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Edición impresa |  ARTE

Alberto García-Alix

"La fotografía es un espacio donde inventarme"

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Bea ESPEJO | Publicado el 03/09/2010

Sus fotos son como sus tatuajes: un diario íntimo que acumula huellas e historias. Narrador antes que fotógrafo y editor, Alberto García-Alix sigue hablando de encuentros y reencuentros. El próximo 9 de septiembre muchos de ellos se presentan en el museo Es Baluard de Palma de Mallorca con un mensaje: no hay más paraíso que el mental.


Dicen que las islas son lugares ligados al inconsciente y que los que permanecen tiempo en ellas están a salvo de los embates de la mente. Allí no hay normas fijas, uno se mueve por instinto, seducido por el hedonismo y, más que soledad, el aislamiento provoca encuentros. Aunque “las islas igual te acogen que te echan, es sólo cuestión de tiempo”. Lo piensa Alberto García-Alix (León, 1956) recién llegado de Formentera donde, año tras año, vuelve pese a que en alguna ocasión -confiesa- enterró en la isla más de un sueño y deseó no regresar jamás. Ha sido el oasis en el que se ha perdido este agosto buscando “recargar energías y abandonar viejos hábitos”. Entre el poco equipaje que admite su moto, los últimos detalles de Lo más cerca que estuve del paraíso, la exposición que el próximo jueves reunirá, en el museo Es Baluard de Palma de Mallorca, sus fotografías realizadas en las Baleares, y un libro para releer: Lord Jim, de Jospeh Conrad, la historia de una caída y una segunda oportunidad. Un viejo conocido de García-Alix paradigma, como él, de que vivir es sobrevivir y degradarse en la supervivencia.

El paraíso está en los ojos
Esa misma cruda certeza envuelve la muestra: “El noventa por ciento de las fotos están realizadas en Formentera, donde llevo veinte años veraneando. Regreso siempre porque allí puedo mirarme y comprender en sus silencios los míos. Cuando llegué por primera vez, me pareció un sitio paradisíaco. Parecía la isla del eterno verano. Luego la vida se encarga de demostrarte que no hay paraíso posible. Esa es la pura realidad”. Casi 60 fotografías y un diaporama con más de 200 -con banda sonora de Daniel Melingo, insiste en señalar-, recogen el trabajo de más de treinta años capturando “sinfonías de cigarras, rumores de mobilettes, jadeos de lascivia, ecos de placer”. Retratos que siguen la senda de su camino vital, la locura de vivir. Su punto de partida: “Toda fotografía reivindica un momento de vida, de hedonismo en este caso. Una vez que tienes la cámara en las manos da igual donde estés, ya sea Madrid, China o Formentera. Empiezas a pensar lo que estás viendo”.

Desde que sus padres le pusieron en las manos una cámara de fotos en 1975, la fotografía sigue siendo para García-Alix “un lugar donde reflexionar. Es un espacio donde inventarme, donde buscarme a mí mismo. Verlas me provoca una catarata de recuerdos, reflexiones y compromisos, porque todas tienen algo de biográfico”.
-¿Logró encontrarse o eso es como buscar el paraíso?
-Te reconoces en cada imagen. Todas hablan de uno y no sólo por lo que la imagen muestra. También por las muchas complicidades implícitas creadas en cada momento.

Pensar en el pasado implica hablar de cambios: “He educado los ojos, la mirada. Ahora es mucho más reflexiva, más consciente, a veces más abstracta, menos ingenua, mucho más intencionada”. García-Alix admite haber aprendido a mirar de frente, en planos cortos, en plena complicidad con el otro. No piensa nada hasta que coge la cámara: “Es entonces cuando me veo obligado a reflexionar lo que estoy mirando. Las fotos no se ven si no te llevas la cámara a los ojos”. Entre el baúl de los recuerdos aparece una etiqueta, la de “fotógrafo de la Movida”, con la que no se reconoce: “Nunca fotografié pensando en la Movida. Por lo menos no fui consciente de ello. Únicamente retraté mi pequeño mundo, las personas que se me acercaban entonces y las que se me acercan ahora”. Con muchas de ellas mantiene un vínculo desde hace años. Es el caso de Jerome y Malo, Bruce y Toni, Pascal, Chano, Andrés, César... protagonistas de su nueva exposición. Con otras, el vínculo lo crea en ese momento: “Lo que encuentro en la calle es determinante y es vital la predisposición. La cámara pesa, y no sólo como algo físico. Obliga a mirar, a entender, a buscar. Yo no sé hacer fotos en todo momento. Debo encontrarlo, detonarlo, alimentarlo”.

Personaje de sí mismo
Lo que enciende ese motor no está lejos de lo instantáneo, de su día a día, de observar lo que tiene ante sus ojos: “La magia de la vida es el encuentro y, el retrato, en definitiva, no es otra cosa que eso. Reconozco que me gustan mucho los personajes complejos y literarios, seres llenos de matices, en los que el bien y el mal resultan por completo inseparables”. Sobre el porqué del autorretrato -cuatro contiene la muestra- es más escurridizo: “No me hago fotos constantemente, pero de vez en cuanto me quiero ver. Verme para aceptarme”.

Con la misma intención escribe, estos días, el guión de su nuevo vídeo que presentará el próximo abril en París: “Estoy buscando la idea, el cauce narrativo. Es mi mayor reto ahora mismo y eso, los retos, son lo más importante en esta profesión. Siempre falta un paso que dar. Lo que está hecho ya no tiene importancia”. Dice que escribir le cuesta horrores, aunque acumula más de 50 ensayos, relatos y cuentos en prensa, revistas y libros como Moriremos mirando, editado por La Fábrica, al hilo de su retrospectiva en el museo Reina Sofía en 2008. De ella dice estar orgulloso aunque reconoce no sentir empatía con el mundo del arte. Aun así, cuenta con grandes amigos como Miguel Ángel Campano, con quien compartirá muestra en octubre en la galería Juana de Aizpuru.

Todo empezó por casualidad, sin tener ni idea de fotografiar y sin importarle lo más mínimo. Hoy, su apego por las cámaras de siempre, su fijación por la perfección técnica y su pasión por el laboratorio sigue abierto a lo eventual y a lo fortuito. A la vida como accidente.






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Alberto García-Alix. Fotografía: Sergio Enríquez-Nistal