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Libros  Novela

Riña de gatos

Eduardo Mendoza

Premio Planeta, 2010. 432 páginas, 21'50 euros

SANTOS SANZ VILLANUEVA | 19/11/2010 |  Edición impresa


Eduardo Mendoza. Foto: Toni Albir

Viene bien recordar, a cuento de Riña de gatos, la conocida idea de Ramón María del Valle-Inclán según la cual un escritor puede adoptar tres posturas acerca del mundo: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. La tercera lo coloca por encima y como distante de su materia e implica “un punto de ironía”. Desde esta última óptica describe el narrador omnisciente de la nueva novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), a quien podríamos incluso identificar con el propio autor, la vida madrileña en marzo de 1936.

Sirve como hilo conductor de la estampa colectiva la intrincada peripecia de Anthony Whitelands, experto inglés en Velázquez que viaja a Madrid para realizar un peritaje. Nada más llegar se convierte en involuntario protagonista de la confusa madeja política española y su breve estancia será un frenético ir y venir entre los actores de una dislocada tragicomedia: José Antonio Primo de Rivera y los tempraneros camisas viejas (Sánchez Mazas, Fernández Cuesta...); los todavía indecisos golpistas (Franco, Mola, Queipo de Llano); la policía española; el espionaje inglés y los servicios secretos soviéticos. Whitelands asiste de cerca al propagandismo falangista, tiene noticia de las maniobras conspiratorias de la aristocracia y conoce de primera mano la mala vida de los desheredados de la fortuna. Todo ello ocurre dentro de una anécdota que depara sin reposo trampantojos, sorpresas y equívocos. El esquema del relato es el de una novela de intriga disparatada. Esta línea principal se entrecruza con una comedia de amores también burlesca.

Tales mimbres utiliza Mendoza para confeccionar una farsa en la que la parodia franca, libérrima, sin ninguna cortapisa, ocupa el lugar de la ironía advertida por Valle Inclán. De no figurar el escepticismo en el código genético de Mendoza, en la visión del mundo del escritor y seguramente de la persona, habría dado en Riña de gatos el salto al expresionismo violento del esperpento. No lo hace porque en su estética el distanciamiento burlón se impone a las tintas negras y porque la neutralidad velazqueña glosada en la novela prevalece sobre el espanto goyesco.

Mendoza pone en juego un nutrido arsenal de recursos para hacer efectiva esa actitud distante. Crea personajes al borde de la excentricidad y diseña anécdotas imaginativas hasta el límite mismo de la inverosimilitud. Las situaciones estrafalarias se encadenan: el chisgarabís José Antonio y el menage a trois con Whitelands; la niña prostituta Toñina y su bebé, modélicamente folletinesca, muy barojiana; el conserje del hotel y los policías españoles, de costumbrismo cómico; los secuaces del espía soviético Kolia, ejecutores de un atentado propio de la literatura de cordel. Otros cuantos personajes singulares más acompañan al protagonista, antihéroe llorón y soseras, y se los coloca en circuns- tancias absurdas o se los mueve como marionetas de guiñol.

Esta ocurrente materia anecdótica se sostiene en unos restallantes usosidiomáticos también de calculados efectos distanciadores y humorísticos. La onomás- tica fluctúa entre lo intenciona do, el énfasis, la comicidad o el sarcasmo: Whitelands, Álvaro del Valle y Salamero, duque de la Igualada, Pedro Teacher, lord Bumblebee, los policías Gumersindo Marranón y Coscolluela o los revolucionarios señor Mosca e Higinio Zamora Zamorano; los nombres se someten, además, a cervantinos e hilarantes cambios. La prosa se modula en variados registros y se salpica con coloquialismos, vulgarismos o barbarismos efectistas. Invención y estilo se ahorman en un relato moldeado con una minuciosa técnica que funciona con la precisión de un mecanismo de relojería aunque parezca guiarse sólo por el natural progreso de la anécdota. La malicia formal del autor se apoya con descaro en recursos y procedimientos de la narrativa popular.

El distanciamiento respecto de la grave situación social que sirve de fondo al argumento y es el tema de Riña de gatos (poco afortunado título, por cierto), no supone un relativismo indiferente al contexto histórico. Todo anda revuelto y confuso en aquella primavera madrileña, y la constante violencia anuncia la cercanía de una trágica tormenta. Queda claro que cuando estalle será producto de la múltiple conspiración de los privilegiados contra una legalidad, la republicana, desorientada y muy torpe en su defensa. Pero el autor no se pone estupendo ni docto ni didáctico ni pesado para fabular la realidad. Prefiere el humor, la amenidad y la intrascendencia aparente. De tal actitud sale esta nueva ciudad de los prodigios, que es una buena novela, aunque no tan ambiciosa ni plena como su predecesora barcelonesa, una de las mejores de Mendoza.





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