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Que empiece la fiesta

Niccolò Ammaniti

Traducción de J. M. Salmerón. Anagrama, 2011. 328 páginas, 19'50 euros.

RAFAEL NARBONA | 01/07/2011 |  Edición impresa


Niccolò Ammaniti

La Italia de Silvio Berlusconi se parece a la España de Isabel II: chismes, corrupción, escándalos, excesos. Valle-Inclán se inspiró en ese escenario para escribir piezas satíricas que ya disfrutan del reconocimiento de los clásicos. Niccolò Ammaniti (Roma, 1963) ha construido una novela que no se olvidará con facilidad, rescatando el genio de Federico Fellini para mezclar el disparate, la denuncia social y la crónica de las flaquezas humanas. Lejos de la prosa florida de Valle-Inclán o Gabrielle D'Annunzio, ha escogido un estilo periodístico, ágil y eficaz, que se ajusta desde las primeras páginas al propósito de crear un ritmo trepidante, de comedia enloquecida, donde nada es lo que parece, porque todo es posible y cualquier situación puede de-sembocar en el equívoco o la catástrofe. Como Dios manda, la anterior novela del polémico narrador italiano, discurría por los cauces de un neorrealismo actualizado, relatando las penalidades de un grupo de inadaptados que fantaseaban con robar un banco para librarse de la exclusión y la pobreza. Esta vez el protagonismo se reparte entre una secta satánica (las “Bestias de Abadón”), un escritor de éxito y un constructor sin escrúpulos.

Los adoradores del demonio son cuatro mentecatos que intentan redimir sus fracasos con el asesinato ritual de una cantante melódica, seguido de un suicidio colectivo. Fabrizio Ciba es un novelista relativamente joven que no ha conseguido repetir el éxito de su primer libro y que no disimula su afición a las mujeres, el alcohol y el dinero, pese a su aspecto deliberadamente desaliñado. Sasà Chiatti es un promotor inmobiliario que se comporta como Tony Montana, el gánster de Scarface (Brian De Palma, 1983). Su ambición le empuja a organizar una fiesta en Villa Ada, un enorme parque de Roma que ha adquirido para su disfrute personal. La celebración incluirá simultáneamente un safari con elefantes indios (tigre incluido) y una caza del zorro con una rehala de Beagles. Nadie sospecha que Villa Ada esconde un inverosímil secreto, que provocará un desenlace tan hilarante como estremecedor. Las últimas páginas se internan en el terreno de la ciencia ficción, combinando eficazmente el delirio barroco con la fábula política.

Ammaniti es el escritor mejor dotado de su generación. Sólo Melani G. Mazzucco (Roma, 1966) está al mismo nivel. Los dos han demostrado un talento narrativo que no decae ni muestra signos de agotamiento. No sé hasta qué punto Ammaniti ha esbozado su autorretrato en el personaje de Fabrizio Ciba, un caradura narcisista que detesta a sus lectores y sin otra preocupación que vivir a lo grande con el menor esfuerzo posible. Sus hormonas se desbocan apenas descubre a una mujer atractiva, pero una crítica adversa le hunde en la apatía. Si surge un peligro, se comporta como un cobarde y si alguien le sugiere viajar a Kenia para luchar contra el hambre, su mente se desvía inmediatamente hacia un hotel de lujo en Nairobi. Sus novelas son breves porque es un perezoso incurable y nunca lee los libros que reseña. Su conciencia no le impide recurrir a un “negro” ni mentir descaradamente, elogiando a un autor que le aburre. La ética sólo es un estorbo en una época que encumbra a los canallas. “El ridículo ya no existe, se ha extinguido como las luciérnagas”, asegura un amigo de la infancia. Y no hay que lamentarlo. Ya no hay reglas éticas ni estéticas. El ridículo “da brillo mediático y hace que las figuras públicas resulten más humanas y simpáticas”. No es improbable que Ammaniti esté pensado en Silvio Berlusconi, bufón autocomplaciente.

Que empiece la fiesta es una novela descacharrante, que rebosa ingenio y mala leche. Las carcajadas brotan a cada paso. Las calamidades de los personajes no inspiran ternura. La mayoría son unos idiotas y se merecen ser vapuleados y escarnecidos. Niccolò Ammaniti disfruta con sus gamberradas, obteniendo sin mucho esfuerzo la complicidad del lector. Si en un futuro alguien quiere conocer la Italia actual, deberá leer obligatoriamente este libro, donde se maltrata con la misma saña a políticos, empresarios, artistas y plumíferos. Se podría decir que Italia no es un país serio, pero me temo que España merece el mismo juicio. El mundo -¡ay!- se ha convertido una farsa. O tal vez nunca fue otra cosa y los poetas se encargan de recordárnoslo de vez en cuando.





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