DAVID G. TORRES | Publicado el 03/05/2007 | Ver el número en PDF
El medio artístico arrastra desde hace tiempo el sanbenito de elitista. Cuando seguramente es uno de los sectores de la cultura más permeables (cuando no tolerantes, para bien y para mal, ahí tenemos un cocinero en Documenta). Silvia Prada (Ponferrada, 1969) es un ejemplo de esa permeabilidad (que no tolerancia). No es estrictamente artista, tampoco ilustradora, se mueve entre esos campos buscando cierta indefinición. Y es coherente con su obra, que se basa en una construcción híbrida. Raro utilizar el término collage en su caso, más bien converdría hablar de samplear, no en vano su exposición se titula House of pop. Primer sampler, de iconos populares: Madonna, Chloë Sevigny o Vincent Gallo dibujados sobre papel en bastidor o en un mural. El dibujo de Silvia Prada es técnicamente impecable (es ilustradora, también), en lápiz, preciso, en matizes de grises, hiperrealista. Y segundo sampler: una imagen de Madonna con motivos de Joan Mirò. Cultura popular frente a alta cultura. Más evidente es la referencia directa al Pop Art (el título, de nuevo) al incluir honomatopeyas, un recurso del cómic explotado por Roy Lichtenstein, aunque aquí pasado por el lápiz académico. Y, como en el Pop Art, no está claro si su trabajo responde a una crítica a la sociedad actual, llena de valores efímeros y banales, o a su celebración. Quizá basta con levantar acta del espíritu de una época (de ahí la técnica clásica, el dibujo objetivo). Tampoco Andy Warhol decía nada, sólo mostraba. Así la deuda de Silvia Prada con el Pop Art no es sólo formal, también conceptual. Y como actitud, al rechazar los marcos dogmáticos del artista o el ilustrador y navegar entre galerías y revistas de tendencias (Warhol artista, músico, ilustrador, cineasta). Sin embargo, durante el Pop Art nada de eso estaba asumido, por eso era comprometido.