo de Dante por ese trasmundo, donde la esperanza está proscrita. No hay un Virgilio que acompañe a Ximen, sino lacayos del Señor Yama, que sumergen a los condenados en tinajas de aceite hirviendo. El Señor Yama consentirá que Ximen regrese a la vida primero como burro y, más tarde, como cerdo, buey, perro y mono, hasta recuperar su condición de hombre en la forma de un niño.

Testigo de la muerte de Mao y del furor homicida de los guardianes de la Revolución Cultural, Ximen habrá cumplido un destino que restaura simbólicamente la inocencia original de esa humanidad corrompida por la ambición, la vanidad y el egoísmo. Para Nietzsche, el niño es el superhombre, el artista rebosante de generosidad y creatividad. Al transformarse en Lan Quiansu, “niño de cabeza grande”, Ximen -que significa “Disturbio en la puerta de Occidente”- se enfrentará a la vida con los ojos cargados de esperanza, pero sin la ilusión de los sueños utópicos.

Ha conocido la humillación y el desprecio, ha sido maltratado por los hombres en sus sucesivas reencarnaciones y cada golpe le ha enseñado que el mal está arraigado en lo más profundo del ser humano, pero cuando un lacayo del Señor Yama, rey del inframundo, le ofrece la posibilidad de escoger entre la vida y la muerte, elige la vida porque el sufrimiento no es fruto del azar, sino un elemento esencial de la experiencia. Al igual que el Salvaje de Un mundo feliz (1932), Ximen acepta el infortunio porque entiende que es una de las caras de la libertad.

El comunismo no tolera el dolor en el mundo feliz que ha engendrado. Por eso, no hay rostros humanos en su distopía, sino máscaras donde no se aprecia ningún vestigio de humanidad. Mo Yan (1955) reside en China y esa circunstancia limita sus denuncias. Su literatura no es la de un disidente, sino la de un emboscado. Ese niño megacefálico que pone fin a su purgatorio encarna la fragilidad y la grandeza del hombre. Descartado el exilio, Mo Yan ejerce una disidencia discreta, pero tenaz. Su obra es un testimonio perdurable contra cualquier forma de intolerancia.

Se asocia a Mo Yan con el realismo mágico de García Márquez, filiación que el autor de Sorgo rojo y Las baladas del ajo no rechaza. De hecho, ha reconocido muchas similitudes entre la percepción de lo real en la China rural y la asombrosa imaginación de los pueblos latinoamericanos, donde no se discrimina entre mito y experiencia. Sin embargo, Mo Yan está más cerca de Rabelais que del universo premoral de Macondo. Rabelais prefigura las innovaciones de Rulfo, aunque sin ese trasfondo trágico del alma mexicana, hundida en un fatalismo negro que recuerda la España de Solana. Rulfo desecha lo grotesco, la crueldad y la inmundicia.
Ahora que se cumplen veinte años de la matanza de Tiananmen, las ansias de libertad y democracia del pueblo chino hallan cobijo en el espíritu crítico de autores como Mo Yan. Mo Yan significa “No hables”, pero Guan Moye (su verdadero nombre) no parece dispuesto a enmudecer. China es un pueblo desgarrado por las paradojas y los contrastes, y Mo Yan ha asumido el compromiso de narrar la incertidumbre de una nación abocada a cambiar.




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