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Isabel Guerra, retratos y bodegones

Galería Sokoa. Claudio Coello, 25. Hasta el 11 de diciembre

  • Resultados:

 | Publicado el 21/11/1999 |  Ver el número en PDF

Dedicada con entusiasmo a la pintura desde los doce años y completamente autodidacta pese a haber gozado en su día de la posibilidad de ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Isabel Guerra (Madrid, 1947) es monja de la orden del Císter desde 1970, lo cual no ha impedido que siga exponiendo con cierta regularidad y notable repercusión el fruto de su labor pictórica. La actual muestra, de hecho, podría ser calificada de pequeño fenómeno sociológico si tenemos en cuenta la gran cantidad de público que acude cada día a la galería madrileña donde se exponen estos veinticinco óleos junto con cinco dibujos a lápiz.

Estas obras están surcadas por haces de luz que chocan con superficies refractantes o traslúcidas, muchas veces colocadas de perfil: el pelo de las muchachas y niñas que sirven como modelos, la porcelana, los paños blancos, el papel, la madera, el cristal y el agua... La luz es polo de atracción y nota básica, eligiéndose cualquier motivo para trabajar con ella; luz venida de otro lugar, ajena a la materia, luz que hace acto de presencia una y otra vez y de manera siempre explícita. A la pintora le gusta retratar esa belleza cercana a la gracia divina.
Dotada de una notable técnica para el realismo formal, de intuición para la composición, Isabel Guerra puede parecer una pintora realista (y conforme a esa impresión muchos visitantes contemplan su obra) pero no lo es en sentido estricto. Su pintura busca encauzar la nostalgia de una belleza perdida e irreal, extremadamente dulce -ya se trate de bodegones o de retratos-, donde el recogimiento es sinónimo de alegría. La pintura de Guerra se convierte, así, en un ejercicio de ilusionismo donde el sentimiento religioso, una vez idealizado, lo impregna todo.





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