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Lunes, 22 de septiembre de 2014
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Las Rubáiyátas de Horacio Martín

Félix Grande

Cátedra. Madrid, 1998. 285 páginas, 1.190 ptas.

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN | 14/02/1999 |  Edición impresa


E ditar es un arte que cuenta con muchos maestros cuando se trata de los autores clásicos, pero en el que no parece haber más que aprendices cuando se trata de editar a los coetáneos como si fueran clásicos. En la colección “Letras Hispánicas”, de Cátedra, nos encontramos desde estudiosos que nos indican en nota que la palabra "hondero” significa " el que dispara con honda" (Ignacio Javier López) hasta otros que no encuentran en la compleja poesía de Leopoldo María Panero nada que precise una aclaración (Jenaro Talens); los dilatados prólogos, que suelen tener poco de crítico y mucho de apología inspirada por el propio poeta, presentan la misma disparidad. Se trata de ediciones que se dirigen a un público cautivo, beneméritos intentos -por lo general inútiles- de sobornar a la posteridad: no aspiran a conquistar lectores, sino profesores que las conviertan en lecturas obligatorias.
Manuel Rico, con esmerada aplicación y cierta confusión entre ética y estética, ha editado dos de las obras más significativas de Félix Grande: Blanco Spirituals, que obtuvo un resonante premio cubano en 1967 y proporcionó a su autor la devoción de la juventud contestataria del momento, y las rubáiyátas de Horacio Martín (1978), un renovado y complejo cancionero amoroso. Insiste Rico en que Blanco Spirituals no tiene nada que ver con la poesía social, que por los años de su escritura comenzaba a ser cuestionada por algunos poetas, por aunque todavía gozaba de aceptación mayoritaria. Pero es difícil encontrar una definición de ese término ambiguo, poesía social, que lo incapacite para aplicarse a ese libro. El título parafrasea el nombre de la música que brota del dolor de los negros, porque la opresión no se circunscribe a ellos: "Mucho de lo que vimos/es vida entre paréntesis./ Blancos segando arroz en Tarragona/ con el agua a los muslos,/las sanguijuelas de los arrozales/alimentándose de ellos./ Periódicos occidentales/informándose de blancos muertos/en el frente, o de hambre, /o bajo un viejo caserón derruido". Poesía de protesta ante la injusticia del mundo la de Blanco Spirituals, pero poesía que quiere escapar a la simplificación estilística del panfleto. Félix Grande, discípulo en esto de Julio Cortázar, no renuncia en el libro al humor ni a ninguno de los recursos de la vanguardia. Sus poemas, que no en vano recibieron el premio “Casa de la Américas”, quieren ser un equivalente literario a la revolución cubana, tal como entonces se veía: una revolución humanista y pachanguera, sin rigideces ni dogmatismos (eran los momentos, anteriores al caso Padilla, de feliz maridaje entre los intelectuales y el castrismo).
Desde una lectura actual hay en Blanco Spirituals algunas zonas muertas, bastante concesión a la moda miserabilista que en aquellos momentos estaba comenzando a pasar de moda, pero hay también ingenio y verdad, técnica y llanto, para decirlo con un título de Carlos Edmundo de Ory que al autor le gusta repetir.
Las rubáiyátas de Horacio Martín es un libro de poemas y es algo más que un libro de poemas: un capítulo de la ambiciosa novela heteronímica -en prosa y verso- que Félix Grande está construyendo en torno al personaje de Horacio Martín -presunto biznieto del machadiano Abel Martín- y cuya última entrega por el momento la constituye el volumen Sobre el amor y la separación (1996). Pero esta ficción heteronímica no pasa de ser un curioso enredo literario, a ratos quizá inútilmente complicado. Carece Félix Grande de la capacidad de impersonalización propia de Pessoa: su Horacio Martín, “autodidacta y ciclotímico”, tiene mucho de desaforado autorretrato. Según el propio autor señala, inició Las rubáiyátas como un mero ejercicio de estilo: me proponía comprobar si era capaz de renunciar a las legítimas comodidades que otorgan la retórica y la abundancia, y de ajustarme a las leyes estrictas del poema breve y la escritura despojada”. Sólo muy de tarde en tarde consigue ese propósito: la retórica, la abundancia y el énfasis parecen consustanciales con la poesía de Félix Grande, un poeta desmesurado siempre, un poeta que no siempre acierta a evitar el paso que separa lo sublime de lo ridículo, pero un poeta, a pesar de sus excesos, conmovedoramente verdadero.




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