Larrondo
Galería Juana de Aizpuru. Barquillo, 44. Madrid. Hasta mediados de abril. De 300.000 a 1.500.000 pesetas
- ( 29/03/2000 )
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En la anterior exposición realizada por José María Larrondo (1958) en esta misma galería madrileña, Ni más ni menos, uno de los cuadros, el titulado Key Largo, representaba una playa azotada durante la noche por un fuerte temporal. Todas las palmeras de tronco alto y flexible se curvaban en la dirección del soplo del viento. Todas menos una, que lo hacía, precisamente, en sentido contrario a las demás, y que el ojo del espectador debía distinguir o reconocer para percibir así la intención del artista.
Ahora, en Paso del milenio, uno de los once grandes personajes que aparecen retratados bajo la invocación común de Hombre del presidente, el número 4, opone el ondear de su pelo a la trayectoria que sigue el ventarrón, y que inclina en sentido contrario el árbol pintado al fondo. Equiparo dos cuadros, separados cronológicamente por un lustro, no para sugerir que Larrondo se repite, sino para decir que sigue fiel a su propia orientación de la pintura y sigue, además, oponiéndose a los aires que soplan.
La exposición reúne, además de los once retratos, un conjunto de dos esculturas -un Arca de Noé que flota en el mármol del suelo de la sala y una fortaleza, que se diría hundida, visibles solo la cima de los torreones y el tímpano de la puerta, y una corona de espinas hecha de bronce-. Los retratados y las piezas en volumen aluden, por un lado, a los poderes vigentes al término del siglo y del milenio y pervierten o contradicen su sentido mediante paradojas visuales habituales en la obra del pintor extremeño-sevillano. Así, un hombre es negro porque el fuego arde en su interior y brota por los orificios naturales del rostro; el terrorista encapuchado exhibe su identidad desvelándonos el color distinto de sus ojos; el ajusticiado al que le han vendado los ojos esboza divertido una sonrisa; el hombre-globo-goma se desinfla retorciéndose con la espita abierta y el comando camuflado extiende el camuflaje hasta decorarse con él la cara. La factura y los modos de pintar no han variado desde aquella muestra anterior; si acaso puede apreciarse una intensificación cromática y una predilección que ha variado desde los tonos apagados a los ácidos y centelleantes
Mariano NAVARRO