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Mario Vargas Llosa

“La cultura sigue siendo un monopolio de la izquierda”

Como no todo va a ser política y novelería, que también, Mario Vargas Llosa inaugura hoy el ciclo “Los otros poetas” organizado por la Fundación Loewe. Se trata, confirma el novelista, “de que hablemos de poesía quienes no somos poetas sino que estamos en la periferia”. Una periferia tejida de libros releídos una y mil veces, y de unos versos de los que hoy se avergöenza. Porque Vargas Llosa, en su juventud, se soñó poeta y sólo renunció al comprender, con Borges, que en poesía sólo vale la excelencia. “Y mis versos no lo eran. Afortunadamente lo dejé a tiempo”. Eso sí, a lo que no ha renunciado es a su pasión por la política, mal que les pese a muchos ex amigos y colegas, escritores de izquierda que le han satanizado a lo largo de más de 30 años “por no compartir sus ideales”.


NURIA AZANCOT | 19/05/2005 |  Edición impresa


Mario Vargas Llosa. Foto: Ricardo Cases

Lo mejor de todo es que a comienzos de los 60 el joven periodista Vargas Llosa pudo entrevistar a Borges en París. De ese encuentro recuerda sobre todo cómo le impresionó “su modestia. Hablaba con una sencillez enorme, como si no fuese consciente de cómo había deslumbrado a los franceses en una semana con su cultura, su originalidad. También me asombró su brillantez intelectual. La verdad es que cuando admiras mucho a una persona y hablas con él y ves que es de carne y hueso, te impresiona aún más”. Pero volvamos a la poesía, a la que, como autor, renunció muy joven:
-Sí, lo dejé a tiempo porque, como dice Borges, en poesía sólo se admite la excelencia y me di cuenta de que no iba a alcanzarla jamás. Sin embargo, todos los novelistas envidiamos a los poetas porque alcanzan una perfección estética imposible en otros géneros.

Nostalgia del poeta Vargas Llosa
-¿Y no siente nostalgia del poeta que no fue?
-Sí, cada vez que leo un poema que me subyuga. Estoy muy contento con la novela, que me ha dado infinitas satisfacciones, pero la poesía alcanza una intensidad a través de las palabras que llega a expresar estados de conciencia que la prosa no alcanza jamás. Eso hace que se asocie a la magia, porque la mejor poesía es una forma de espiritualidad que no pertenece a este mundo. Por eso los poetas nos parecen imbuidos en una cierta cualidad trascendente que los que no somos poetas admiramos.

-Sin embargo, sí llegó a publicar versos... ¿no ha sentido jamás la tentación de publicarlos, aunque sólo sea como pecados de juventud?
-No, en absoluto, jamás -dice entre risas-, eran malísimos. Desdichadamente me los han resucitado algunos investigadores en sus tesis... y cuando los veo publicados me muero de vergöenza. Ya ve, ni siquiera los poetas malos podemos negar nuestro pasado.

-¿Influye la poesía en su obra?
-Mucho. Hay poetas como Neruda, Cernuda, Baudelaire y Eliot a quienes he leído y releído cientos de veces y que me han influido en determinados períodos y novelas de una manera profunda que no puedo precisar, no sólo en mi manera de escribir sino también en la manera de inventar, como fuente de inspiración estética en ocasiones inconsciente.

-Dice que es un lector entusiasta de poesía... ¿Sigue descubriendo autores jóvenes o prefiere releer?
-Creo que quizás sea un síntoma de vejez, pero ahora leo más sobre seguro. Mi primera tentación es leer a los poetas que ya admiro, así que releo mucho. ¿Poetas jóvenes? Prefiero no dar nombres, para no excluir a nadie. Por ejemplo, en Perú hay ahora un grupo de mujeres poetas muy jóvenes, con voces muy interesantes y novedosas, que han renovado la poesía del país. Lo último que me ha impresionado ha sido una traducción del Beowulf, realizada por Seamus Heaney. Se trata de una saga medieval escrita en un inglés incomprensible hoy, que Heaney ha actualizado sin que pierda un ápice de sentido ni de belleza. Heaney es un grandísimo poeta y un ensayista brillante que ha abordado valientemente cuestiones políticas tan candentes como la situación de Irlanda del Norte. Es uno de los grandes premios Nobel de los últimos tiempos.

-Ahora que menciona el Nobel...
-Uf, no, por favor, mejor no hablar...

-Hablemos entonces de sus poetas más queridos, como Baudelaire...
-Lo descubrí antes de venir a Europa, gracias a Rafael Deusto, que lo estaba traduciendo y trabajamos juntos en sus versos. Los leía con dificultad, pero aún recuerdo el deslumbramiento. Desde entonces lo he leído a menudo, y también la prosa. Es un poeta de inmensa lucidez, y un crítico de arte brillantísimo, un creador luciferino con una inmensa capacidad de cuestionar lo establecido, lo convencional y con una fuerza irracional deslumbrante. Siempre ofrece dimensiones desconocidas.

