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Performance. ¿Subversiva o domesticada?

Por Juan Vicente Aliaga

  • ( 06/11/2009 )
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Noviembre parece haberse convertido en el mes de la performance en Madrid. La sexta edición del festival Acción MAD! acaba de desembarcar en el Círculo de Bellas Artes, La Casa Encendida, Matadero y Off Limits; Marina Abramovic inaugura hoy en La Fábrica y, desde la próxima semana, el Reina Sofía debate sobre el tema. Con todo esto como telón de fondo, el crítico Juan Vicente Aliaga nos ayuda a entender la performance hoy.

No deja de resultar paradójico que cualquier reflexión que se plantee sobre la performance, cuya característica principal tiene que ver con la capacidad de llevar a cabo acciones y actos diversos, empiece por la pregunta acerca del significado de la palabra.

Todavía hoy el término resulta impreciso y en los eventos vinculados en la actualidad a la performance en España y también en el extranjero uno se encuentra con elucubraciones sobre el alcance ambiguo y equívoco del concepto, que abarcaría, en inglés, tanto la idea de actuación como la de representación. Bien es cierto que ha ganado consenso la conciencia de que la performance consiste en la realización de una o varias acciones, actos o actividades en presencia de un público del que no se requiere una participación física directa. Sí parece deseable, aunque no pueda garantizarse, que el público esté bien despierto y con los sentidos a flor de piel. Si bien se puede afirmar que ésta es la interpretación más habitual sobre las prácticas performáticas, no es la única. De hecho, desde mediados de los noventa -recuérdese la relevancia de la exposición neoyorquina Rrose is a Rrose is a Rrose. Gender Performance in Photography, en 1997-, cualquier indicio o signo de un movimiento corporal que indique continuidad temporal -un antes y un después- ha pasado a ser considerado sintomático de performatividad, aunque se presente al respetable mediante una fotografía fija. A esta ampliación, tal vez desmedida, de lo performativo se han añadido otras influencias, verbigracia las de las sustanciosas teorías de Judith Butler, que afectan a cómo se concibe un cuerpo sexuado, y que han tenido impacto entre las drag-kings -mujeres que ponen en escena la mascarada de la masculinidad- y otros sujetos que cuestionan los géneros establecidos por las normas heterosexistas. Butler plasmó su pensamiento tras cavilar sobre manifestaciones públicas de colectivos como ACT-UP que ocupaban la vía pública para representar -performing- besadas colectivas con el objetivo de denunciar la homofobia y la estigmatización de los enfermos de Sida.

Lo performático está por tanto plagado de todo tipo de adherencias asociadas con la literatura, la danza, el teatro y las artes visuales. De ahí que en muchas ocasiones se ensanche la indefinición de la performance, llegando al extremo de que la única base común para definirla vendría dada por la unión de tiempo, espacio y cuerpo.

Dicho esto, no trato en absoluto de reivindicar una conceptualización purista y/o auténtica -un adjetivo asaz desafortunado- de la performance, que exigiera que todo arte de acción fuese efímero y único -hay algunos performers que repiten, si no todo, parte del desarrollo de su acto en vivo-, y aunque pueda resultar desorientador, por su misma indeterminación, quizá sea mejor acostumbrarse a que los límites del arte de acción no están tan perfilados como algunas mentes cuadradas quisieran. Por otro lado, en ocasiones, a la locución de performance se la asocia con la idea de falta de seriedad, de acto lúdico sin mayor trasfondo, de liviandad, de nimiedad, lo que supuestamente le restaría carga política. Esta lectura no me parece de recibo y de hecho en los últimos años algunas de las prácticas performativas de mayor calado tienen a la calle por espacio privilegiado y lugar de conflictos ideológicos. ¿Acaso la ocupación de espacios públicos -autopistas, plazas, calles…- que promovió el colectivo Reclaim The Streets desde 1996 no tiene una dimensión performativa?

Se pueden citar otros ejemplos de performances públicas, algunas de ellas de raigambre feminista en la primera década de este siglo XXI como las del colectivo boliviano Mujeres Creando, las de la artista brasileña Beth Moysés o las de la guatemalteca Regina José Galindo. Esta última concibió ¿Quién puede borrar las huellas?, llevada a cabo en 2003 ante los guardias del Tribunal Constitucional de su país -verdaderos representantes del orden fálico- y supuso un recorrido de huellas hechas con sangre humana, en memoria de las víctimas del conflicto armado en Guatemala y en rechazo del genocida Ríos Montt.

Por otro lado, en el mismo continente, en Argentina, descuellan los numerosos actos de intervención urbana con un cariz de arte de acción. En Buenos Aires, el Grupo Fosa desarrolló un conjunto de performances que consistían en dormir en espacios públicos. Con el uso de unos simples sacos de dormir, los artistas trataron de alterar el entorno, insertando en él una acción habitual de carácter privado que acabó adquiriendo un alcance colectivo. Para los porteños habituados a encontrar personas durmiendo en la calle la propuesta performativa del Grupo Fosa pudo resultar invasora y desconcertante, pues llevaban la misma problemática de los sin techo a lugares de consumo como los Supermercados Jumbo, en 2000, enfatizando las privaciones de muchos individuos.

Esta politización de las prácticas performativas -algunos lo llamarían arte de protesta- no impide que hayan emergido muchas otras formas de ejercer la performance, como las de contenido rayano en lo absurdo; las que inciden en lo humorístico; las que ponen en valor sucesos cotidianos aparentemente triviales; las que ridiculizan las reglas racionalistas...

Recientemente, distintas instituciones, entre ellas, museos y algunas ferias, han organizado actividades que se pueden enmarcar en lo que acabo de describir. La pregunta es obvia: ¿estaríamos ante una rendición o claudicación del componente más subversivo y transgresor de esa acción viva, corporal, física, imprescindible para la performance? ¿Es éste el futuro domesticado que nos aguarda?

P. ACHIAGA / B. ESPEJO



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