Así fue el comienzo del siglo y del milenio en el arte español
( 08/01/2010 )
Resultados:
Las buenas prácticas, la descentralización expositiva, los proyectos de investigación y de producción artística es lo que ha marcado una década que nos deja protagonistas muy claros. El crítico y comisario Martí Peran hace un resumen crítico de estos diez años. Además, hemos pedido a los profesionales Juan de Nieves, Santiago B. Olmo, Alicia Murría, Javier Duero y Peio Aguirre que nos ayuden a consensuar los 10 artistas de la década. Lara Almárcegui, Cristina Lucas, Alicia Framis, Jon Mikel Euba, Fernando Sánchez Castillo, Maider López, Santiago Cirugeda, Ibon Aramberri, Asier Mendizábal y Bestué y Vives son los elegidos. Creadores que se han hecho un hueco en el panorama artístico, que se han dado a conocer con sus intervenciones y exposiciones y que definen bien el estilo de su época.
Ninguna década conlleva una unidad de sentido; por fortuna, los acontecimientos no saben de cronogramas. A pesar de ello, diez años sí representan una buena medida para proponer balances que permitan acotar un determinado estado de la cuestión. Otra cosa es el supuesto interés que pueda tener esforzarse en levantar un diagnóstico, en especial entre nosotros, tan dados a analizar y retratar una situación sin la necesaria habilidad para convertir los informes en instrumentos reales de transformación y mejora. El peligro es pues evidente: cualquier balance puede convertirse en otro episodio de simple habladuría para alimentar la autoestima o para recrearse en la cultura de la queja. Vaya por delante nuestra disculpa por si no somos capaces de nada más.
El resumen de la situación del arte contemporáneo en España según se ha dibujado en los últimos diez años, permite definir este breve periodo como la década orgullosa. El adjetivo es ambiguo donde los haya; pero toda su ambivalencia da perfecta cuenta de que no hay virtudes sin defectos y viceversa. La sensación de orgullo responde, por un lado, a los avances indiscutibles en la articulación del sector; el problema consiste en que ese mismo orgullo promueve una actitud engreída y autocomplaciente. Para ilustrar este doble juego es suficiente con detenerse en unos pocos enclaves sobre lo acontecido en esta década. En primer lugar, y tras una aburrida proliferación de debates internos, estos años son los que han dado a luz a los protocolos de buenas prácticas, esa supuesta panacea que debía garantizar resultados inmediatos. En efecto, el conjunto del sector parece satisfecho de que se multipliquen los concursos abiertos sin interferencias políticas, que proliferen las convocatorias de ayuda a la creación y, naturalmente, que dispongamos de un preciado manual para defender los intereses de los artistas y comisarios en los procesos de gestión y difusión de su trabajo. Las buenas prácticas se han convertido así en la punta de lanza de la definitiva profesionalización del arte contemporáneo en España, pero también están promoviendo los vicios propios de esta suerte de destino: la progresiva organización sindical de todos los agentes implicados en el sector (¡incluso los directores de centros de arte!) auspiciando blindajes endogámicos, la creciente desatención a los proyectos freelance por parte de unos centros de arte que se consideran autosuficientes para idear sus programaciones, la miopía gremial que impide interpretar a la contra unos currículums interminables pero más que discutibles... En definitiva, los códigos de buenas prácticas, aún contribuyendo a articular el sector con una pátina de profesionalidad, no hacen sino acotarlo hasta el encierro. Están los que están y, para bien o para mal, hacen lo que hacen.
En otro orden de cosas, todavía cercano a la perspectiva de las políticas culturales, esta última década ha confirmado el proceso de descentralización iniciado años atrás. Las tradicionales plazas de Madrid y Barcelona han perdido protagonismo (además de protagonizar un curioso trueque por lo que afecta al rol de los sectores público y privado en cada ciudad) en beneficio de iniciativas diseminadas por todo el territorio peninsular. Basta citar al respecto la emergencia de León y Murcia en el panorama nacional, dos tribunas que tiempo atrás nadie se hubiera atrevido a pronosticar ni como posibles ni, mucho menos, como interesantes. Los ejemplos citados, sin embargo, no son nada arbitrarios. Las estrategias han sido bien distintas para cada ocasión; mientras el MUSAC ha conseguido un sorprendente arraigo a pesar de apostar por programas ocasionalmente atrevidos, en Murcia han apostado por una política desterritorializada (a pesar de insistir en el papel de anfitriona de PAC o Manifesta) más atenta a la obtención de un eco exterior que a la intervención sobre su propio contexto. No es éste el lugar para enjuiciar al detalle cada una de estas estrategias; pero sirvan ambas como ejemplo de las múltiples maneras por las cuales la apelación al arte contemporáneo ha incrementado su función revitalizadora y de promoción para territorios culturalmente deprimidos. Esta dinámica, aún con sus sinsabores, se podría interpretar en una clave constructiva, pero parece muy revelador que durante el mismo proceso de aparición de León y de Murcia, haya menguado el protagonismo de otras iniciativas como Valencia, Castellón, Bilbao y tantas otras. En otras palabras, la proliferación de proyectos descentralizados, a pesar de comportar una aparente maduración del circuito artístico de la cual podríamos sentirnos orgullosos, también denota a las claras que el recurso a la cultura se ha fortalecido como una vulgar apuesta económica, muy vulnerable y, demasiadas veces, para usar de inmediato y tirar al rato. Si a esta lectura en clave interna le añadimos que esta década, ahora en clave de promoción exterior, sólo ha sido capaz de promover una prometedora conexión con el panorama centroamericano y suramericano, el panorama invita a poco más que a un orgullo preñado de paternalismo colonizador.
En lo que afecta al ámbito propio de la creación, y sin caer en la banalidad de proponer un ranking alternativo al que se reproduce en estas mismas páginas, nos parece que la última década se ha caracterizado en líneas generales por dos fenómenos de distinto calibre. En primer lugar, durante estos años hemos asistido al reencuentro con la generación que arrancó en los años setenta (Muntadas, Torres, Valcárcel Medina,...) como si el arte contemporáneo actual, orgulloso de recomponerse por fin como un todo articulado, estuviera en condiciones de reconocer sus propias genealogías. Una ridícula ilusión si nos atenemos, por ejemplo, a la invisibilidad de esa misma generación en la universidad española. En segundo lugar, estos años han confirmado la deriva de las prácticas artísticas hacia los proyectos de investigación (especialmente en el ámbito de lo urbano y de la memoria histórica) en detrimento de la tradicional producción de obra. A fin de cuentas, este viraje tiene su paralelo en el definitivo giro hacia la idea de producción que ha invadido toda la literatura artística de estos últimos años. La investigación y la producción, en efecto, se han convertido en las nuevas señas de identidad para unas prácticas que han encontrado con ellas su lugar bajo el sol. Sin embargo, tan cómodo y legitimo parece este lugar como inofensivo.