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Odio Barcelona

Varios autores

Melusina. Barcelona, 2008. 196 páginas, 17 euros
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ROMÁN PIÑA | 09/10/2008 |  Edición impresa


Sagrada Familia de Barcelona

El pasado mayo salió a la venta un curioso souvenir literario: una camiseta con la caricatura del escritor Cristóbal Serra, obra de álex Fito, envuelta en una constelación de epítetos que la crítica le ha atribuido a lo largo de los años: micrólogo, asnomaníaco, serpentino, ermitaño, lacedemónico… La editorial Melusina, además de lanzar este polémico ensayo sobre Barcelona, sólo tiene que agitar el libro sobre una tela para recoger un ramillete de adjetivos y metáforas. Puede editar ya la camiseta alternativa que dará gusto a los muchos paisanos que, como los doce autores de este libro, odian Barcelona. El resultado sería perturbador, tras serigrafíar palabras como “hiperreal”, “monstruo”, “artefacto turístico” (Javier Calvo); como “flemática”, “resort” (Carol París); como “cibernética” (Robert Juan- Cantavella); como “sarcófago” (Philipp Engel); “Barcelola” (Fernández Mallo); como “simulacro” (Matías Néspolo); como “cobarde” (Hernán Migoya) o “liofilizada” (Fernández Porta). La ilustración central de la camiseta puede optar por retratar alguno de los escenarios más aprovechados por estos autores: las Ramblas, el barrio del Raval, el metro…
El texto de Calvo y el de Fernández-Porta, que abren y cierran el conjunto, son los más ensayísticos, sesudos y brillantes. El autor de “Mundo maravilloso” nos sorprende con un texto arqueológico y mitológico que a los profanos les puede sonar a burla, a la manera de lo que hizo Pinilla con la playa de Arrigúnaga y su origen de la vida humana. O a exceso de iluminación, a la manera de Graves. En todo caso, es muy interesante el discurso telúrico y martirológico con el que Calvo nos presenta el espíritu de la ciudad, fundada por la Diosa del Manantial y rebautizada en la sangre de Santa Eulalia. Según esta teoría, que ignoro si ha inspirado ya la trama de algún best-seller, los “magos negros” que promovieron la nueva Barcelona, la del CCCB o el MACBA, han vencido al “Ejército de Resistencia” formado por el sustrato de los huesos de los mártires fundadores, para hacer desaparecer la ciudad y sustituirla por un artefacto muerto, La meta es deshacer el vínculo entre la gente y el suelo. Esta tétrica fábula explica así como Barcelona ha llegado a ser “un monstruo fabricado con miembros robados de tumbas”, en concreto el mal llamado “barrio gótico”. En esta ciudad embalsamada, los turistas son “zombis con olor a crema solar”. Calvo ofrece una visión desoladora de una ciudad enferma por metástasis: la museificación del centro histórico.
Este primer ensayo consigue enmarcarnos bien el problema que el resto de autores viene a matizar. Carol París abunda en la tesis de una ciudad enferma, jugando con la imagen de la tuberculosis: “aguantamos la respiración en una ciudad contenida para que la enfermedad no avance”. Es virulenta y eficaz, a ritmo de esputos. Le atribuye a la Ciudad Condal “un pasado edificado en un exterior insalubre”. Se muestra muy crítica con la “ocupación” de los tamborileros, perroflautas y protohippies “con sus rastas y sus bongos” de cierto enclave. También con las asociaciones, “mueblés” a los que ir a ligar, manifestación grupal de la cultura de la queja, “acti-
vadas por el intercambio de reproches y fluidos”. Denosta París ese constante renegar que a ella misma parece haber hecho mella. El tratado del odio que al final Fernández-Porta nos resume en su artículo, tiene en París un perfecto ejemplo. Ha de haber neurosis en esta prosa ingeniosa y amena, pero capaz de soltar tan campante que “los ricos desde las alturas nos observan y nos dan por culo”, para señalar a los discípulos de “los hombres trajeados”, para alimentar la fobia al “pijoaparte”. Con todo, nos divierten sus juegos de palabras y el sentido del humor con que llama a Gaudí el punto G de la ciudad o dice odiar Barcelona porque “no tengo dónde caerme muerta”. También es convincente su sentencia: la ciudad vive “siempre en el suplemento de la Barcelona por vivir”.
Robert Juan-Cantavella rompe el hielo para los más creativos del elenco. Plantea su aportación al ensayo colectivo como un videojuego. Tiene mucha gracia y muestra ingenio al plasmar en la sucesión de pantallas la sensación, generalizada por lo que se ve, de que Barcelona sufre exceso de vigilancia y presión de la autoridad. La parodia se sirve del acoso al jugador de los Muñecos de Uniforme, y se ríe de la Ordenanza Cívica Municipal 2006. Nos pasea por la Sagrada Familia (“esputo perfecto” para Carol París), el Camp Nou o el metro. Nos hace vivir una inundación virtual. Con similar audacia acomete su relato óscar Gual, en sus diez situaciones de su formulario, divertido y documental. No le perdonamos a nadie su falta de pedigrí para odiar, claro que no, pero el suyo es suficiente.
Llucia Ramis apuesta por la descripción de Barcelona como puta de lujo, y por la disculpa. Se sube incluso al carro del marketing, a costa del riesgo a caerse de él en una curva que el éxito de su primera novela no le deja ver. Lo digo por los tics egotistas, que afean también la aportación de Philipp Engel, a quien no le sentó bien que le avisaran en el colegio de que pertenecía a la “elite que tomará las riendas de esta sociedad”. Engel nos traslada a la Barcelona de los Juegos Olímpicos, cuando le quitó la máscara al “presunto talante antifranquista” de la ciudad. Se centra en su mundo de artistas cuyas fiestas “son un asco”.
Matías Néspolo cae simpático de entrada con esa militancia bienhumorada en la república de los pueblerinos inquietos o paletos con aspiraciones, con ese “permiso” que tímidamente solicita para criticar desde la periferia. Es también divertido y tira de citas (Manuel Delgado, Jameson, Deleuze). Compara a Javier Calvo con Baudelaire y cae en la frivolidad de ningunear “la última novela del grupo Nocilla”, como si las novelas de nadie se escribieran en grupo. Pero es fresco cuando cuestiona Barcelona como destino de turismo cultural y confiesa que sólo ve grupos de alemanas con una polla en cabeza.
Gracias a Lucía Lijtmaer creemos discubrir el detonante de este libro: la web del ayuntamiento con la lista de famosos que dicen amar la ciudad. Una ciudad provinciana y para nada postindustrial. Javier Blánquez se propone ahuyentar al lector con una frase como esta: “el dilucidarlo correspondería a cada cual juzgarlo”. Dudo si es por chiste o por gusto auténtico por lo arcaizante. No le gustan los bohemios sin talento y su interés se centra en la disección social. Fernández-Mallo, aplicado y genial, acepta el envite como un experimento y se planta con una olivetti en Barcelona para recoger perlas de los transeúntes (“odio Barcelona porque está llena de espanyoles”), que maqueta con fotos del cielo sobre las estatuas humanas de las Ramblas. También es excelente el relato en dos planos de Hernán Migoya, una historia en el metro con su correspondencia en la infancia del autor, que le enseña cuán cobarde es la bondad. Un relato local y universal.
El extenso artículo de Eloy Fernández-Porta despliega ingenio y erudición, para despegarse de Adler y comentar fragmentos de Alzamora, Palol y Porta, y soltar algunas andanadas. Contra quienes aprecian que lo catalanoparlante se asocia a un déficit de masculinidad, pero también contra una sociedad que se tolera a sí misma en exceso, o una TV3 capaz de vender a la audiencia “que los castellanoparlantes necesitan ayuda para no acabar a hostias”. En conclusión, la propuesta de Melusina es audaz y necesaria. Da cauce a un descontento real. El libro se lee de un tirón y el interés de sus autores compensa la mediocridad de los “magos” que amortajan la ciudad.


