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Abel H. POZUELO | Publicado el 08/11/2007
La labor de Diana Larrea (1972) se nutre de principios e intereses incorruptibles, como son la voluntad de trascender el culto al objeto artístico para centrarse en los halos de las fabricaciones plásticas, o la intromisión de tales prácticas en el ámbito público para provocar leves interrupciones en lo cotidiano, una cierta sacudida en la atención obstruida por la costumbre del ciudadano común. Y viene combinando a tal efecto perfomance, acción en lugares públicos y manipulación por apropiación de códigos o productos culturales. En parte a todos ellos pero sobre todo al último apartado pertenece esta intervención para la ingeniosa propuesta de FRáGIL: ocupar el mínimo escaparate de una tetería de Madrid. Larrea continúa así esa línea de trabajo reciente inspirada en iconos artísticos históricos y que ya antes la llevo a Los desastres de la guerra de Goya o À bout de souffle de Godard. Ofrece aquí una revisión de aquellos gabinetes orientales tan del gusto nobiliario occidental del XVIII-XIX, refiriéndose de paso a la tradición del coleccionismo secreto de dibujo y pintura erótica o pornográfica procedente del lejano oriente. Sobre un fondo rojo, en el casi oculto escaparate, brotan varios dibujos en vistosa acuarela y negra tinta china que reproducen escenas de explícita sexualidad. Estampas extraídas de un porno actual cualquiera pero niponizadas en su ornamentación y tratamiento, pasadas por la elegancia del artificio y el estilo delicado del japonés Outamaro y sus cortesanas y concubinas en aquellas lejanas otras casas de té. Desde el humor y la finura, desde la sutileza de lo pequeño, se establecen redes de bucles que hacen del desvío una certeza intuida y recalifican el terreno de nuestra mirada hacia lo obsceno.









D. Larrea: ´Gabinete oriental´, 2007