Xavier Gosé, el gran olvidado
Fundación Cultural Mapfre Vida. General Perón, 40. Madrid. Hasta el 12 de septiembre
- ( 18/07/1999 )
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Las ilustraciones de Gosé gustaban a todos: a los modernistas, por su espíritu de innovación; a los tradicionalistas, por la ortodoxia y excelencia de su realización
Por tercer año consecutivo la Fundación Mapfre cierra su curso de exposiciones con una muestra extraordinaria de verano dedicada a la ilustración gráfica española. En 1997 organizó la titulada La Eva moderna, repasando la imagen pública e íntima de la mujer moderna a través de la obra de un elenco fundamental de ilustradores de entreguerras. El año pasado dedicó una estupenda monográfica a los dibujos a línea que Carlos Sáenz de Tejada realizó para ilustrar la vida madrileña de los años republicanos. Y en esta ocasión se nos ofrece una recopilación amplia (285 obras) y significativa de la intensa, ecléctica y breve trayectoria seguida por Xavier Gosé (Alcalá de Henares, Madrid, 1876-Lérida, 1915), uno de los más elegantes y el más internacional de nuestros ilustradores de comienzos de siglo, hasta el punto de ser mucho más divulgado y conocido en París y en Alemania que en la propia Barcelona, ciudad en la que discurrió su infancia y juventud, formándose en su Escuela de Bellas Artes, La Llotja, e iniciando allí su carrera de ilustrador, colaborando desde 1895 -a sus 19 años- en publicaciones tan represen-tativas como La Esquella de la Torratxa, Barcelona cómica, La Saeta, El gato negro y Quatre Gats.
En aquella etapa catalana, todavía de formación, se produjeron un par de hechos determinantes en la vida de Gosé: por una parte, recibió un impulso decidido de su maestro principal, el conocido pintor e ilustrador Josep Lluís Pellicer, quien lo introdujo en un realismo narrativo de corte naturalista, y quien lo potenció profesio- nalmente al tomarlo de ayudante en su taller. Sería el propio Pellicer quien instara al joven dibujante a instalarse en París, cosa que hizo en 1900. A su vez, Gosé fue asiduo en el local de la famosa cervecería barcelonesa Els Quatre Gats, donde entró en contacto con el nuevo pensamiento literario y social, así como con las aspiraciones entre simbolistas y art nouveau de las últimas tendencias pictóricas. Allí conoció el curioso carácter modernista-prerrafaelista de Riquer, y también -como Picasso y Nonell- el registro simbólico de la temática miserabilista de Adolf Mönzer, que tanto influyeron en el doble estilo de la obra de su etapa de lanzamiento, hacia 1899, año en que celebró su primera exposición, precisamente en la Gran Sala de Els Quatre Gats, obteniendo un éxito completo de crítica y ventas. Las ilustraciones de Gosé gustaban a todos: a los modernistas, por su espíritu de innovación; a los tradicionalistas, por la ortodoxia y excelencia de su realización. Siempre sería así. Ello explica el éxito de su arte y su triunfo social. De toda aquella primera etapa la exposición de Mapfre recoge un muestreo sucinto, en el que destacan piezas tan cuajadas e intensas como Gente de suburbio, Tristeza de suburbio u Hombre en la playa, de temas realistas-sociales y de expresión romántico-simbolista.
El eje de la exposición es, sin embargo, el elegante y bullicioso París de la Belle époque, al que Gosé -hombre brillante, de carácter reservado, gusto exquisito, mirada escrutadora y trabajo minucioso- llegó en 1900. Allí triunfó muy pronto y allí permaneció hasta declararse en 1914 la primera guerra mundial. Enfermo de tuberculosis, se trasladó entonces a Vichy, siguiendo su camino final a Cataluña, para instalarse en Lérida, en la casa de su madre. En 1915 Gosé murió en la capital ilerdense, en cuyo Museo Morera se conserva el grueso de su obra de ilustrador y también -aunque sea cuantitativamente muchísimo más corta- de pintor.
Al llegar a París en 1900, Xavier Gosé se sintió atraído por la corriente estilística iniciada por las ilustraciones de Daumier y seguida por los carteles de Toulouse-Lautrec. La estructura lineal y el color añadido en manchas luminosas, claramente definidas, se hizo presente en seguida en la obra nueva del catalán, dedicada a una temática de moda: los asuntos foclóricos denominados españoladas. En la exposición se nos presentan versiones tan gráficas como la témpera Gitanilla, pero también tan pictóricas como los pasteles de Valenciana y Cupletista. Un nuevo giro, atendiendo a las estampas japonesas -con su composición en horizontal y con su contraste fuerte entre el blanco y el negro, el espacio pleno y el vacío de la lámina- daría un cambio fundamental a su lenguaje (retrato de Charlotte Wiehe, composiciones como En el skating o A las carreras), al que añade un creciente sintetismo de carácter geométrico (el extraordinario dibujo a lápiz Fumando o Modelo con sombrero o las escenas Promenoir, Eriphile, Grand Prix, Jugando al golf...). Ese japonesismo, ese sintetismo y ese amor a la geometría configuran las bases del inequívoco estilo Gosé. Se trata de un estilo sofisticado y decadente, de refinado esteticismo -decorativismo dandy lo llama Fontbona-, por el que cruzan en ocasiones los esplendores abarrocados de Anglada Camarasa o Klimt y, otras veces, la primitiva formulación cubista-sintética de Juan Gris. La exposición recoge asimismo una muestra interesante de algunas de las revistas en las que se publicaban sus ilustraciones: las francesas Le Rire, Cocorico, La Vie Illustrée, LAssiette au Beurre y Sans Gêne y las alemanas Jugend, Simplicissimus y Ulk.
La exposición es preciosa literalmente. Y es -además de un placer y de un documento social- otra llamada de atención sobre la inconveniencia de distinguir entre artes mayores y artes aplicadas, así como también sobre la necesidad de proseguir en la recuperación de la memoria de aportaciones mayores habidas en nuestro proceso artístico contemporáneo, en una visión más rica de lo que ha sido nuestra modernidad.
José MARIN-MEDINA