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Libros  Biografía

Picasso/ Apollinaire, correspondencia

Edición de Pierre Caizergues y Hélène Scekel

Introducción de Pierre Caizergues. Visor-La Balsa de la Medusa. Madrid, 2000. 236 páginas, 3.500 pesetas

Las cartas no aportan grandes noticias, pero, a pesar de algunos defectos de actualización, el volumen representa un bello homenaje que encantará a los que sepan leer entre líneas


GUILLERMO SOLANA | 11/10/2000 |  Edición impresa


Cuando se conocieron no eran más que dos saltimbanquis, dos metecos navegando a la deriva en el Maelstrom de París. Pero juntos emprenderían la aventura más decisiva en el arte del siglo XX y su amistad permanece como el símbolo de una época inolvidable, que concluyó con la muerte prematura de Apollinaire en 1918.

Acaso por fidelidad a la memoria de esa amistad y de esa época, Picasso nunca quiso publicar en vida los papeles que conservaba de Apollinaire, pese a la insistencia de los herederos del poeta: “No puedo, decía, me perturba demasiado”. Esta correspondencia se publicó en Francia en 1992 y comprende 113 mensajes de Picasso y 51 de Apollinaire, datados entre 1905 y 1918, y conservados en su mayoría en los archivos Picasso y en el Museo Picasso. No es una edición completa, pues, aparte de las piezas perdidas, hay otras que permanecen inéditas en colecciones privadas.

En cuanto a su contenido, el lector no debe hacerse ilusiones, porque las cartas no aportan grandes noticias. El texto de los mensajes de Picasso se reduce casi siempre a tres o cuatro líneas y a veces simplemente a un “¡Hola!”, o un “Muchos besos”. Lo más expresivo son esas postales en que Picasso prescinde por completo de las palabras y envía algún dibujito: un mínimo bodegón cubista o una caricatura de Apollinaire como académico, como duelista, como artillero, o incluso como Papa (lo que quizá se explica por la leyenda de que el poeta era hijo del mismísimo Santo Padre). En una ocasión, en plena Gran Guerra, Picasso inventa, en honor de su amigo, un caligrama patriótico, donde las palabras -“Pour te dire bonjour, ma main devient drapeau”- se disponen en las franjas de una bandera tricolor.

A lo largo de la correspondencia, se repite varias veces el mismo ciclo: Apollinaire propone un proyecto y solicita la colaboración de Picasso, que primero acepta, luego remolonea y termina por dejarle en la estacada. Entre esos proyectos estaban las ilustraciones para el Bestiario de Orfeo, que finalmente haría Dufy. Se reproducen aquí, eso sí, los esbozos de Picasso: sus gallos, perros, gatos o flamencos, de inspiración egipcia, donde aparece ya el arabesco lineal que el pintor retomará en los años veinte, en sus decorados para el ballet Mercure. Otros proyectos eran la traducción mano a mano de El licenciado Vidriera de Cervantes (que por cierto, Picasso se empeña al principio en atribuir a Quevedo) o ciertos libros de versos de Apollinaire (como Vitam impenderi amori) que el poeta quería ver ilustrados por el pintor, o, en fin, el libro de Apollinaire sobre Picasso y del que aquí se reproduce un esbozo de dos folios titulado “Palabras de Pablo Picasso”.

A pesar de la escasez de revelaciones, aparecen, aquí y allá, algunos detalles divertidos o conmovedores. En una carta desde Gosol del 21 ó 22 de junio de 1906, Fernande Olivier se queja de la dieta inmunda de los aldeanos de este pueblo de los Pirineos, que comen “ratas de cola larga” y abomina del paisaje. (Es una carta donde Picasso sólo escribe el saludo final: “Mi buen amigo Guillaume, recibe un beso muy fuerte en el ombligo”). En aquel confin del mundo, Picasso pasaba por una fase extraordinariamente fecunda, y en su obra se gestaba la revolución más crucial en el arte de nuestro tiempo.

La lectura puede conmovernos cuando Picasso, en unas breves líneas del otoño de 1910, le explica a Apollinaire que no va a verle porque trabaja todas las mañanas en su retrato de Kahnweiler (que le llevaría una veintena de sesiones de pose). Nos interesa cuando el pintor confirma, en febrero de 1915, el parentesco entre el cubismo y el camuflaje militar de la Gran Guerra: “Voy a darte una buena idea para la artillería. La artillería es visible sólo para los aeroplanos como los cañones incluso pintados de gris conservan la forma habría que pintarlos de colores vivos y a trozos rojo amarillo verde azul blanco en arlequín” (pág. 139). Nos divierten los versos cursis que componen, en ruso, las bailarinas de Diaghilev, celebrando el noviazgo de Picasso y Olga (hacia mediados de marzo de 1917). Más tarde, el pintor avisará a su amigo, con sólo dos días de antelación, de su próxima boda, pidiéndole que sea su padrino.

Entre los episodios que brillan por su ausencia destaca el escabroso affaire des statuettes. Géry Pieret, un protegido de Apollinaire, había robado en el Louvre una serie de estatuillas ibéricas, algunas de las cuales fueron compradas por Picasso. Cuando la desaparición de Mona Lisa del Museo en 1911, el exhibicionista Pieret filtró sus propios latrocinios a los periódicos y Apollinaire fue detenido. Picasso tuvo que acudir a declarar, y en la comisaría, ante un Apollinaire esposado y abatido, negó conocerle: “No le he visto en mi vida”. La completa ausencia de mensajes desde entonces, en septiembre de 1911, hasta mayo de 1912, indicaría un alejamiento temporal entre los amigos.

Desde 1992, cuando se publicó la edición francesa de este libro, han aparecido nuevos datos que no han sido incorporados ahora en la versión española. Por ejemplo, en una nota se repite una vez más que Eva (Marcelle Humbert), la amante de Picasso, murió de tuberculosis; pero Richardson, en el segundo tomo de su biografía (aparecida en 1996), ha desvelado que la enfermedad que acabó con ella fue el cáncer. Pero a pesar de este defecto de actualización, el volumen representa un bello homenaje que encantará a los que sepan leer entre líneas.




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