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Scivias: Conoce los caminos

Hildegarda de Bingen

Traducción de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro. Trotta. Madrid, 1999. 508 páginas, 4.500 pesetas

El clamor de la voz poderosa de “la sabina del Rhin” adopta ya desde un principio una actitud cercana a todos los lectores cristianos de su época, y a todos los lectores inteligentes de la nuestra: se sitúa del lado de “los sencillos, los oprimidos y los pobres de espíritu”


ÁLVARO POMBO | 09/01/2000 |  Edición impresa


Todos los buscadores de libros-regalo para estas navidades han estado de enhorabuena. Y especialmente aquellos que deseasen hacer un regalo singular a amigos o familiares interesados por los aspectos menos conocidos de la historia de la cultura occidental. Acaba de aparecer en las librerías españolas la traducción castellana completa del célebre Scivias (conoce los caminos) de Hildegarda de Bingen (1098-1179). Sus traductores, Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, nos ofrecen por primera vez en castellano un texto del que yo personalmente había oído hablar en mis estudios medievales de estos últimos años, pero que no tenía aún a mano.

Unas líneas sobre esta traducción y sus traductores: la loable audacia de Trotta se vio frenada a la hora de encargar la traducción por el rechazo que la aspereza latinoalemana del texto representaba. Supuso pues, para Antonio Castro y Mónica Castro embarcarse, al decidir traducirlo, en una valiente aventura intelectual de más de tres años que otros expertos habían rehusado. Una empresa intelectual de esta dificultad sirve para recordarnos la gigantesca importancia que para la cultura occidental moderna y contemporánea ha tenido la labor ingente de traductores como A. Castro y M. Castro. Todos hemos vivido de traducciones, todos hemos dado alegremente por buenas las traducciones que nos llegaban, tratándolas como las obras originales. Rara vez nos hemos detenido a valorar que lo que tomábamos por textos originales eran en realidad textos traducidos palabra por palabra y línea por línea por hombres y mujeres que, al traducirlos, se convertían en sus primeros lectores e intérpretes. La importantísima historia de la hermenéutica occidental está ligada, aparte de las traducciones de los clásicos griegos debidas a los árabes, a las traducciones al latín de la Biblia y del Corán que hicieron en Toledo y otros lugares intelectuales solitarios, con frecuencia malpagados y olvidados, es decir: tratados en la práctica por miles de lectores como si su esfuerzo vehiculador, de puro obvio e indispensable, no requiriese ni la menor mención. Las cosas, por fortuna, están cambiando en España, y es significativo a este respecto que esta brillante traducción haya sido publicada por Trotta con la ayuda del Instituto de la Mujer, como consta al principio del volumen.

Consideremos el doble interés histórico que tiene esta traducción completa del Scivias: para la historia de la teología y para la historia del papel de la mujer en la cultura occidental. Empezando por la teología, los traductores nos advierten en su introducción que este libro es un libro parcialmente relegado en la historia de la hermenéutica cristiana y que la presente edición supone recobrarlo. Es razonable suponer que el olvido se debe a la singular factura de este libro: se trata de un texto de teología mística y no sólo de teología escolástica. Así, dice M. Castro: “Radica la misión profética de Hildegarda en retomar los cauces de la antigua tradición del clamor, en los que la mística debe ser revelada a plena voz y no escondida, contraponiéndose al estudio erudito, hermético”. Estoy seguro de que ya esto bastaría para excitar los paladares de los buenos conocedores de las fuentes secretas de nuestra cultura. Pero hay más: el clamor de esta voz poderosa de “la sabina del Rhin” adopta ya desde un principio una peculiar actitud cercana al lector común, a todos los lectores cristianos de su época, y a todos los lectores inteligentes de la nuestra: se sitúa claramente del lado de “los sencillos, los oprimidos y los pobres de espíritu, que incluye su condición femenina como campo sin labranza en que se lleva a cabo la siembra de Dios, pues hablará por boca de los simples cercana a la plenitud de los tiempos”. Tiene toda la razón M. Castro al declarar en su presentación que en el Scivias se produce “un rescate de la palabra que es su regreso a una radiante pureza primitiva [...] emparentada con la magia de la palabra como creación y fuente de la acción cuyo apogeo es el canto, designio que parecerá nuevo, pero que los poetas de muchas épocas han hecho suyo”. Confieso que como poeta yo mismo me he sentido arrastrado por esa gran voz alta y directa de la abadesa del monasterio de Rupertsberg con su retórica heideggeriana de las repeticiones y las interrogaciones que cir-
culan, centelleantes, a todo lo largo y lo ancho de esta cadenciosa prosa castellana lograda por los traductores. No es ésta -quede bien claro- lectura para bienpensantes burguesas gazmoñas. La beatería maldita relampaguea por su ausencia. “Dios, declara Hildegarda, consolidó al hombre con el raciocinio y al insuflarse el aliento de vida lo enalteció con la razón”. Y la razón humana es brío y ritmo de aventura. La inteligencia humana es omnívora y lo fue también la inteligencia de Hildegarda. Compositora, herborista, médica, interesada por las mitologías y las simbologías, Hildegarda fue una mujer excepcional en un mundo cerradamente masculino: nos hallamos ante una de las grandes escritoras de la Edad Media que Peter Dronke, entre otros, en su estudio de 1984 ha destacado. Es esta misma voz femenina, individualísima -la voz trágica de Antígona-, la que oímos en el enfrentamiento de Hildegarda a los 80 años con los prelados de Maguncia que la obligaban, bajo pena de excomunión a exhumar el cadáver de un noble anónimo enterrado en el cementerio de su convento. Desobedeció, por supuesto, esta admirable abadesa; “Ante el mandato de los obispos, presa de no poco pánico, observé, como acostumbro, la luz verdadera, y con ojos atentos ví en mi alma” lo que tenía que hacer. Es el primado de la conciencia personal que encontramos también en Eloísa, otro gran hito en la historia de la mujer europea.




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