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Sobre la inteligencia

Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee

Traducción de Carmen M. Gimeno. Espasa, 2005. 296 páginas, 20 euros

FRANCISCO GARCÍA OLMEDO | 09/06/2005 |  Edición impresa


Jeff Hawkins (Foto: N. Corante) y Sandra Blakeslee (Foto: William Morrow)

La Biología ha sido siempre un ámbito de acogida al que con frecuencia han arribado científicos de las más diversas disciplinas. Ahora Jeff Hawkins, inventor del palm-computer y del teléfono inteligente, ha irrumpido en el complejo mundo de la neurobiología.

Hawkins nos presenta en este libro una forma original de enfocar la comprensión de la inteligencia humana y del funcionamiento del cerebro, y no lo hace recurriendo a la ciencia ficción sino que parte de lo que se sabe de neurofisiología, computación y psicología cognitiva. Con el tiempo, estas nuevas ideas serán sin duda contrastadas por los especialistas, pero de momento han sido acogidas con gran expectación, a pesar de su origen foráneo. Para Hawkins, comprender la inteligencia y las funciones cerebrales no son fines en sí mismos sino etapas obligadas y previas a la construcción de máquinas inteligentes, artefactos a los que dedica el último capítulo. ¿Podemos construir máquinas inteligentes? Sí, pero tal vez no sean como esperamos. ¿Debemos construirlas? Reflexionemos antes de cada aplicación, porque aunque es seguro que no se cumplirán los peores temores que respecto a ellas genera nuestra fantasía, sí pueden surgir circunstancias más o menos adversas que no son fáciles de predecir.

La idea de partida es pues la de construir máquinas con conexiones de silicio que tomen como modelo las conexiones neurobiológicas del cerebro humano. Para ello es necesario conocer la disposición y el funcionamiento preciso de las redes neuronales que lo componen, un campo sobre el que nos movemos todavía entre hipótesis y teorías, a pesar de lo ingente de los datos experimentales disponibles. Hawkins construye un nuevo marco teórico para la inteligencia a partir de una pregunta fundacional que se hizo hace casi veinte años: ¿Qué hace el cerebro cuando no genera conducta? Miró alrededor de su habitación, vio objetos conocidos y se preguntó en qué consistía esa “comprensión” de su entorno que no le incitaba a realizar una acción, pero que le hubiera permitido detectar en un tiempo muy corto cualquier cambio en la disposición habitual.

Esta intuición momentánea llevó al autor a centrarse en el neocortex, con sus seis capas celulares, como “sede de la inteligencia”. En una disposición jerárquica, estas células recibirían en paralelo las señales de los sentidos y de los centros inferiores del cerebro para almacenarlas como patrones definidos, que para Hawkins son la base de la inteligencia: “la capacidad de recordar y predecir patrones del mundo, incluidos el lenguaje, las matemáticas, las propiedades físicas de los objetos y las situaciones sociales”. Los fugaces patrones registrados en los niveles más bajos de la jerarquía han de integrarse progresivamente en patrones más estables en los niveles superiores, pero según Hawkins, la interpretación de las observaciones acumuladas durante más de un siglo se ha atascado en el planteamiento de abajo-arriba que se ha impuesto y propone en cambio un marco de arriba-abajo, que él llama de memoria-predicción, un marco que le permite explicar dentro de una misma teoría general no sólo la inteligencia sino también la conciencia, la imaginación, la percepción y la realidad. Como todas las hipótesis con enjundia, las que aquí se presentan conducen a predicciones verificables, una docena de las cuales se describen en un apéndice. Se entiende ya bastante cómo funciona la integración jerárquica en la percepción visual y en otros procesos, pero si se tiene en cuenta que cada célula del neocortex puede estar conectada a otras mil y de que hay conexiones de retroalimentación de niveles superiores a inferiores, todavía mal comprendidas, no debe extrañarnos que estemos lejos de conocer lo suficiente el sistema como para poder mimetizarlo en silicio, un problema gigantesco en sí mismo, no tanto por la capacidad de computación que sería necesaria -unas 80 veces la de un computador actual, según Hawkins- sino por el problema técnico de efectuar las interconexiones requeridas. Con la ayuda de la prestigiosa periodista científica Sandra Blakeslee, Hawkins ha elegido para difundir sus ideas el formato de un libro de fácil lectura, en lugar de las revistas científicas especializadas y su lenguaje formal.




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