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Stalingrado

Antony Beevor

Traducción de Magdalena Chocano. Crítica. Barcelona, 2000. 456 páginas, 4.500 pesetas

Desde todos los puntos de vista, Stalingrado constituyó ciertamente una de las batallas decisivas de la Historia, una batalla narrada magistralmente por A. Beevor en uno de los dos o tres libros realmente indispensables para comprender aquel acontecimiento


CÉSAR VIDAL | 22/11/2000 |  Edición impresa


La batalla de Stalingrado es -junto con el desembarco en Normandía- uno de los episodios de la II guerra mundial tratados más a menudo por historiadores y autores de ficción. A las memorias de sus protagonistas -Zhukov y Von Paulus- se han unido descripciones en obras generales (como la de Alexander Werth en Rusia en la guerra) o monografías (Harrison Salisbury) en las que se ha destacado la trascendencia de esta batalla para el curso global del conflicto. La apertura de los archivos de la extinta URSS ha abierto nuevas posibilidades de análisis del evento y posiblemente su fruto más granado sea este libro de Antony Beevor.

Stalingrado constituyó un verdadero epítome de la guerra en el frente del Este. Desde 1939 al verano de 1941 en que tuvo lugar la Operación Barbarroja -la invasión de la URSS por el III Reich- las relaciones entre Hitler y Stalin difícilmente pudieron ser mejores, pues ambos dictadores no tuvieron el menor reparo en repartirse Europa. Se trataba, sin embargo, de un paréntesis ya que ambas potencias totalitarias ansiaban la destrucción de la otra.

Desde junio de 1941 hasta verano de 1942, a pesar de la imposibilidad de tomar ciudades como Moscú o Leningrado, los éxitos alemanes no dejaron de sucederse. Esos triunfos dejaron de manifiesto que la blietzkrieg o guerra relámpago no era aplicable a la URSS dada su extensión y sus recursos materiales y humanos y que tampoco Stalin podía permitirse una retirada interminable. Por eso, Stalingrado estaba llamado a ser decisivo.

La lucha fue inhumana. No sólo se trató de una serie de combates en los que el enfrentamiento cuerpo a cuerpo constituyó la norma general sino también de una dureza que excluyó por ambas partes el respeto a las leyes de guerra. En la descripción de esas circunstancias resulta el libro de Beevor especialmente eficaz. Al acabar 1942 todo parecía presagiar una victoria alemana y de hecho Hitler no dudó en anunciar la toma de la ciudad. Sin embargo, Von Paulus había aceptado imprudentemente la exposición de unos flancos débiles al ataque del enemigo, que fueron los escogidos por Zhukov, el salvador de Moscú, para descargar el peso de su contraofensiva. La elección resultó fatal para los alemanes. No sólo sus líneas quedaron inesperadamente rotas sino que en unas horas el VI Ejército resultó cercado.

Quizá lo más prudente en aquellas circunstancias hubiera sido intentar la ruptura del cerco para salvar a unas tropas que casi se mantenían intactas. No se hizo así pero las responsabilidades de los errores alemanes quedaron muy repartidas. Desde luego, hubo un intento de romper el cerco capitaneado por von Manstein, uno de los mariscales más brillantes de Hitler. Sin embargo, Manstein fue contenido por la tenaz resistencia de los soviéticos y se vio obligado a abandonar a sus compañeros. Más responsable resultó el mariscal Goering, que aseguró a Hitler que su Luftwaffe podría aprovisionar desde el aire a las tropas sitiadas. Nunca lo consiguió, pero aquella baladronada sirvió para que Hitler se encastillara en su propósito de resistir. Al concluir la batalla, un millón de hombres había perdido la vida y a éstos se sumaría la mayoría de los prisioneros de guerra alemanes. En términos tácticos, la batalla constituyó un enorme éxito soviético; en términos estratégicos, fue una victoria considerable aunque en absoluto decisiva. De hecho, habría que esperar a la victoria sovietica de Kursk para que Alemania pudiera dar por perdida la guerra en el Este. Sin embargo, las repercusiones mayores se produjeron en el orden internacional y en el propagandístico. En el primero fue esencial al facilitar las operaciones aliadas en el norte de áfrica. A partir de las primeras semanas de 1943 resultó obvio que Alemania podía perder la guerra y que esa derrota se iba a producir en todos los frentes.

Así, a Stalingrado se sumó la victoria británica de El Alamein y el desembarco anglo-americano en el norte de áfrica. Más importante todavía es que se quebró de manera irreversible el mito de la invencibilidad alemana. Como ha señalado Dino Alfieri, embajador italiano ante Hitler, después de Stalingrado los aliados de Alemania comenzaron a pensar en abandonar al III Reich en su guerra contra la URSS. Desde todos esos puntos de vista, Stalingrado constituyó una de las batallas decisivas de la Historia, narrada magistralmente por Beevor en uno de los dos o tres libros realmente indispensables para comprender aquel acontecimiento.




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