Galería Casado Santapau. Conde de Xiquena, 5. Madrid. Hasta el 25 de abril. De 1.800 a 6.400 e.
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| Publicado el 27/03/2009
El público acude a los teatros como si la crisis no fuera con él. Sería una buena noticia para un día como el de hoy, en el que se celebra el Día Mundial del Teatro y en el que La noche de los teatros va a convertir Madrid en una auténtica fiesta, con 170 eventos e importantes descuentos en las entradas. Pero la realidad muestra ya signos de alarma. El Cultural ha hablado con empresarios y compañías para hacer un diagnóstico de la situación en este número especial que también incluye una ficcióndel autor Ignacio García May, una entrevista con la joven comediógrafa Carol López, un análisis sobre los espacios operísticos y la presencia de la danza en nuestros escenarios, y la recuperación de una auténtica joya del teatro de títeres del Siglo de Oro.
Bajo una aparente estética pop gobernada por rótulos de onomatopeyas de cómics y reclamos publicitarios, las imágenes de Silvia Prada (Ponferrada, 1969) desnudan con frialdad los mitos icónicos dispersos por tantos subgéneros de la cultura juvenil: consumibles que engrosan modelos y sueños.
Que Prada se posicione respecto a la cultura visual del capitalismo global cada vez más infantilizado desde este punto de vista lateral, tiene mucho que ver con el reduccionismo formal de sus apropiaciones destiladas en un grafismo de grises delicado y tenue, preciso pero casi fantasmal: el reverso del impacto agotador, facilón y seductor de los materiales originales de sus referencias. Por lo que la agresividad colorista y optimista se torna vulnerabilidad. Y lo que vendría a ser denuncia, o bien, confirmación, deviene nostalgia. Una extrañeza que va resituando el trabajo de Prada desde cierta marginalidad hacia el centro. Y desde la dispersión e hibridación características de sus actividades -también conocida como dj de música y vídeos- hacia una obra coherente, de lenta sedimentación y de la que todavía cabe mucho que esperar.
A sus conocidos dibujos murales, ilustraciones para revistas y exquisitos e impecables libros, ahora añade dibujos sobre lienzo, débiles intervenciones con lápices de color sobre impresiones fotográficas de retratos de ídolos y una serie de colaboraciones de grafitis sobre blancas maquetas de arquitecturas futuribles de Alicia Framis, fruto de la invitación de ésta para su intervención permanente en las paredes a la entrada del MoCA de Shangai.
Nuevas formas de producir que van delineando la sensibilidad de una generación cada vez más certera en el análisis y la expresión de nuestro tiempo. La superación de la autoría, la hibridación con lenguajes menores o denostados de la cultura visual, la sustitución de la pintura por el dibujo, el trenzado de otra narrativa -Elizabeth Peyton, o aquí, Azucena Vieites- son algunas de sus señas de identidad.