Hace tiempo que los museos del mundo son, parafraseando a Quevedo, museos a una tienda pegados. Es el precio del turismo. Y de las hordas que los llenan en una especie de peregrinación posmoderna. Sin turistas estarían vacíos, arte sin público. Es el precio del acceso global a la cultura. Algo que a estas alturas nadie discutiría. Entre otras cosas porque aleja el fantasma del elitismo que históricamente ha caracterizado al arte. Además, una de las quejas constantes en el medio es la falta de difusión del arte contemporáneo. Pero ahora que la Tate o el Reina Sofía están llenos, parece que incomoda que los visitantes sean turistas y que compren en sus tiendas. Tiendas que suponen un alto porcentaje de los ingresos de las instituciones. Sin ir más lejos, la Fundación Miró de Barcelona.
Sobre estos procesos reflexiona el trabajo de Javier Arce (Santander, 1973) en una nueva entrega del ciclo de esta temporada en el Espai 13. Para ello el artista ha reproducido cientos de cajas de detergente Brillo -una de las obras más emblemáticas de Warhol- que ocupan la sala y que contrastan con una serie de acciones que ha realizado en distintos museos: dejar reproducciones de dicha caja en los estantes de sus tiendas. El objetivo es reflexionar sobre un proceso que ha ido de la apropiación de una mercadería y su conversión en obra de arte a la conversión de la obra de arte en mercancía. Ahí resuena toda esa cuestión sobre el turismo y el arte, los modos de financiación de las instituciones artísticas o el tipo de aproximación que provocan con esas tiendas. Asunto que no nos apartaría de continuar hablando de más arte sobre el arte. Un efecto más de la compleja sociedad globalizada de la que formamos parte.