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Respiración Artificial

Ricardo Piglia

Anagrama. Barcelona, 2001. 218 páginas, 2.300 pesetas

Piglia es capaz de unificar registros, mantener la intriga al tiempo que construye extravagantes personajes y lanza teorías literarias o históricas desde la lucidez y la inteligencia


JOAQUÍN MARCO | 21/02/2001 |  Edición impresa


Respiración artificial, del argentino Ricardo Piglia (1940) se ha convertido, desde su publicación en 1980, en una novela de culto. La edición en España de algunas obras posteriores del autor permite situar este relato en el devenir de una obra que lo ha confirmado como uno de los más renovadores de la narrativa latinoamericana contemporánea. La estructura de Respiración artificial, dividida en dos partes bien diferenciadas, es muy compleja. Sirviéndose de un método parecido al de las cajas chinas las historias van enlazándose unas a otras a través de las relaciones familiares no exentas de misterio. El origen habrá que buscarlo en el oro que “el fundador” logró en California y trajo a la Argentina, permitiendo a la familia convertirse en latifundista.

Cada personaje llegará envuelto en una historia que se desarrollará en forma de relato breve. Renzi (la acción se inicia en primera persona a través de una carta y una fotografía que nos retrotrae al pasado), personaje que advertiremos en otras obras, conecta con don Luciano, el suegro de su tío, un ex senador que logra moverse en su limitado espacio gracias a una silla de ruedas. éste recibió como legado un cofre repleto de papeles antiguos con los que pretende reivindicar la figura de Enrique Ossorio, turbio conspirador de la época de Rosas. Marcelo Maggi, el tío de Renzi, envuelto en un escándalo familiar, tras su paso por la cárcel vivirá en provincias dedicado a esta tarea investigadora. Piglia nos traslada de una historia a otra: el juego de tiempos/ espejos constituye una de las múltiples claves de la novela. De otro lado, el relato se torna ensayo cuando el autor trata sus opiniones sobre materias literarias, estéticas o se pregunta sobre la naturaleza de lo argentino.

El polaco Tardewski, imaginario discípulo de Wittgenstein en Cambridge, parece un retrato alterado de Witold Gombrowicz, escritor que Piglia admira y cita en la novela. Bajo el título de “Descartes” esta segunda parte se convertirá en una novela ensayo en la que, invirtiendo las leyes de la lógica cartesiana, construirá tesis fascinantes, como las relaciones entre Kafka y Hitler. Advertiremos también la teoría sobre la evolución de la literatura argentina, la exaltación de la figura literaria de Roberto Artl, una extensa consideración sobre la lengua de los argentinos (parodiando a Borges), duras consideraciones sobre Ortega y Gasset, calificado como “rey de los Asnos Españoles o Asno I”. Heidegger aparece también como otro lector de Hitler. Tardewski descubre, por un azar en el que cree, las fuentes de aquella influencia en el British Museum, mientras dedica sus esfuerzos a elaborar su tesis doctoral. Trasladado a la Argentina, hubiera podido convertirse en un personaje intelectualmente influyente, pero su auténtica vocación es la del fracaso. Intelectualizada, la acción permite el despliegue de personajes y situaciones, como las cartas de mujeres que recibe Marconi, el poeta local.

Los epistolarios van a jugar, como fórmula literaria, un papel decisivo: el de Ossorio en Nueva York, por ejemplo, o el que analiza el extraño personaje de Arocena, quien tiene como objetivo descubrir en las de los años 40 extrañas claves y códigos secretos. Estas extrañas y a menudo incomprensibles situaciones recuerdan pasajes de Sábato. Hemos aludido ya a Borges parafraseado. Pero los mecanismos de asimilación serán de índole diversa: desde la novela histórica hasta el género de terror o el uso dialectal. De hecho, la novela epistolar se convierte en autobiográfica. Si Enrique Ossorio es el análisis de un exilio, también Tardewski forma parte de otro exilio. Los personajes principales de Piglia son incapaces de escapar a un destino previsto. Su determinismo es por naturaleza pesimista. Si los inicios del relato son faulknerianos -y así lo admite el autor- y, por ende, recuerdan también los seres fracasados de Onetti, el “vivir sin ilusiones”, la complejidad de tiempos y la decantación final hacia la novela-ensayo no convierten Respiración artificial en un mero repertorio inconexo de sistemas y fórmulas, en un compendio de lo que puede entenderse como tradición narrativa argentino-uruguaya. La novela logra entidad propia, porque Piglia es capaz de unificar registros, mantener la intriga y evocar los ecos de la parodia al tiempo que construye extravagantes personajes en épocas diversas y lanza teorías literarias, lingöísticas o históricas desde la lucidez y la inteligencia. Respiración artificial pasa a convertirse en lectura obligada. Sus complejidades son un aliciente más.




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