Galería Soledad Lorenzo. Orfila, 5. Madrid. Hasta el 5 de enero. De 8.000 a 90.000 E.
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Mariano NAVARRO | Publicado el 18/12/2009
La última exposición individual de Ana Laura Aláez (Bilbao, 1964) en Madrid tuvo lugar en 2005, y fue, en parte, el final de una etapa. Desde entonces, sólo ha comparecido dos veces en España, en 2006 en la galería Moisés Pérez de Albéniz y, en 2008, en el MUSAC leonés con el proyecto Pabellón de escultura, que desplegaba ante el espectador una obra rotundamente diferenciada de la precedente y en la que concurrían varias de las piezas principales de la que consta ahora su contundente regreso a la escena madrileña.
Curiosamente, y pese a lo distintas que son las piezas actuales de aquellas realizadas desde finales de los 90 -especialmente de las fotografías protagonizadas por la propia artista o por modelos profesionales y de sus incursiones en las propuestas estéticas radicadas en la explotación del glamour-, las obras que hoy nos muestra permanecen firmemente ancladas en las que fueron sus primeras y subversivas propuestas escultóricas y tienen sus antecedentes en obras de 1995 y 1996 -Corona, Mousse, Culito-. Además, mantienen el mismo interés ya demostrado por Ana Laura Aláez para la construcción de lugares donde las obras no sólo están si no que hacen y actúan.
Forma y performance se articula en tres espacios sucesivos de la galería, unificados dos de ellos por el negro de las paredes -la primera evidencia del cambio es la desaparición del multicromatismo y su reducción voluntaria al negro tanto para el ambiente como para las esculturas-. La tercera y última estancia es un cubo blanco en el que la obra Todos los conciertos todas las noches todo el vacío muestra cómo el constructivismo y el conceptual, junto a lo social, perviven en su trabajo.
Las seis piezas que componen Hombro-Espiral-Agujero-Puño-Esperma-Nudo se contraponen a las tres fotografías de Miel-Nube-Hiel, en un diálogo que, por un lado, se sustenta en las bases de la estatuaria y, por otro, las dinamita con sus propuestas. Las negras, suculentas y carnales formas físicas trabajadas directamente por la artista, y luego fundidas, emergen de otras tantas chupas de cuero de motorista clavadas a la pared. Así, al igual que lo orgánico se comporta como una estatua abstracta de los sentimientos, disolviendo su carácter monumental en una fisiología que oscila entre la lujuria y el pánico, el pedestal sustituye su verticalidad paternal por la horizontalidad humanizada de las cazadoras. E, igualmente, los cuerpos abrazados componen posturas pretéritas que la luz acentúa y que, como las prendas, nos sitúan en un presente extremo.
La estirpe genética de los tres intentos de Miedo, de La Bestia y de otras piezas de la segunda sala remonta hasta las vanguardias y posvanguardias. No sé bien por qué Boccioni y otros futuristas se me hacen tan presentes como Noguchi y Arp, con caracteres de Bourgeois y algo del dibujo de Spero, pero lo cierto es que desde sus domésticas dimensiones alertan los sentidos del espectador y le conmueven su sólida fragilidad y, a la vez, la amenaza de su presencia.