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José MARIN-MEDINA | Publicado el 01/03/2007
Llegó el último a la generación Nuevo Arte Cubano, de los ochenta -década prodigiosa del arte en La Habana-, y es hoy el artista joven de su país que más seduce en el circuito internacional, desde su participación en las bienales de Venecia, São Paulo, Johannesburgo, Sydney, Estambul, Kwang-Ju en Corea y la del Caribe en República Dominicana, hasta su representación en los grandes museos: MoMA de Nueva York, Colección Ludwig de Colonia, Jeu de Paume en París, Internacional de Arte Contemporáneo en Montreal, Reina Sofía en Madrid En estos últimos quince años Kcho (Nueva Gerona, Isla de la Juventud, Cuba, 1970) se ha movido mucho y ha trabajado como un ciclón, como una borrasca de intuiciones fuertes y conceptos meditados, desarrollando su versatilidad sobre materias pobres que despiden la energía de lo usado, y sobre imágenes de urgencia, encabalgando poéticas diversas. En esa línea, su obra actual lo confirma como artista en la encrucijada, marcado con marchamo ardiente, abierto a sendas imprevisibles, pero vislumbrando que la orientación de muchas prácticas mira hoy a lo originario, lo caótico, lo plural, lo que está más allá del lenguaje, lo anterior inclusive a la disociación entre pensar y ser. Ya en sus inicios, cuando Kcho mezclaba en sus dibujos el grafito o el bolígrafo con su saliva, alentaba en él lo sagrado sin institucionalizar, sintiendo el arte y el mundo como prolongación del propio cuerpo. Luego, se le impusieron las realidades inmediatas (migraciones, identidad, idea de historia), y la adopción de un lenguaje muy constructivo, aunque de subrayado expresionista. Ahora, como dice el título de la exposición, este arte anda retrasando lo inevitable, a sabiendas de que lo que no puede evitar un artista de hoy temperamental y asilvestrado como él, es volver a la mística.









La familia (el padre), 2006. Madera.