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Rocío DE LA VILLA | Publicado el 18/12/2008
Decía Georg Simmel a principios del siglo XX que si el mar, con su dinamismo colosal, nos eleva sobre las accidentalidades de la vida en una suerte de plenitud vital, en la alta montaña por el contrario la vida se halla como prisionera en algo más silencioso y firme, más puro y alto que pueda serlo jamás la vida. Y éste es, en principio, el guión desde el que arranca esta exposición en La Loboral, de Gijón. Sobre un muro del enorme vestíbulo, la instalación fotográfica de la holandesa Annabel Howland con unos recortables de olas agitadas, dispuestas como laderas de una vasta cordillera, da paso a la proyección de un caminante solitario hundido entre la nieve, de los suizos Lutz & Guggisberg.









Gabriel Díaz: Aliento del Chomolungma, 2008