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Poemas a la muerte

Emily Dickinson

Bartleby. Madrid, 2010. 201 pp., 17 euros

AINHOA SÁENZ DE ZAITEGUI | 11/06/2010 |  Edición impresa


Emily Dickinson

De América siempre se dice que está obsesionada con el sexo y la violencia. Aunque esto podría predicarse de cualquier otro país y seguiría siendo cierto, sólo América es madre de Sylvia Plath, y eso, en poesía, cuenta. Sexo y violencia: respuestas humanas a la muerte. Y de la muerte es suma sacerdotisa también otra hija de América: Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886).

“Retira tus Barrotes, Muerte -/ Deja entrar los Rebaños agotados/ cuyos balidos dejan de repetirse/ cuya errancia acabó -/ Tuya es la noche más serena/ Tuyo el Redil seguro”. He aquí la invocación casi satánica de Dickinson. Poemas a la muerte nos presenta a la maestra del género versionando todo un clásico de la literatura. Junto con el amor y Dios, la muerte es el tema estrella de todo lo escrito. Con una diferencia: amor o no amor, Dios o no Dios, morirnos nos morimos igual. Y Emily Dickinson, que hizo siempre lo que le dio la real gana, parecía encontrar esta inevitabilidad tiránica y, por tanto, bastante molesta. Para ella, el universo tenía los límites precisos de su voluntad, y la muerte no era tanto un acabamiento cuanto un obstáculo.

Cuenta la leyenda que la de Massachusetts se enterró en vida: empezó por no salir de casa y acabó por no salir de la cama. En un alarde de sociabilidad, escribía cartas. Hoy lo llamaríamos agorafobia, pero a mediados del siglo XIX era sólo una rareza. Es un buen adjetivo para Dickinson: rara. Como los diamantes perfectos o las mentes lúcidas: “Contempla esta pequeña Ruina -/ que impulsa todo lo que vive -/ tan vulgar como desconocido,/ su nombre es Amor -/ su ausencia es Aflicción -/ su posesión, Herida -/ En ningún sitio - salvo en el Paraíso / se encontrará un Equivalente”. Éstos tres son los jinetes del Apocalipsis según Dickinson, para quien el cuarto era probablemente la Vida misma. Porque la última gran heroína americana no le teme a la muerte, ni tampoco la desea especialmente: se limita a diseccionarla como una rana.

Es una pasión fría que recuerda al erotismo místico cristiano (“Mi Corazón, vacíalo de Ti -/ su sola Arteria -/ Comienza, y deja allí tan solo -/ la Fecha de Extinción”), aunque, en su mejor interpretación, Dickinson encarna a una Sibila de Cumas entre los evangelios y Dostoyevski: “El Suspense - es más Duro que la Muerte”.

Reina omnipotente del canon de Harold Bloom, Emily Dickinson rige la conciencia mortal de Occidente. A ella le debemos los dos versos más memorables (por irónicos, por verdaderos) jamás escritos sobre la muerte: “Puesto que no podía esperar a mi Morir -/ Él esperó por mí con gentileza”. (Para Dickinson, Muerte es Hombre y, para desgracia nuestra, todo un caballero.) A sus ochenta años, Bloom sigue enamorado de Emily como un quinceañero: de ella le gusta todo, y la mitad de ese todo la inventa, y la otra mitad la exagera. Pura idolatría. Pero en una cosa no se equivoca: Dickinson es más grande que Walt Whitman, más grande que América. Más grande, tal vez, que la muerte misma.


Casi inédita en vida (apenas publicó siete poemas, sin firmarlos), tras su muerte la aparición de libros y antologías de Dickinson fue, y sigue siendo, incesante: además de la que hoy reseñamos, Hiperión ha lanzado 55 poemas, uno por cada año de vida de la poeta norteamericana, quizá porque, como resume uno de sus versos, “multiplicar los muelles no disminuye el mar”.


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