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Jueves, 18 de septiembre de 2014
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Los alucinados

FRANCISCO UMBRAL

Prólogo de J. A. Marina. La esfera de los libros, 2001. 196 páginas, 2.300 pesetas

Los alucinados es un gran texto de historia literaria precisamente por esto: porque, sin voluntad de serlo, no lo deja nunca de ser. A diferencia de los profesores, que ven en la literatura un objeto de estudio, Umbral descubre en ella lo que ésta siempre es: una realidad, un estilo, una generación, un hombre.


JAIME SILES | 17/10/2001 |  Edición impresa


Entre la caricatura lírica de Juan Ramón y el retrato contemporáneo de Gómez de la Serna, Umbral despliega una galería de lúcidos fantasmas. Poco importa que a veces trastabille los datos y cambie el nombre de la viuda de Miguel Hernández o confunda a Prados con Cernuda. Poco importa porque, para Umbral, la única verdad es el estilo, y el estilo constituye en literatura la única verdad. La magia del estilo es la que eleva a arte hasta el error mismo de los datos, porque no escribe con fichero sino de boca, de memoria y de corazón. Por eso su prosa no descarrila nunca, sino que se ilumina. Y eso es lo que más conocimiento procura: el placer de la lengua, su sintaxis de torero fino y su fraseo de cantante lírico con tentaciones de picador. En la prosa de Umbral hay un viento de páginas, como lo hay en todo este libro del otoño del XX, en el que las diferentes hojas esparcidas conforman un logrado tapiz. José Antonio Marina ha sabido explicarlo en un brillante prólogo en el que aclara el sentido que el término alucinado tiene y de qué modo los alucinados de este libro son “rehenes del lenguaje, secuestrados de la narración, drogatas de la metáfora” y cómo el lenguaje se convierte aquí y para ellos en un dios. El dios de los poetas siempre es la palabra, y el silencio, su infierno.

Umbral resucita un momento de Darío, otro de Machado y otro de Juan Ramón, “el modernista en burro”. Pasea por Azorín, “el tartamudo intelectual”, como lo llamó Pérez de Ayala. Fija una imagen de Baroja en El Retiro con la bota derecha torcida, y lo presenta como un “antipático gracioso” frente a Valle, “que sí sabía escribir”. De Unamuno dice que “sólo la genialidad le salvó de ser el señor más culto del casino de Salamanca”, en medio de un retablo por el que se asoman Maeztu y Azaña. La viñeta de Ortega es tan exacta como certera su visión de d’Ors, al que llama “genio de media tarde”. Ramón le sirve para revivificar la greguería y concluir que “es algo así como una metáfora con dos vueltas de tuerca”. A Pla lo ve como un “escritor sin género” que es “en quien se da el ángel de la literatura en estado puro”. Por Lorca pasa como ya lo hizo en su excelente libro. Guillén le permite hacer hipótesis sobre lo que, sin la guerra civil, habría sido el 27. A Alberti lo ve enmarcado en sus límites más que en sus situaciones. Reconoce su deuda con Salinas. Valora la poesía de Cernuda; aporta una impronta muy real de Gerardo; traza una fundamentada explicación de Aleixandre; niega al Dámaso poeta y da algún resbalón cronológico en su itinerario de Neruda. Recupera a Vallejo y llama a Miguel Hernández “poeta completo, pero sin demonio”. “Los prosistas de la Falange”, “Agustín de Foxá, Conde de lo mismo” y “César, perdido y encontrado” son tres clásicos, en los que Umbral alcanza la altura de su estilo mejor, que es aquél en que más se parece a sí mismo. En los dedicados a Rosales, Ridruejo y Pemán está ese verso desviado que aterriza en la prosa: en la mejor prosa de hoy, que es la de Umbral. Frío y distante con Buero, cálido con M. Machado y tierno con García Nieto, penetra en la penumbra de nuestros humoristas y se decanta más por Mihura que por Jardiel. La posguerra es vista en su extrema condición de náusea, con dos novelistas (Cela y Delibes) y dos poetas (Otero y Hierro). El 50 y Gimferrer cierra este íntimo recorrido por un siglo que acaba en la mitad de los 60 y se prolonga hasta hoy. Azorín llamaba a Albacete “Nueva York de La Mancha”: “Nueva York de Iberia” habría que llamar a Umbral, que ha hecho de la reflexión y de la crítica dos inexpugnables torres literarias gemelas.






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