Amores perros

Los principales autores que han colaborado en el libro niegan la mayor: no sólo no odian Barcelona sino que ni siquiera esa presunto animadversión era una premisa necesaria para colaborar en un volumen que tiene mucho de provocación. Se trataba, en palabras de Javier Calvo (Barcelona, 1973), de unir a unos cuantos colaboradores que ofreciesen una mirada crítica, original y divertida,sobre la ciudad. él, por ejemplo, confiesa que “adoro lo que tiene de ciudad, de pequeña, de dimensiones muy humanas todavía, en el paisaje urbano en que me muevo, que es el del casco antiguo. Por eso mismo odio a los turistas y a los políticos que intentan convertir la verdadera ciudad en una marca publicitaria de fácil consumo”.

Eloy Fernández-Porta (Barcelona, 1974), profesor de la Universidad Pompeu Fabra, también lo tiene muy claro: “Mi relación con esta ciudad es tan conflictiva como la que otros intelectuales, como Joan de Sagarra, han mantenido con Barcelona, sin que la pasión por la misma impidiera nunca que manifestaran su fastidio por alguna cosa. En mi caso concreto, lo que más odio de Barcelona es su clasismo y su sentido de la jerarquía y la formalidad, que existen en otras ciudades de todo el mundo, pero no de forma tan acentuada y característica como en Barcelona”.

Por su parte, Robert Juan-Cantavella (Almassora, Valencia, 1976), confiesa su pasión por la ciudad en la que lleva viviendo diez años, aunque haya tantas cosas que no le gustan, “especialmente el que últimamente se haya querido convertir Barcelona en una marca para exportar contenidos y artistas, porque la ciudad no es reductible a esa imagen. Ahora, en la página web del Ayuntamiento, se compara la ciudad con una empresa... ”.

Hernán Migoya (Ponferrada, León, 1971), confirma que sí, que odia Barcelona, sobre todo porque “me odio a mí mismo bastante y proyecto ese rencor, esa insatisfacción sobre la ciudad”. Bromas aparte, este leonés criado en Barcelona, que se siente un “charnego que se crió en una ciudad dormitorio de los alrededores de la ciudad”, asegura odiar “sobre todo, el pijerío del mundillo cultural, que convierte en irrespirable el ambiente literario, cinematográfico y teatral de la ciudad. Me espeluzna ese rollo perverso de tantos cachorros de buenísimas familias catalanas que se disfrazan de hippies o de mendigos para parecer más modernos, pero que son quienes están rodando películas, escribiendo novelas, estrenando sus dramas, a pesar de sus harapos de diseño...”


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