-Neruda fue su “amor de juventud”... ¿Resiste una lectura madura?
-Desde luego. Para mí Neruda es como Victor Hugo, un autor tan inmenso que en él cabe todo, la excelencia, lo genial, la facilidad, lo convencional y la basura, pero en conjunto es de una riqueza sorprendente. Cuando acierta, es incomparable.

Rubén y sus princesas
-¿Y Rubén Darío, su poeta favorito? ¿Su influjo sigue presente en la literatura hispanoamericana?
-Y no sólo latinoamericana. Darío es el creador de la lengua moderna en español. Como en sus versos hay tanta música y tanta princesa, hoy lo desprecian, pero fue quien instauró la modernidad. A veces es decorativo, suntuoso, pero también es intenso, misterioso. Le tengo muchísima admiración, me gustan hasta sus princesas.

-Precisamente su próximo libro, Travesuras de la niña mala, tiene mucho que ver con Darío... ¿Puede adelantarnos algo más del libro?
-Es una novela de amor romántico, la historia de un gran amor a lo largo de cincuenta años, que transcurre en distintas ciudades. En realidad, ésa es la única parte autobiográfica del libro, porque se trata de una sucesión de cuentos, enmarcados en una historia global, que transcurren en la Lima de los años 50; la Francia de los 60; la Inglaterra de los 70, la España de los 80..., es decir, en ciudades y momentos que viví muy intensamente, así que he aprovechado mis recuerdos de esa época, aunque eso sea lo único autobiográfico.

-¿Cuándo podremos leerla?
-No sé, creo que la acabaré este año, porque ya estoy corrigiendo ciertas partes y terminando la primera versión. Supongo que el año que viene.

-¿No le presionan su editor o su agente para que la entregue ya?
-No, saben que no acepto plazos fijos. Ejercen sobre mí efectos paralizantes.

-Hablando de efectos paralizantes, uno de los aspectos esenciales de su vida es la política... ¿Ha valido la pena defender sus ideas a pesar de las críticas y rencores que suscita?
-Yo creo que aunque no esté de moda que el intelectual intervenga en la política, sí debe participar en el debate cívico. No digo que deba ser político profesional, pero sí que no debe exonerarse del debate cívico sobre la libertad y la justicia, sobre el terrorismo, la violencia social... Son cuestiones que nos afectan a todos, y alguien que se dedica a escribir y tiene una tribuna debe tratar de facilitar el debate y la búsqueda de soluciones. Eso es lo que hecho siempre, con el máximo de autenticidad, de independencia y de libertad.

-Y ha pagado un precio alto por ello. Ahora recuerdo, por ejemplo, las durísimas palabras que le han dedicado Benedetti, García Márquez y tantos otros...
-Sí. Desgraciadamente entre los escritores hay pocos que defiendan la libertad y la democracia que llaman liberales, y demasiados aferrados a posiciones de izquierda, cuando no a modas izquierdosas sin demasiado contenido. Es cierto que recibí y recibo muchas críticas, y que seguir la corriente general tiene más ventajas, pero yo no me arrepiento de nada.

-Quizá por eso, cuando hace poco recibió el premio Irving Kristol 2005 en Washington, se felicitó de que por una vez no le decían “...aunque no estoy de acuerdo con él...”
-Sí, recordé que cuando recibo un premio literario o un honor académico siempre se sienten en la obligación de puntualizar que no comparten mis ideas políticas. Por prime-
ra vez me estaban premiando por ellas, y fue muy emocionante.

La soledad de Cabrera Infante
-Hablando de emociones y regresos imposibles, ¿cuál fue su primer sentimiento cuando supo que Cabrera Infante había muerto sin poder volver a Cuba?
-Me dio mucha pena. La verdad es que lo pensé a menudo, sobre todo el último año de su vida, que fue terrible, con ahogos, crisis, en hospitales continuamente. Creo que su sufrimiento debió de aumentar considerablemente al pensar que iba a morir dejando a Cuba en manos de Fidel Castro. Es una de las cosas que más debieron de amargar su atroz agonía, porque en el fondo Guillermo nunca perdió la esperanza de volver. Además, Gran Bretaña, que conozco muy bien porque he vivido allí y es tan admirable en muchos aspectos, es el país donde la soledad es más profunda que en ningún otro lugar, así que a pesar de Miriam Gómez, la compañera maravillosa, el dolor moral debió de ser insoportables al pensar que Fidel lo enterraba a él, que había sufrido tanto y había sido terriblemente calumniado.

