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Edición impresa |  ARTE

Bernardí Roig, más allá del estilo

Shadows must Dance

IVAM. Guillem de Castro, 118. valencia. Hasta el 31 de enero

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José MARIN-MEDINA | Publicado el 18/12/2009



Coincidiendo con la celebración de la pasada Bienal de Venecia, Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) organizó, en la Galería Internacional Ca Pesaro de la ciudad italiana, una exposición ambiciosa documentando los trabajos que ha realizado en los últimos cinco años. Veinticinco de esas obras -entre esculturas, instalaciones, dibujos, vídeos y una fuente- se presentan ahora en el IVAM de Valencia, con un montaje diferente en forma y en concepto, que convierte esta muestra en una exposición autónoma. En conjunto, la obra reciente de Bernardí Roig testifica su empeño en tensar más y más la carga narrativa y el registro escenográfico de sus proyectos, resaltando al mismo tiempo el sentimiento “de base” que palpita debajo de sus iconos y argumentos. Es éste un sentimiento barroco, que se debate entre dos polos opuestos: el pesimismo desalentador y la huida de la realidad acuciante a través de la metáfora, el símbolo y la magia ilusionista. Sin embargo, junto a esa insistente fidelidad al estilo que caracteriza la trayectoria de Roig, en la panorámica de esta exposición se detecta una interesante sucesión de señales menos literarias que vale la pena considerar, pues proyectan luces de cruce en la marcha de esta escultura tan tenaz, tan ilusionada y que no cesa de acrecentar su crédito y su audiencia.

Como es notorio, la escultura de Bernardí Roig se centra en la representación de la figura humana a tamaño natural (son, en realidad, calcos de personas del círculo de amigos del artista), fundiéndose la obra definitiva en aluminio, bronce o resina de poliéster, pero cuidando que las pátinas y el resultado final recuerden las calidades de los yesos de la estatuaria tradicional, lo cual produce, por sí mismo, unos efectos singulares de frialdad, ensimismamiento y silencio. A estas robustas figuras corporales -que generalmente aparecen aisladas- Roig les añade unos extraños arneses o poderosas composiciones modulares, integradas por tubos de neón, que provocan unos haces de luz tan fuertes que “borran” o hacen invisible la identidad personal de la imagen representada y, a otro respecto, rodean el cuerpo de la figura de un resplandor extraordinariamente intenso, dando la sensación de que la estatua se proyecta y se eleva, quedando como suspendida en el espacio circundante. Todo resulta blanco e impoluto, de una limpieza extremada, que elimina los elementos accidentales, produciendo una imagen mágica, literalmente “metafísica”, llevada “más allá” de la realidad a la que alude.

Las lecturas que suelen hacerse de estas obras responden a interpretaciones que aprecian la fuerza y la presencia física propia de las esculturas de tradición clásica, y la vinculan a la eficacia de los valores trascendentes que se desprenden de las “tallas sagradas”, como el tótem tribal o la imagen tridimensional religiosa. Es una línea interpretativa de sensibilidad romántica, que piensa -con el poeta Novalis- que, a pesar de su vinculación con el simulacro, “una escultura es un objeto real, corporal, que se presenta aquí y que puede obligarme a arrodillarme ante ella, o convertirme en su amigo y compañero..., mientras la pintura es mentira, suposición, novela, sueño de un sueño”. El propio Roig se expresa -como alude en algunos de sus escritos y declaraciones- en esa línea interpretativa.

Sin embargo, al contemplar ahora, en esta exposición, una sucesión de piezas de Roig tan especiales como la instalación Diana y Acteón (2005) en la que la representación del grupo mitológico clásico, al ser introducido en una gran caja de cristal y quedar medio oculto por un juego de persianas ligeras, se convierte en un objeto erótico, y transfigura al espectador en voyeur; o al enfrentarnos a la frialdad gélida de los cinturones de tubos luminosos verticales que cubren los pilares del museo transformándolos en Columnas de luz (2006); o al encarar la desnudez, el desamparo, la soledad radical y la ceguedad del solitario Antonfrost (2008); o al toparnos con las cajas de cartón que hacen de embalajes de luces ocultas y de viejos sonidos de arenga en la pequeña instalación Nostalghia (2007), ante piezas tan directas como éstas, merece la pena abrir otras vías de lectura y “puntos de mirada” más inmediatos. Creo que, a partir de obras así, la escultura de Roig asume sus fuentes efectivas -en especial, la poética de Bruce Naumann- y acomete un desarrollo más puro y mucho menos complicado, atento a la teatralidad radical postulada por los conceptualistas, referida desde la dramaturgia del NO y del Kabuki, hasta los postulados del Living Theatre y de la pantomima. Se trata, pues, de un Bernardí Roig “nuevo”, merecedor de plena confianza.






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Adiós a la pasión. Gracias, Steve.

Vista de la exposición con Diana y Acteón en el centro.