Ignacio Uriarte, el traqueteo de la escritura
The History of the Typewriter Recited by Michael Winslow
Galería Noguerasblanchard. Xuclà, 7. Barcelona. Hasta el 20 de marzo. De 600 a 18.000 E.
- ( 05/02/2010 )
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Hace unos días, en una reunión familiar, una niña jugaba con una cámara antigua inservible. Simulaba hacer fotos y a continuación nos las enseñaba mostrando el dorso de la máquina, como si fuese una cámara digital. Inútil intentar explicarle que había una cosa llamada carrete... De la misma manera, esa niña (y otros no tan niños) seguro que no entienden qué extraños sonidos imita el protagonista del último vídeo de Ignacio Uriarte (Krefeld, Alemania, 1972): The History of the Typewriter Recited by Michael Winslow. El tal Michael Winslow será recordado por imitar los sonidos en la película Loca Academia de Policía. No sabemos cómo, pero Ignacio Uriarte le convenció para que reprodujese el sonido del máximo número de máquinas de escribir que pudiese de las 68 fabricadas entre 1870 y 1980 que había grabado previamente: pudo con 32.
La referencia conceptual
El vídeo es de una factura impecable y recuerda destacadas producciones como Feature Film de Douglas Gordon con James Conlon dirigiendo la música de Vértigo. Y, sin embargo, no se regodea, sino que tiene la cadencia obsesiva que requería un trabajo de estas características: modelo, marca y fecha de fabricación de la máquina seguido del traqueteo bucal de Michael Winslow. Ignacio Uriarte recoge ahí la referencias de las prácticas conceptuales y minimalistas de los años 60 y 70, de artistas como Sol LeWitt o Robert Ryman. O de más jóvenes y próximos, como Ignasi Aballí, esa referencia a la serialidad, la repetición e, incluso, la imposibilidad de la escritura del tan recurrido Vila-Matas. Al fin y al cabo, son máquinas de escribir. En todo ello hay algo de nostalgia: del sonido de las máquinas que alguien habituado a las cámaras digitales y los ordenadores de pantalla táctil no podrá reconocer. También de las prácticas de los 70 que buscaban una definición tautológica del arte. Y todo, repito, en una producción exquisita.
Un pasado de oficinista
De hecho, referencias como la de Ignasi Aballí u On Kawara eran obvias en su trabajo hasta la fecha: la insistencia en la repetición de acciones que no llevan a nada, como doblar papeles, rellenar cuadrículas o contar días. Aunque recurriendo siempre a una cuestión anecdótica: y es que muchas de esas acciones remitían a su pasado como oficinista y demostraban cómo el artista era capaz de explotar o señalar creatividad hasta en la actividad más tediosa.
En el mundo del e-book, el i-pad y google, lo del oficinista puede empezar a verse con la misma nostalgia con la que uno ve una cámara analógica. Sin embargo, nos queda un cabo suelto: si algo no es Michael Winslow es oficinista. Es inevitable preguntarse de qué demonios sirve reproducir el sonido de 32 máquinas de escribir distintas. La respuesta es obvia: de absolutamente nada. Es ahí, donde el trabajo de Uriarte, en esta ambiciosa producción, crece y desvela una renovada coherencia: no, lo de trabajar tampoco servía para nada.
David G. TORRES