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Javier HONTORIA | Publicado el 17/04/2009
Procedente del Museo de Arte Contemporáneo de Los ángeles, donde fue comisariada por Anne Goldstein, recala ahora en el MoMA de Nueva York, bajo la dirección de Ann Temkin, esta exposición retrospectiva de la obra del enfant terrible del arte de las décadas finales del siglo pasado, el alemán Martín Kippenberger, nacido en 1953 en Dortmund en el seno de una familia acomodada y muerto en Viena en 1997, a los 43 años, víctima de un cáncer. Kippenberger fue un artista total. Quiso ser actor y viajó a Italia para formarse como tal pero pronto descubrió la pintura y su primer trabajo en ese campo -pequeños cuadros que apiló hasta alcanzar su misma estatura- nos habla ya de un ego formidable. Esta exposición neoyorquina dibuja un retrato poliédrico de este artista colosal. Si hace cuatro años se podía ver en estas mismas salas la retrospectiva de Richter, un pintor de mil estilos, ahora asistimos a un pintor de mil humores, capaz de producir náusea y de desatar carcajadas, de transmitir la vergöenza de pertenecer a un país con su historia o de refutar a los maestros modernos. Porque, desde la sexta planta del edificio de la calle 53, Kippenberger mira a Picasso y a otras deidades, enaltecidas en los pisos inferiores, con cierto desdén. No hace mucho pudo verse en Madrid su autorretrato a lo Picasso, un Kippenberger como recién levantado, quizá bajo una tremenda resaca y con una soberbia barriga, realizado a partir de aquella fotografía mítica de un Picasso ya mayor pero todavía sobrado de energía. Aún jugando en casa ajena, invitado a compartir espacio con señoritas, estudios rojos e interiores holandeses, Kippenberger no se arredra ante nada. Su retrato juega aquí un papel central.









The Happy End of Franz Kafkas America, 1994