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Edición impresa |  ARTE

Todos los archivos del mundo

Archivo Universal. La condición del documento y la utopía fotográfica moderna

Comisario: Jorge Ribalta. MACBA. Plaça dels Àngels, 1. Hasta el 6 de enero de 2009.

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David G. TORRES | Publicado el 30/10/2008

En realidad, Archivo universal no es una exposición, sino dos. La primera analiza el papel de la fotografía a lo largo del siglo XX, su función como archivo de imágenes y documentos: del anhelo de fidelidad sobre la realidad a su manipulación o la imposible objetividad. La segunda se centra en la imagen de Barcelona: desde la puesta en marcha de la ampliación de la ciudad extramuros (el plan Cerdà) hasta hoy. El visitante encontrará la ventaja de que una está en una planta y la otra en otra. Si tiene la perspicacia de entender que la cosa empieza en la segunda planta del museo (la fotografía como archivo) y continúa más abajo, en la primera planta (Barcelona), intuirá que ambas cuentan lo mismo: una desde lo universal (lo global) o si se prefiere, desde un plano teórico; y otra desde la ciudad (lo local) o, si se prefiere, un “caso de estudio”.

A Barcelona (bueno, a los barceloneses) le gusta explicarse a sí misma. Lo que en realidad resultó una pesadilla del periodo preolímpico fue la insistencia en explicar la estructura urbana de la ciudad: que si siempre ha crecido a golpes; que si los ensanches; que si nos olvidamos de la ciudad gris del franquismo. Y a ello le siguió el pensar la estructura social: que si el mismo Macba suponía una operación de limpieza del barrio chino (“gentrification” se llama la operación); que si el Fórum y la recuperación del litoral cercano al Besos ocultaba la degradación del barrio de la Mina. La cosa no es nueva también en el siglo XIX la puesta en marcha del Ensanche (y luego las dos exposiciones universales) generaron debates de ombliguismo sobre la ciudad. Lo que muestra la exposición es que la fotografía estaba ahí para levantar acta y, de paso, vuelve al tema de Barcelona sobre sí misma en la sección “2007. Imágenes metropolitanas de la nueva Barcelona”. En todo caso, el turista en el museo (ese nuevo animal público de Barcelona) podrá “aprender” algo de la ciudad que visita: si el día es lluvioso, el diaporama de Manuel Laguillo sobre la Gran Vía, hace sólo un año, puede ahorrarle la excursión. Y, en general, ahorrarse la visita al museo de historia de la ciudad (que también lo hay). Sólo que aquí, en el Macba, se llevará algo de conocimiento crítico. De esos procesos de gentrification, de los nuevos usos de los espacios, de dónde y cómo viven los burgueses, de que debajo de los adoquines además de playa hay fábricas y obreros. En fin, un poco de discurso antagónico.

Porque ésa es la clave, lo antagónico. En todos los textos de sala que introducen las cuatro secciones de la exposición dedicada al papel de la fotografía en el siglo XX aparecen las palabras “antagónico”, “hegemónico” o “contra-hegemónico” (por no hablar de expresiones como “griersoniano” en la segunda frase de la exposición, que no sé como dejarán al turista; al crítico, sin aliento). Como sin aliento deja la propia extensión de la exposición: hay miles de fotografías. La sensación es que la cosa podría expandirse hasta ocupar el universo o contraerse, condensarse y ocupar un par de salas, simplemente siendo selectivos y no expansivos. La acumulación debe de ser una respuesta a la idea de archivo que la califica, más si es archivo universal.

Un archivo (Foucault nos lo enseñó de la mano de Borges) puede empezarse desde donde a uno le plazca... y no acabarse nunca. Pero éste es un “archivo de archivos” (la expresión es de Manuel Borja-Villel cuando aún estaba en el Macba). Es decir, que archiva, categoriza o muestra la función que ha desempeñado la fotografía como constructora de archivos. Y los ordena. Así, en ese cometido archivístico universal, la exposición muestra cómo la fotografía es la primera en retratar las condiciones de vida proletarias en la nueva sociedad industrial (desde Rodchenko a Walker Evans o Dorothea Lange); cómo fracasan los intentos utópicos que hacen uso de ella (en uno de los apartados más interesantes de la exposición, la reconstrucción del Pabellón Soviético que realizó El Lissitzky) y cae en manos de la propaganda y los regímenes totalitarios (que incluye también la propaganda estadounidense en la guerra fría y las portadas de la revista Life, que también han aparecido en otras exposiciones del Macba); su voluntad por dar testimonio del mundo (el trabajo documental de antropólogos como Margared Mead y Gregory Bateson o Michel Leiris) y su fracaso, de nuevo, para revelar la realidad (Martha Rosler o Allan Sekula, incondicionales en las muestras del museo).

Todo ello implica interpretar que la fotografía ha levantado un archivo universal manteniendo en muchos casos (la exposición, como hemos visto, lo subraya) una especie de conciencia, de anhelo denunciativo. Es así como manifiesta un poder contra la explicación oficial... un poder contrahegemónico.

Sería bueno que algunas instituciones culturales comprendiesen que son ellas las que establecen los discursos hegemónicos. De ellas emana lo que se debe decir o pensar y tienen los medios para hacerlo. Si un museo de arte contemporáneo que interviene en decisiones como Documenta y que se presenta como modelo a seguir no es mainstream, ya me dirán quién lo es. Así que tanto hablar de antagonismo deja de tener sentido y pasa a convertirse en una especie de pesadilla tramposa: lo antagónico es lo hegemónico. En fin, un oxímoron: decir una cosa y su contrario al mismo tiempo.



André Malraux seleccionando fotos para le musée imaginaire, 1947


De charla con estatuas

Charlot