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López Cuenca, historia del paraíso

Galería Juana de Aizpuru, Barquillo 44. Madrid. Hasta el 18 de Junio. De 800.000 a 1.500.000 pesetas.

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José MARIN-MEDINA | Publicado el 16/05/2001 |  Ver el número en PDF

Cada hombre, como cada comunidad y cada pueblo, necesita contar historias para salir al encuentro de “los otros” y para, a través de esa comunicación o comunión, expresarse a sí mismo, o sea, declarar aquello que profesa y dice la verdad de uno mismo. Desde esa urgencia de contar historias de la constitución de la identidad, se manifiesta Rogelio López Cuenca (Nerja, Málaga, 1959) en esta exposición, El Paraíso es de los extraños. Más que una exposición, El Paraíso constituye una instalación, unitaria, aunque repartida en dos partes, al hilo de las dos salas de la galería. La instalación está integrada por letrismos, ilustraciones, pegatinas, carteles, pinturas, elementos del cómic, fotomontajes y vídeos, y viene a ser una especie de historia crítica, o -quizás, mejor- una contra-historia del orientalismo, expresado como conjunto de imágenes inventadas y representaciones “ideales” de paisajes y de tipos exóticos, preferentemente islámicos, norteafricanos y andalusíes, a partir del gusto de escritores y artistas imaginativos del XIX.

El objetivo de esta muestra se centra en la reafirmación de Rogelio López Cuenca en el proyecto “sin retorno” de la práctica conceptualista, desde la cual la ligazón de “obra de arte” con “objeto artístico” se ha roto, y la función del arte ya no es otra que la de “una especie de proposición presentada dentro del contexto del arte como comentario artístico” (J. Kosuth). En nuestro caso, se trata de una proposición analítica, pues su fuerza y su eficacia se establecen ciñendo el proyecto a la exposición clara de símbolos que forman parte de la fantasía orientalista, extendiendo López Cuenca la vigencia de esos “viejos” elementos simbólicos hasta iconos y acontecimientos de hoy. Combina, así, reproducciones de pinturas sobre leyendas sangrientas de la Alhambra e imágenes tópicas de sus “gabinetes cincelados” con fotos de sensuales maniquíes de corsetería, o declara los angustiosos sucesos del cruce del Estrecho en pateras, utilizando la contraposición dura de imágenes: la de una bella bañista occidental disfrutando el sol de una playa marroquí, que forma “díptico” con la del cadáver de una “mora” yerta en una playa andaluza.

La sala grande se centra en la propuesta de “aprender” cómo “los artistas de Francia han creado el paisaje de áfrica”, convirtiendo el territorio “visitado” (voyage en Orient) en un no-lugar -“el espacio de los otros sin la presencia (real) de los otros”-, mezclando los estereotipos del folklore con las convenciones de lo pintoresco, y haciendo que las banderas árabes y las caligrafías cúficas se conviertan en “cuadros”, mientras en la viñeta de un pintor que se adentra en el ideal de un espacio sahariano, leemos: “Bueno, que castiguen a los moros, ¡pero que no tiren balas, que me van a estropear el paisaje!”. En la sala pequeña, las invenciones paisajistas se “extienden” a imaginaciones sobre el cuerpo de “las bellas del harén” (nuevos “dípticos” con contraposiciones de morenas huríes bailando semidesnudas y de rubias modelos yaciendo, indolentes, en déshabillé). Todo ello, con referentes explícitos a anatema, excomunión, ilicitud, ilegitimidad, posesión sacrosanta, prohibición… Sin que se echen en falta -en el mismo saco- citas de pintura francesa ni escenas amatorias de miniaturas persas.
Estamos, pues, ante una proposición de arte efectivo y eficaz, en que la percepción visual, la sensación, forma parte del pensamiento. El arte, como conocimiento. La práctica artística, como acción de “poner dos cosas en relación", llevando la vida a los terrenos de la estética sin recurrir a la metáfora, y desplazando el interés hacia situaciones visuales variables e inéditas, para tratar de transformar las relaciones arte-sociedad.





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