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Edición impresa |  ARTE

Valérie Mréjen, realidad y artificio

La place de la concorde. La virreina centro de la imagen

La Rambla, 99. Barcelona. Hasta el 6 de septiembre.

  • Resultados:

Jaume VIDAL OLIVERAS | Publicado el 31/07/2009



Una topografía de la náusea y del absurdo. En efecto, Valérie Mréjen despliega, a través de sus vídeos e instalaciones, un mundo sin sentido en el que los personajes están atrapados en una soledad infinita, en una alineación extrema. El sentimiento que sobrevuela esta exposición no es otro que el del vacío, pero el del vacío en un sentido existencial, de desamparo, de ausencia de afectos y valores, como si a uno le hubieran robado el alma. Es posible, sin embargo, otra lectura según la cual la artista revelaría la auténtica condición humana. En este sentido, Valérie Mréjen realizaría una aproximación a la intimidad del hombre y daría a conocer su fragilidad, su negatividad, su dolor. En una pieza significativa de la exposición, Portraits filmés, catorce personas cuentan un recuerdo. Es entonces cuando aparece la contradicción...

Pero independientemente de una u otra interpretación, veamos cómo las cosas ocurren y porqué. Valérie Mréjen escoge situaciones conflictivas o banales y hace que sus personaje se expliquen en un breve tiempo: una persona habla sentada frente al objetivo de la cámara y registra su discurso sin ningún tipo de artificio, con un estilo directo y documental. Esto es, secuencias cortas, planos fijos y frontales, además de un dispositivo escenográfico primario y elemental. Se trata de un lenguaje sin ningún asomo de retórica, como si se buscara un estilo neutro y objetivo en la presentación de los personajes. Y es precisamente esta supuesta neutralidad la que “deshumaniza” a los protagonistas. Al depurar intencionadamente los detalles, los elementos dramáticos, los aspectos anecdóticos, se disuelven las cualidades que articulan una representación del sujeto.

Por su simplicidad, los vídeos de Mréjen tienen la apariencia y la inmediatez de un documental. Se podría pensar incluso que en ellos participan personas próximas o amigos de la videocreadora. Y, sin embargo, no es así. La mayoría de las veces trabaja con actores profesionales. Y ella misma ha explicado cómo, en algún momento, ha rechazado a algún actor que gesticulaba, modulaba la voz o practicaba la mímica. Lo que exige al actor -explica textualmente- es una distancia en relación a lo que dicen; lo que intenta sacar del intérprete es una voz blanca, casi recitativa… Y es así porque no busca ni pretende el realismo. Crea un contexto o dispositivo completamente artificial -tan artificial como cualquier otra representación- en el que los protagonistas no poseen aura ni ángel. Al contrario, de alguna manera se ha pervertido intencionadamente una apariencia cotidiana. Además de los rostros, las palabras y las historias que nos cuentan también poseen un carácter abstracto. Por esta razón, aquel estilo recitativo del que habla la artista tan sólo nos comunica miedo y desamparo.

En la presentación de sus vídeos, Mréjen utiliza un dispositivo simple y tradicional: la pantalla, la sala negra y los monitores con los auriculares. Sin embargo, el espacio del Palau de la Virreina se ha transformado de una forma creativa. En lugar de la típica caja negra que suele acoger las videoproyecciones, en muchas de las salas se han dejado unos grandes ventanales sin cegar, de manera que hay una interrelación entre el espacio interior, donde se presenta la exposición, y el exterior. A través de las ventanas, el visitante observa el ajetreo de la calle como una prolongación de la exposición, como una proyección más. Y es que en esta disposición hay un mensaje: en cierto modo, la exposición aspira a expandirse. De alguna forma se nos dice que los vídeos y la calle son realidades equivalentes.


Valérie Mréjen (París, 1969) es escritora, cineasta y artista. Hasta el 2 de agosto puede verse una amplia exposición individual de su trabajo en el Wattis Institute for Contemporary Art de San Francisco. Ha expuesto en el Jeu de Paume de París (2008) y en la Tate Modern de Londres (2006).



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