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Martes, 02 de septiembre de 2014
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Arte  Pintura

Susy Gómez

IVAM. Centro del Carmen. Museo, 2. Valencia. Hasta el 16 de julio

Susy Gómez pertenece al mundo fácil de la estética light, de la teatralidad de los espacios, de sutilezas no problemáticas, del reciclaje de los discursos, de los objetos con guiños femeninos


KEVIN POWER | 24/05/2000 |  Edición impresa


"Sin título Nº 65, 1999

La mayoría de las obras de arte, como la mayoría de nosotros, son pasables, ni buenas ni malas, sencillamente luchan para conseguir la escasa atención que les vamos a prestar. Una obra significativa suele impactarnos con una sensación de satisfacción interna, un sentido de bienestar, una ligera sonrisa o una mueca de complicidad frente a su postura irónica o paródica y cortante. Conseguir este estatus no resulta fácil en un espacio como el Centro del Carmen de Valencia. Son salas bellas y tremendas. Pueden con un artista y lo han hecho con más de uno. Permiten y niegan a la vez, obligan a un sistema de ecos, yuxtaposiciones y enfrentamientos. Se trata de un lugar potente que suele convertir una muestra en un reto.
¿Cómo ha respondido Susy Gómez a tal reto? Y, ¿cuáles han sido las muecas de complicidad que nos ha logrado sacar? Se trata de una artista críticamente arropada y de una trayectoria profesional impecable. Pertenece a esa parte del jardín español en que hay tantas flores que uno suele bostezar superado por el tedio triunfal de las cosas. Vivimos cada vez más en un mundo de menos matices y hay que matizar para situarnos. Así, ¿qué es lo que tenemos? Susy Gómez pertenece al mundo fácil de la estética light, de la teatralidad de los espacios, de sutilezas no problemáticas, del reciclaje de los discursos, de los objetos con guiños femeninos, del cuerpo re-articulado a través del pensamiento rápido, de la comunicación nerviosa entre ser y ver. ¿Suena negativo? ¡Quizás! Sin embargo hay un poeta norteamericano que me importa y me parece ejemplar vitalmente, llamado Frank O’Hara (amigo íntimo de artistas como Katz, Rivers y Goldberg), quien entendió hace mucho que para sobrevivir sobre una superficie deslizante, la de Nueva York o la de un mundo posmoderno, había que aprender a patinar a toda velocidad, con un brillo de charol, con trampas y trucos impredecibles, con saltos de bailarín fríamente histérico y capaz de mantenerse en el aire sin tocar el suelo. Pues, ¡eso Susy Gómez sabe hacerlo! Crea un espacio de objetos lúdicos e intuitivos en el que existe un murmullo continuo entre las piezas y explota los cambios sutiles de textura y tonalidad. En efecto, lo que importa hoy en día es gozar de placeres inmediatos, no excesivamente complejos, pero eficazmente representados. Pues, ¡eso Susy Gómez sabe hacerlo! Su obra es rápida y retinal, no se extiende sobre resquicios discursivos. Logra seducir, lo que no está mal en un país tan dispuesto a la vulgaridad. Seduce no porque quiere seducir -algo que no le resultaría especialmente difícil- sino porque es una forma “pulida” de insertarse en el mundo. Es decir, hedonísticamente, versátilmente y libremente. La manzana negra, una de las piezas clave de la muestra, se nos viene encima por su propio tamaño, táctil como la seda misma, llamativa como cualquier tentación oculta, segura de sí misma como una bella pregunta.
Al escribir este texto estaba leyendo el catálogo de la exposición de Philip Taaffe, con quien Susy Gómez comparte el Carmen, y me encontré con esta frase feliz de Charles Olson, citado por otro poeta norteamericano, Robert Creeley, “el argumento viene antes”. Es en esta antesala argumental donde Gómez va a resolver, o no, el peso duradero de su obra, y no me refiero a una ambición histórica, ya que no me parece muy alta en su lista de prioridades, sino a entablar con el espectador con quien pretende dialogar una seducción mas lenta, compleja, y de referencias más ambiguas. Algo de eso hay quizá en la pieza que domina la entrada de la exposición, La almendra en flor, que nos enreda en sus brazos. Es una metáfora magnífica de la mujer en flor, una imagen conmovedora de la delicadeza, vulnerabilidad y eclosión, y una clara referencia a su lugar de nacimiento. Convierte lo efímero en permanente, lo ligero en algo más pesado. No tiene, por supuesto, nada que ver con la cultura oriental, nada que ver con las referencias cultas; pretende vibrar como el ciruelo en flor de Bonnard. Aspira a la intensidad acumulando connotaciones eróticas suaves y quizá juega irónicamente con el oropel barato de todo a cien o de las bodas de los nuevos ricos. Nos impide momentáneamente la entrada, respira sutilmente, y entonces nos permite seguir adelante con un pequeño suspiro de placer.
Me gusta mucho la frase de Enrique Juncosa, comisario de la exposición, al caracterizar la obra de Gómez como “arrogante y frágil”, aunque personalmente hubiera dicho “modesta y fuerte”. De todas formas, no es más que una cuestión de semántica. Susy Gómez, como su propia obra, es alegremente dialogante y nos seguirá hablando. Sin embargo, debe saber que para hablar hay que tener algo muy preciso que narrar, es decir: el argumento viene antes. Y, quizá, este argumento podría ser más irónicamente perverso, menos elegante en su sonrisa y más empapado de las perturbadoras corrientes que subyacen al hilo conductor de la exposición: el fin de la inocencia.




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