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Arte  Pintura

Alfredo Alcaín, de la A a la Z

Letras

Galería Elvira González. General Castaños, 3. Madrid. Hasta principios de junio. De 2.800 a 18.000 euros.

JOSÉ MARIN-MEDINA | 13/05/2011 |  Edición impresa


G, 2010

Treinta años lleva Alfredo Alcaín (Madrid, 1936) maravillando al espectador con sus actuales y rutilantes “cuadros de letras”, desde que en 1982 fijó su mirada en los signos gráficos del alfabeto, convirtiendo los símbolos del abecedario en motivo central de su pintura. Antes, su obra ya se había hecho asimismo inconfundible cuando, durante la década de 1960, Alcaín se significó como una especie de “artista pop del subdesarrollo”, que presentaba con humor y ternura la realidad urbana y social de Madrid a través de las portadas y escaparates de tiendas de barrio, estancos y barberías. E insistió seguidamente en plasmar de nuevo en sus cuadros y collages un universo personalísimo cuando, a finales de los 70, a partir de su famosa serie Cézanne petit-point, comenzó a realizar irónicas “copias populares” de cuadros canónicos de la historia del arte. A lo largo de estos grandes ciclos, tan diferentes, Alcaín ha mantenido una constante llena de interés y de templanza estética: me refiero a que siempre ha trabajado con formas y estructuras encontradas, “ya dadas”, afrontando y “trasladando” al cuadro la realidad “tal cual” la encontramos, “ya hecha”, sin tratar de reinterpretarla desde los postulados del “artista como Creador”, y dando igual que se trate del entramado complejo de una ciudad, de la formulación razonada de un cuadro o de la composición de un sistema de signos. Siendo esto así, Alcaín subraya su despego tanto de la lógica reflexiva del credo geométrico cuanto de los valores y tensiones de la marca expresiva.

El conjunto de esta gozosa exposición letrista “llega visualmente” y convence al espectador asimismo por la finura o gusto tan particular que el artista mantiene en su método de realización. Admiran así, los diálogos que Alcaín establece entre los materiales de los soportes (lienzo, trapos de cocina, madera, corcho, cartón, fieltro, papel de lija…) y los procedimientos que les aplica de manera inventiva (óleo, gouache, lápiz, acuarela y técnicas mixtas). Constituye un placer reparar en unos contrastes tan extremados como los que se dan, por ejemplo, entre la densidad plástica de composiciones como Abecedario (2007), frente a la transparencia exquisita, casi líquida, de las acuarelas Abecedario sobrio y Abecedario azul (ambos de 2008). Asombran igualmente los juegos que se producen entre formatos y estructuras, cuando vemos a los tableros ajedrezados convertirse en rompecabezas, o que los tondos de letras funcionan como esferas de reloj, o cómo las mayúsculas resaltan los exquisitos campos variados (geométricos, laberínticos y vegetales) de sus fondos, al igual que ocurría en las capitulares de los antiguos códices y libros miniados. En definitiva, hallamos aquí todas las seducciones del arte letrista, cuando la escritura se convierte en imagen.




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