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Rimbaud: Cartas abisinias

Arthur Rimbaud

Ed.de Lolo Rico. Ed. del Viento. 242 pp., 17 euros

ANDRÉS BARBA | 11/06/2010 |  Edición impresa


Arthur Rimbaud. Por Fantin-Latour

La vida y la obra de Rimbaud (Lolo Rico lo entiende a la perfección en su excelente prólogo a esta edición de las Cartas abisinias) se articula en torno a dos misterios casi irresolubles: el del estallido de su talento literario, de esa magnífica rebelión que dura hasta los 20 años de edad y el de su silencio, que comienza a partir de entonces y que culmina con su muerte. No es extraño que los que hemos admirado a Rimbaud -uno de los poetas más grandes y sobrecogedores de la Historia- nos abalancemos sobre estas cartas con el deseo de encontrar en ellas el sentido del misterio de su silencio.

Ya avisaba Camus en El hombre rebelde de que, para mantener la leyenda de Rimbaud uno tenía que ignorar la existencia de estas cartas decisivas. “Son sacrílegas -afirma- como a veces lo es la verdad”. Cabría añadir también que, si son sacrílegas, no lo son el mismo sentido en que lo es, por ejemplo Una temporada en el infierno, sino en otro mucho más terreno y, tal vez por eso mismo, más difícil de desentrañar. Rimbaud, pocos años antes de que se redactaran estas cartas había escrito: “Siento horror por todos los oficios. Patronos y obreros, todos campesinos innobles. La mano que escribe vale lo mismo que la mano que ara.-¡Qué siglo de manos!- Mi mano nunca será mía”. Muy pocos años después el tan difícil de explicar Rimabud está trabajando como comerciante, ha huido de Chipre hacia Egipto para evitar las consecuencias de haber matado de una pedrada (accidentalmente, eso sí) a un indígena empleado en la empresa en la que trabajaba. África cambia a Rimbaud, le vuelve pragmático, no piensa en otra cosa más que en enriquecerse, llega incluso a traficar con armas. Quien bebió y se intoxicó hasta la locura de literatura ahora ni siquiera tiene noticia de que La Vogue acaba de publicar parte de sus Iluminaciones, reniega y casi se avergüenza de lo escrito tan impetuosamente y si pide libros son manuales laborales.

Estas cartas abisinias sorprenden más por lo que no hay en ellas que por lo que hay. El misterio se da aquí, pero por ausencia. ¿Puede una persona convertirse tan radicalmente en otra? ¿Puede alguien desaparecer por completo o son las cartas diminutas trampas? El Rimbaud de aquí es pragmático, se queja de la marcha de los negocios y arremete contra la política colonialista francesa. De esta correspondencia lo más conmovedor es, sin duda, la soledad que destilan sus últimas cartas, cuando le pregunta a su madre si piensa que podría encontrar una mujer en Francia para hacerla su esposa o cuando describe su enfermedad: un tumor canceroso de origen reumático y sifilítico en la rodilla que acaba con su vida el 10 de noviembre de 1891. El misterio Rimbaud se cierra de la misma forma en la que se abrió y nosotros seguimos tratando de ordenar las piezas de un puzzle que, ya con seguridad, no terminaremos nunca.





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