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Por qué leer El Quijote

Día del Libro

ÁNGEL BASANTA | 21/04/2005 |  Edición impresa


Ilustración de Nanteuil (1855-56), de la exposición El Quijote: biografía de un libro en la biblioteca nacional

La lectura despierta una gozosa llama íntima que, bien alimentada, no se apaga nunca. Leer es una perdurable aventura interior en la que siempre surgen descubrimientos que nos sorprenden, tanto en las maravillas externas que salen por doquier como en las emociones e inquietudes que reviven en la imaginación. Leemos para saber que no estamos solos; para conocer otras vidas, acercarnos a otros mundos y a otras culturas, sentir nuevas emociones e intensificar las ya vividas y comprender algo mejor las inquietudes del género humano. La experiencia lectora es inagotable por la inmensa capacidad de elección entre la enorme riqueza que atesoran los libros. Leyendo nos fundimos con las ansias de nuestros semejantes. Y al mismo tiempo los grandes libros también nos leen a nosotros, avivando actitudes, sentimientos y emociones que nos permiten conocernos más y ser mejores personas.
Leer El Quijote depara la aventura suprema entre cuantas hay guardadas para lectores cómplices. Cervantes escribió con sabiduría infinita la más grande novela de todos los tiempos. Lo hizo procurando divertir y enseñar, en calculado equilibrio, a todos los lectores.

Como dice por medio del bachiller Sansón Carrasco, su historia “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran, y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco cuando dicen: ‘Allí va Rocinante” (II, 3). Parece increíble que los no-lectores de hoy hayan logrado afianzar el error de que El Quijote es pesado y aburrido cuando en realidad se trata de una de las obras más divertidas de la literatura universal. Como libro cómico fue leído en su tiempo. Y cuantos discretos lectores de cualquier época se acercaron limpiamente a sus páginas han disfrutado de su comicidad, humor y capacidad de entretenimiento.

¿Qué ha sucedido para que hoy no siga siendo así? Se han producido cambios profundos en nuestra sociedad. Vivimos en tiempos de muchas prisas, y esta novela es larga; las nuevas generaciones han nacido en la cultura de la imagen, con los más jóvenes fascinados por cantos de sirenas informáticas, y ello no invita a la lectura; hoy son otros los intereses. El Quijote pertenece al pasado y muchas de las gracias derramadas en su texto no son fáciles de entender para el lector actual. Por eso conviene usar una edición anotada con explicaciones y comentarios breves de palabras antiguas y referencias y alusiones históricas, literarias, mitológicas y otras sutilezas de forma y estilo. En lo demás, hágase caso a Cervantes: manoséenlo niños en ediciones abreviadas, léanlo mozos en trance de llegar a veinteañeros, entiéndanlo personas adultas según la capacidad de cada una y celébrenlo todos en la melancolía de la vejez, que también es la de don Quijote, cuando el mundo se nos extingue.

¿Por qué leer El Quijote? Porque, bien leído en edad propicia, puede regalarnos un inmenso placer estético, que, además, se intensificará cada vez que lo volvamos a leer. El Quijote contiene la parodia y burla de aventuras caballerescas que alumbraron la imaginación de muchos lectores desde fines de la Edad Media hasta Cervantes. Aún hoy aquellos fabulosos libros de caballerías cuentan con lectores de tanto prestigio como Vargas Llosa. El Quijote ofrece una completa visión panorámica de la sociedad española del siglo de oro. La novela cervantina esconde la construcción de un completo sistema lúdico que se desarrolla en un juego codificado por don Quijote de acuerdo con las reglas de la caballería andante. Así lo explicó Torrente Ballester, el mayor heredero de Cervantes en los últimos tiempos: don Quijote finge su locura para ser caballero andante y protagonista de un libro, como tal se comporta en sus aventuras y encuentros con otros personajes, busca su reconocimiento por los demás y respeta las reglas de su juego; pero hay gentes como el cura y el barbero que las quebrantan y así retiran al caballero encerrado en una jaula.

El Quijote representa también una forma de vida libremente elegida: el visionario don Quijote crea su realidad, su nombre, sus armas, el nombre de Rocinante y el de su amada, Dulcinea del Toboso, que constituye el ideal más sublime imaginado por el ser humano. El caballero nunca decae en la defensa de su ideal amoroso. Ni siquiera cuando es vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Aún en el abismo de su desaliento, don Quijote proclama su fe en Dulcinea con estremecidas palabras que hacían llorar al poeta romántico alemán Heine: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra” (II, 64).

La gran novela cervantina constituye una magistral síntesis de vida y literatura, de vida soñada y vida vivida; afirma los más nobles valores del heroísmo; refleja los afanes y penares de la prosa de la vida cotidiana; encarna una imperecedera lección de solidaridad, justicia y amor al bien, como resultado de una capacidad de comprensión de todo lo humano nunca superada ni antes ni después; y es un canto a la libertad, entonado por un genial hidalgo manchego que, leyendo libros, se convirtió en el lector ideal, creyendo cuanto leía y poniéndolo en práctica como don Quijote de la Mancha. Por eso Pedro Salinas propuso nombrarlo santo patrono de los lectores. Que así sea.




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