Desde hace tres años no hay reunión de escritores célebres que no acabe con un lamento: esto de los nocilleros, de los fragmentarios, está haciendo mucho daño a nuestra narrativa. ¿Por qué? Porque, dicen, está todo inventado. Porque son un remedo de la verdadera literatura. Un invento mediático sin nada dentro. Críticas que no suelen trascender al lector pero que demuestran que las aguas literarias bajan más revueltas que nunca. Porque ellos, los fragmentarios, los mutantes, no están dispuestos a callar.
Todo está en los archivos y bibliotecas. Tras investigar en algunos de los menos frecuentados de España y Portugal y escarbar entre los legajos del Manuscrito de Évora, la profesora María Hernández lanza esta semana Poesía inédita de Francisco de Quevedo (Libros del Silencio). Imposible, dicen los expertos, confirmar su autoría o negarla, pues bien pudo haberlos escrito Quevedo, que no publicó en vida sus versos, por lo que mucha de su poesía tal vez esté extraviada o siga, como hasta ahora, escondida en obras como ésta.
El editor y el director de la publicación, Fernando Iwasaki, señalan como "un logro filantrópico" haber salido durante 21 años















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