José MARIN-MEDINA | Publicado el 14/02/2001 | Ver el número en PDF
De bruces, con sólo entrar a la primera sala de esta exposición, el espectador se encuentra con la sorpresa de una pintura de paisaje declarada y consistente, reivindicada desde cada uno de estos cuadros irreversiblemente finales -de los dos últimos años de su vida- de Esteban Vicente (Turégano, Segovia, 1903-Nueva York, 2001). Es verdad que bajo la pureza de la poética informalista de Vicente alentó siempre un concepto de paisaje. También es cierto que esa notoriedad se acrecentó en ciertas pinturas y dibujos de 1995. Pero es ahora cuando la manifestación se ha hecho explícita, como si el pintor deseara dejar determinado lo que estaba oculto o no se entendía del todo bien. A la vez, el conjunto de estos ocho óleos gozosos -llenos de frescor, claridad y fluidez- que se exhiben en la sala inicial de la muestra, en algunos de los cuales la fronda vegetal establece un diálogo ordenado con elementos arquitectónicos -From the studio, Pylon, Scene from the studio-, corrobora el criterio de que el color es la luz, frase suya que se ha tomado como título para la exposición.
Ideal forms, 1999. Óleo sobre lienzo, 132 x 107.