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Siberiana

Jesús Díaz

Espasa. Madrid, 2000. 228 páginas, 2.375 pesetas

Siberiana es un relato admirablemente construido, rico, lleno de matices, que compagina con maestría drama y humor y que convierte una levísima línea argumental en una compleja historia de amor y soledad


RICARDO SENABRE | 28/06/2000 |  Edición impresa


No es Jesús Díaz (La Habana, 1941) un autor desconocido. Ha publicado ya varias novelas -la mayoría en España, donde reside- y tiene bien acreditada su capacidad narrativa. Quien conozca sus obras anteriores no se sorprenderá ante la solidez novelesca de Siberiana, un relato admirablemente construido, rico, lleno de matices, que compagina con maestría drama y humor y que convierte una levísima línea argumental en una compleja historia de amor y soledad.

Un joven cubano negro, Bárbaro Valdés, viaja a Siberia con el encargo de realizar un reportaje periodístico sobre la construcción de una línea de ferrocarril. Se le asigna una intérprete -una siberiana de madre española- que lo acompañará durante su estancia, y entre ambos surge una obsesiva y creciente atracción, contra la que nada pueden las dificultades y los obstáculos que imponen no ya las diferencias de lengua y cultura sino, sobre todo, las durísimas condiciones de vida en los inhóspitos campamentos del ferrocarril. Pero este escueto resumen no da razón de lo que en Siberiana hay de valioso. Lo que ha permitido transformar esta historia en una novela excelente es el trazado de los personajes, la hábil dosificación de los motivos secundarios que van enriqueciendo la historia principal, la plasmación de ambientes y el ritmo narrativo.

El tiempo de la historia aparece dividido en cuatro partes que funcionan como otras tantas secuencias -o, si se prefiere, como los distintos movimientos de una gran construcción sinfónica-, tituladas de acuerdo con los nombres de los cuatro elementos: “Aire”, “Tierra”, “Fuego” y “Agua”. El recurso no deja de ofrecer ribetes humorísticos e irónicos, ya que los rótulos de cada parte tratan de sintetizar simplemente el marco ambiental y paisajístico de las acciones; pero, al mismo tiempo, las denominaciones sirven también como signos premonitorios relativos al poder destructor de los elementos -ecos, al fin, insoslayables por su dilatada tradi-ción cultural- y preparan así sutilmente el brusco desenlace, desarrollado en unas pocas líneas de enorme eficacia. En cada parte, el relato incorpora informaciones referidas al pasado de los personajes o recobra acciones correspondientes al tiempo de las elipsis narrativas, de los segmentos cronológicos escamoteados entre una parte y otra. En conjunto, la construcción es impecable, y la integración de elementos en apariencia dispares, de reflexiones y voces diferentes y de franjas temporales distintas se realiza con naturalidad, sin un solo diálogo directo, merced a la continua y hábil utilización del estilo indirecto libre en el discurso del narrador omnisciente que anota y transmite los hechos.

Es un acierto indudable la caracterización de Bárbaro Valdés, que arrastra el peso de una turbia historia de miserias, humillaciones y deseos reprimidos -en la que, sin embargo, aún encuentra elementos idealizables- y cuyo propósito íntimo al emprender el viaje se cifra en hallar la ocasión de afirmar por fin una sexualidad insegura que condiciona su personalidad y se extiende a otros aspectos de su ser: posee una naturaleza frágil, es tímido, tiene vértigo, le horroriza volar... Los padecimientos de Bárbaro -en los aviones, en la escalera del campamento maderero de la taigá, en la sauna, en el inmenso paisaje helado- pueden hacer sonreír en alguna ocasión, merced al hilo de humor que el autor entrelaza en la trama del relato, pero son las pruebas que el joven cubano es capaz de soportar, como los héroes míticos, para alcanzar el favor de su amada.

No es difícil descubrir, en efecto, el modelo de historia tradicional que Jesús Díaz ha transformado, actualizándola, en su novela. En esta naturaleza durísima e inmisericorde, permanentemente congelada, se mueven unos personajes a veces sólo entrevistos -Chachai, Boris, Tolia, Sacha-, como si la gruesa vestimenta con que por necesidad van forrados constituyese una barrera e impidiera conocerlos a fondo, de tal modo que sólo la desnudez ocasional -con Tolia en la sauna o con Nadiezdha en el bosquecillo- les permitiría manifestarse sin tapujos y dejar al descubierto su verdadera personalidad. Si prescindimos de la contenida y sensible historia de amor entre Bárbaro Valdés y Nadiezdha, el ambiente de la taigá siberiana, que preside y condiciona costumbres y modos de ser, es el factor omnipresente en la novela. El blanco sudario de la nieve, los ríos congelados y el paisaje inerte y silencioso rodean con un aura fúnebre las acciones de una conmovedora historia en la que la persona enamorada llega al extremo de entregarse voluntariamente a la muerte antes que aceptar la renuncia al amor que el destino parece imponerle: un final desolador, espléndidamente preparado y que resulta ser, desde la perspectiva ya señalada, el único posible.

Siberiana es una hermosa novela, que destaca muy por encima de los infinitos productos comerciales que padecemos.





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