-Algo que también le ha ocurrido a usted, que como él ha sufrido todo tipo de descalificaciones...
-La cultura, desgraciadamente, es, sigue siendo, un monopolio de la izquierda convencional, muy inalterable, que disfruta de privilegios y se permite satanizar a quienes no comparten sus ideales.

-Lo cierto es que usted conoce bien la realidad española. Se acaba de celebrar el primer debate del estado de la nación del gobierno socialista, ¿qué le ha sorprendido más de Zapatero, su talante, que sea tan risueño o tan radical?
-Quizá lo que más me ha sorprendido es el cambio en la política exterior en relación con América, porque no acabo de entender sus objetivos, lo que persigue en realidad con ese acercamiento a Cuba, a Chaves. ¿Cómo la España democrática, antidictatorial, que representa las antípodas del franquismo, puede establecer esas relaciones de amistad, incluso de complicidad, con regímenes tiránicos? Tampoco entiendo en qué se benefician España y el pueblo español con ese acercamiento a dictaduras putrefactas como Cuba y Venezuela.

Nacionalismos excluyentes
-¿Y qué le parecen las negociaciones y pactos con el nacionalismo vasco?
-Todavía es pronto para comprobar si son eficaces, pero si lo que se está planteando, como se rumorea, es un proceso de paz encubierta, habrá que darle la enhorabuena. Habría que ser un insensato para no felicitarse ante un proceso que acabe con la violencia, siempre que no suponga concesiones en cuestiones esenciales: la libertad, la legalidad democrática no pueden sacrificarse.

-Lo cierto es que el nacionalismo es uno de los temas que más le han ocupado en los últimos tiempos. A menudo ha escrito, por ejemplo, que hay que combatir ese nacionalismo que empobrece y atrasa a los pueblos...
-Sí, el nacionalismo es el gran problema heredado del siglo XX a resolver, y no sólo de España, que es el país que más ha progresado en los últimos treinta años. España pasó de la dictadura a la democracia con beneficios enormes, pero siempre ha tenido sobre sí esa extraordinaria espada de Damocles. El nacionalismo es siempre fuente de crispación, de confrontación y de violencia, y eso no excluye al nacionalismo que juega a la democracia al mismo tiempo que a la exclusión. Es, sigue siendo, el gran desafío.

-En Hispanoamérica, sin embargo, el desafío es distinto, aunque muchos intelectuales iberoamericanos sigan buscando en el exterior las causas de la crisis general que sacude al continente.
-Sí, pero es un error, porque existe una evidente responsabilidad propia, que tiene que ver con la corrupción que siempre ha frustrado la modernización, el cambio real, y que ha afectado a derechas e izquierdas. Nada ha contribuido tanto a socavar nuestras democracias jóvenes como la corrupción. Sin embargo, hoy el problema número uno de América Latina es también Chaves, que tiene mucha influencia en los países donde la democracia es más joven o más débil. El discurso del sátrapa venezolano, con su mesianismo y su megalomanía, apoyado en la fuerza de los petrodólares, puede ser un factor desestabilizador en la zona, como ya saben Bolivia y Ecuador.

-Hace un año pasó un mes en el Iraq postbélico, pero la situación allí parece no dejar de empeorar. ¿Realmente la guerra valió la pena?
-Desde luego. La violencia terrorista se ha incrementado, pero también la evolución a la legalidad: ha habido elecciones en las que han participado millones de iraquíes, demostrando que una mayoría de la población quiere la democracia a pesar de esa minoría fanática, apoyada por el terrorismo internacional, que sabe que está jugando un papel decisivo para todo el mundo árabe. No soy pesimista, porque algo se está moviendo en la zona, como demuestran que los sirios hayan abandonado el Líbano, que vuelva a existir esperanza en el conflicto árabe- israelí... Son síntomas positivos, que tienen mucho que ver con Iraq.

-Sin embargo, gran parte de la población europea y española sigue siendo básicamente antiamericana.
-No necesariamente, esos sentimientos sólo aparecen en países como Francia y España, incluso acabamos de ver a Bush recibido en Georgia como un libertador. Estados Unidos asimila el antiamericanismo de parte de Europa y lo compensa con lo que ocurre en otras partes del mundo, donde sigue apoyando la democracia, luchando contra las dictaduras religiosas y políticas. Pero para la Unión Europa es muy peligrosa la ruptura con Estados Unidos, que es el país más poderoso del mundo, sobre todo por su propia seguridad. En un mundo amenazado por el terrorismo antioccidental, que no distingue entre países “amigos” y “enemigos” ya que el enemigo es la cultura occidental, laica, liberal, la ruptura con Estados Unidos facilita el trabajo a los enemigos de la libertad.

-Una curiosidad: ¿mantiene a rajatabla su disciplina de trabajo a pesar de viajes y premios?
-Desde luego, siempre dedico a la novela cinco días de la semana y los sábados y domingos preparo los artículos de Prensa.




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