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Libros  Novela

Telón de boca

Juan Goytisolo

El Aleph. Barcelona, 2003. 101 páginas, 15 euros

RICARDO SENABRE | 13/02/2003 |  Edición impresa


Juan Goytisolo. Foto: M.R.

Es reconfortante comprobar cómo algunos escritores que se acercan al umbral de la senectud después de una larga y fecunda trayectoria no tiran la toalla, no recurren al fácil expediente de utilizar su ya probado oficio para ofrecer productos insustanciales, amparados por la merecida notoriedad que su obra les ha proporcionado, sino que, con ejemplar fidelidad, mantienen el mismo empeño creador, la misma aspiración al rigor y los mismos principios estéticos que presidieron su carrera.

Juan Goytisolo es uno de estos raros especímenes, y Telón de boca viene a confirmarlo una vez más. Estas páginas, segmentadas en fragmentos y que poseen la extensión de una nouvelle, son, para empezar, difícilmente encasillables en un modelo genérico determinado. El autor se mueve con gran libertad en los confines del relato, el ensayo, la remembranza personal o el ensueño, en una síntesis que funde algunos de los motivos y escenarios presentes en su obra con la perspectiva de un personaje que acaba de experimentar el “crudo rigor” de la viudedad y se reconoce súbitamente vulnerable: “Dejó de divagar en lo futuro para rememorar lo pasado. Los sueños se habían trocado en pesadilla. Su universo interior se contrajo y se volvió más amargo” (pág. 28). En la melancólica rememoración del pasado personal -que incluye “paisajes de una infancia imaginaria, forjada por las estampas de huecograbado de la biblioteca familiar” (pág. 63)-, así como en la expresión de este “universo interior”, es fácil reconocer muchos rasgos del propio Goytisolo, que en dos libros de memorias dejó constancia pormenorizada de su existencia, y el perfil de la mujer desaparecida corresponde, claro es, al de Monique Lange, fallecida en 1996, fecha en que comienza la redacción del volumen que ahora nos ocupa. Pero no es este aspecto autobiográfico lo destacable de Telón de boca, sino su conversión en texto literario, de igual modo que en el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” lo importante no es la noticia de un hecho realmente sucedido, sino la composición elegíaca a que da lugar.

En este sentido, el testimonio literario contenido en Telón de boca, mezcla de elegía y meditatio mortis, es sobresaliente por la economía de medios puestos en juego, por la difícil sencillez del discurso, por la sobriedad en la confesión de estados íntimos y por la capacidad para seleccionar algunos hechos minúsculos del pasado para sintetizar lo más significativo de una historia sentimental, todo ello presidido por la visión de un contemplador que reproduce aquí lo que Myriam Gallego ha llamado en un reciente e iluminador estudio la “mirada teatralizadora” de Goytisolo. El narrador, en efecto, cree intuir el final de su vida, que es simplemente un “paréntesis entre la nada y la nada” (pág. 89), pero, como en el poema de Machado, descubre después de su pesadilla que “la cita sería para otro día: cuando se alzara el telón de boca y se enfrentase al vértigo del vacío. Estaba, estaba todavía entre los espectadores en la platea del teatro” (pág. 99). La incógnita reside en lo que podrá haber al otro lado del “telón de boca”; acaso un mundo “abrupto, salvaje, abrasado por el sol y esculpido por la conjunción de los cuatro elementos”, en el que “ninguna huella humana suaviza su desnudez y suntuosidad adusta” (pág. 88).

La desoladora visión de la existencia humana como una sucesión de miserias, guerras, crueldades repetidas, maldades e injusticias aparece en una audaz visión onírica en que un personaje no difícil de identificar -pero al que cada lector pondrá el nombre que desee- afirma, dirigiéndose al narrador: “No hay grandes diferencias entre tú y yo. Aunque fuiste engendrado por una gotica de esperma y a mí me fabricaron a golpe de especulación y concilio los dos tenemos lo primordial en común: la inexistencia. Somos quimeras o espectros soñados por algo ajeno, llámalo azar, contingencia o capricho” (pág. 77).

Goytisolo ha compuesto en Telón de boca el finísimo bosquejo de un personaje que ofrece la quintaesencia de su mundo, tejido de experiencias afectivas, viajes y, sobre todo, lecturas, puesto que el sujeto narrador confiesa haber llegado mucho tiempo atrás a la convicción de que “la libertad se hallaba sólo en los libros” (pág. 46). Al lector que rehúya la trivialidad y la intrascendencia le interesará sobremanera la introspección implacable que lleva a cabo esta conciencia alerta en unas páginas de insólita hondura.




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