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Por José Luis Brea

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 | Publicado el 17/09/2010 |  Ver el número en PDF

Ácido, crítico e incisivo es José Luis Brea. Con una tesis basada en la suspensión de la increencia, en la puesta en duda de todo lo que no puede demostrarse, lanza dardos tanto al periodista "horterilla de tribuna" como al "mercenario" del mundo artístico apostando por un arte observado sin fe y analizado rigurosamente.


1. Hacen bien -los periodistas, digo- en descreer del arte. Si lo hicieran de veras mostrarían algo de sensibilidad y sentido crítico. Pero sus actos de increencia son casi siempre los menos (por ejemplo contra los Turner de turno) y siempre son a favor de las domingadas que ellos de veras aman: Botero, Modigliani, Barceló… horteradas.

2. Por el contrario, la tarea del descrédito bien entendida, pertenece al interior mismo de un arte “bien-entendido”, que, sabido es -aunque no por ellos-, tiene por obligación el autocuestionamiento. Duchamp, los dadaístas, Broodthaers, todo el mínimal a su manera, el conceptualismo americano de las segundas vanguardias, Smithson o Aconcci … cada uno de ellos sólo producía arte en el trabajo mismo de cuestionarle la credibilidad del arte. En realidad, si todos estos trabajos tienen algo de “arte logrado” lo es únicamente en que han conseguido realizarse justamente bajo esa retórica de la autonegación inmanente.

3. “La suspensión de la increencia”. Este es el lema que los cultos post-ilustrados -si prefieren, los románticos- utilizaron para señalizar lo distintivo del discurso artístico frente a la exigencia que el positivismo rampante dirigía a los discursos y teorías de la ciencia. Para que ésta pudiera avanzar, lo primero obligado era la uesta en duda -metódica diría Descartes- de todo aquello que no pudiera demostrarse. O sea, “suspensión de la creencia”, de todo lo que sólo pudiera sostenerse “por fe”- laicidad y progreso del conocimiento, de la mano.

4. El momento del arte contemporáneo llega más tarde: es aquél que también quiere reunir producción de conocimiento e increencia: suspensión de la fe. O, como dijera Benjamin, conseguir rescatar el modo de la experiencia estética de su forma parasitaria del culto heredada de su origen vinculado a lo religioso. Una apuesta sin fe por el arte es, entonces, la única forma que puede en la contemporaneidad tomar un hacer del arte que, a la vez, lo quiera “productor de conocimiento”.

5. Aunque sólo fuera por eso, habría que agradecer los improperios desacreditadores de los horterillas con tribuna: mejor ese desprecio que la santurronería almuecina de los predicadores del mundo del arte, mercenarios de vocear su fe, e ignaros de que en hacerlo son ellos los que de verdad desacreditan al arte que pregonan, si lo fuera.

Y 6. Ya sólo queda espacio para un arte observado sin fe, analizado rigurosamente, sin préstamo de creencia. Y justamente ése punto de partida es el que distingue a una crítica (intra)sistémica y cómplice del análisis cultural crítico y no servil a las expectativas de propaganda y proselitismo que, parapetado en sus instituciones, el arte se pretende por todas partes. Hasta por los periódicos.



José Luis Brea (Madrid, 1957-2010) es uno de los referentes de la teoría y la crítica de arte de nuestro país. Director de las revistas Acción Paralela, Estudios Visuales y de los website w3art, aleph y Salonkritik, pionera ésta de la crítica de arte online, dedicó su vida también a la investigación, materializada en más de decena de ensayos entre los que destacan Las aureas frías (1991, finalista del premio de ensayo Anagrama), Un ruido secreto, El arte en la era póstuma de la cultura (1996), La era posmedia (2002), El tercer umbral (2003) y Las 3 eras de la imagen: imagen-materia, film, e-image, publicado hace unos meses.




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